Memoria viva

De Auschwitz a Gaza: Las voces de Tova Friedman y Hindi Rabab

Agustín Blanco Bazán
Tova Friedman en Auschwitz Tova Friedman en Auschwitz © 2026 by CC
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A los seis años Tova Friedman se salvó escondiéndose con su madre entre cadáveres. Porque no tenían fuerzas para acompañar a otros prisioneros en la evacuación de Auschwitz, a pie y en pleno invierno. Los soviéticos pudieron liberarlas poco después y le sacaron a Tova la célebre foto que la muestra a la izquierda de un grupo de niños señalando la cifra tatuada en su bracito izquierdo. El pasado 27 de enero, y con ochenta y siete años, Tova volvió a evocar su trauma en la solemne sesión que, como todos años en esa fecha, el Parlamento alemán convoca para conmemorar el día de la liberación de este campo emblemático por su inhumanidad.

Otra conmemoración es la que dos días después organizaron muchos activistas de derechos humanos en memoria de Hind Rajab, la niña de cinco años que el 29 de enero de 2024 agonizó por tres horas junto a los cadáveres de sus tíos y primos en un auto acribillado por uno de los tanques supervisores de la evacuación de Gaza, ordenada por quienes creyeron que así respondían con justicia a la masacre de otros inocentes, los israelíes asesinados por Hamas el 7 de octubre de 2023.

Un audio WhatsApp documenta el incidente que comienza con pedido de auxilio de una prima de Hind, seguido de aullidos y balazos. El Smartphone de la prima ha quedado abierto y Hind lo agarra, para seguir un diálogo entrecortado con los voluntarios de las oficinas de la Media Luna Roja de Ramala que tratan de organizar su rescate a través de la Cruz Roja en Jerusalén y el gobierno israelí que debe dar su autorización para que una ambulancia pueda llegar al auto baleado. “Tus parientes, ¿están dormidos?” le pregunta a la niña una de las voluntarias. “Están todos con sangre”, contesta Hind antes de reconocer la verdad poco antes de ser ella misma exterminada: “¡Están todos muertos! ¡Tengo miedo! ¡Se está haciendo de noche! ¡Por favor sáquenme de aquí!”

Una reciente película, La voz de Hind Rajab, narra la historia como docudrama. Literalmente: el “docu” es la grabación auténtica del entrecortado diálogo entre Hind y quienes desesperan por salvarla en la sede de La Medialuna Roja. El “drama” es interpretado por los excelentes actores que personifican hombres en reyerta sobre como apurar la operación y mujeres que tratan de entretener a Hindi, por ejemplo, haciéndole repetir algunas frases del Corán. Hasta que finalmente le anuncian un rescate que creyeron inminente, porque el gobierno israelí había autorizado la ruta que la ambulancia podía recorrer en menos de diez minutos para sacar a la niña del auto que la aprisionaba. El audio termina con ruidos de explosión y metralla. Diez días después de haber recorrido los hospitales en busca de su hija, el repliegue de las fuerzas israelíes permitió finalmente a la madre el acceso a la chatarra del auto y de la ambulancia con sus cadáveres ya en descomposición. Amontonado entre ellos esté el de Hind, un pequeño bulto típicamente amortajado en tela de color, bien a la usanza impuesta por una guerra donde los cuerpos se multiplican a una velocidad que no admite la dignidad de ritos mortuorios básicos.

A ver La voz de Hind Rajab fui sólo, porque muchos me confesaron que no se animaban a acompañarme, aún cuando sabían que la película había sido ovacionada por media hora en el Festival de Venecia. Comprendo esta reacción, porque nadie que la vea será el mismo a la salida del cine. Pero a pesar de ello no puedo dejar de recomendar esta obra maestra escrita y dirigida por la tunesina Kaouther Ben Hania y ya receptora de varios premios. La voz y la imagen de la formidable Tova Friedman son accesibles a través del excelente sitio web del Parlamento Alemán.

Una comparación entre los destinos de Tova y Hind cabe, creo, para redondear esta nota. La voz de Tova, apasionada y acusatoria, cuenta y advierte contra las consecuencias de la discriminación, en particular el antisemitismo. Su elegantísima presencia en el estrado parlamentario de Berlín es una reivindicación ciertamente tardía, pero de cualquier manera históricamente significativa, del sufrimiento de la niña fotografiada en Auschwitz mostrando el tatuaje que la convirtió en una cifra más en espera de una muerte eludida a último momento.

No así Hind, que sin haber podido aliviarse con la denuncia de su tragedia y la contrición de sus semejantes sólo puede seguir viviendo a través de una voz que para siempre la preservará como una víctima sin adultez y por ello mismo con la ingenuidad de una inocencia pura. Es una ingenuidad que la lleva al punto de no entender que es “coordinación” cuando los voluntarios le explican como están coordinando su salvamento. “Si no puedes venir tú” sugiere Hindi a una de las voluntarias, “¿por qué no le pides a tu marido que venga a buscarme ya? ¡Se está haciendo de noche y tengo miedo a la oscuridad!”

En una perceptiva nota sobre la película publicada en diciembre pasado por el New York Times, la periodista Masha Gessen, una experta en masacres y refugiados y ella misma miembro de una familia judía emigrada de Rusia, asocia el término “coordinación” con la traducción del alemán Gleichschaltung, un eufemismo utilizado por los nazis para orquestar sometimiento a su organizadísima maquinaria de exterminio. Aún cuando los productores del docudrama sobre Hind le comentaron que no sabían de esta similitud, la comparación de Gessen entre los protocolos de “coordinación” en Gaza y el Tercer Reich hace recordar al concepto de banalidad del mal aludido por Hannah Arendt en relación a las excusas de Adolf Eichman durante su juicio en Jerusalén. También la obsesión burocrática de este acusado por coordinarlo todo parecía nublar su entendimiento sobre la magnitud de los crímenes filtrados a través de su estrategia coordinadora.

 En el docudrama, los desesperados voluntarios de la Medialuna Roja finalmente logran que sus súplicas a la Cruz Roja sean retransmitidas por ésta a la COGAT o sea la “Coordinación de Actividades Gubernamentales en los Territorios” bajo el mando del Ministerio de Defensa israelí. Una vez aprobado el rescate, hubo que esperar “la luz verde” de la autorización final para iniciar la ruta prescripta para la ambulancia que sería finalmente destruida junto al auto donde Hindi aguardaba la liberación que tan entusiastamente le había sido anunciada momentos antes. En un momento, Hindi informa asustada que un enorme tanque se acerca a su auto. Y los informes periodísticos que siguen al incidente indican que la ambulancia parecía como aplastada por un tanque.

Antes ser aniquilada, Hind pudo sentir por última vez algunas palabras de amor y aliento de su madre, que los voluntarios pudieron incorporar a la transmisión telefónica. Minutos antes una terapeuta había tratado de entretener a la víctima preguntándole sobre su vida: “¿Vas al colegio? ¿En que clase estás?” “En la de las mariposas”, le responde la niña y la terapeuta comprende de inmediato que se trata de un jardín de infantes. ¿Y como se llama tu escuela?” Hind: “Infancia feliz.”

Una foto de Hind contrasta su breve felicidad de mariposa con la foto que testimonia el tormento sufrido por Tova a la misma edad. Muerta la primera en la infancia y muerta la infancia de la segunda, ambas quedan como la imagen de una inocencia truncada por una crueldad similarmente deshumanizadora: que Tova se haya salvado no quiere decir que sus gemidos y su desesperación no hayan sido iguales a los de Hind, cuya voz también clama en nombre de los niños asesinados en Auschwitz. Y recíprocamente, también en nombre de Hind habla implícitamente Tova cuando pide preservar una memoria que fatalmente se alarga hoy desde Auschwitz hasta Gaza. Ello al menos en un sentido, el de una lucha fatalmente inconclusa, pero por ello mismo inevitable para cada uno de nosotros, a saber, la lucha que libra el humanismo de la compasión contra la amoralidad aniquiladora de la discriminación y la intolerancia. 

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