La partitura de Werther, y el repertorio del drama lírico francés en general, exige a los cantantes algo que contradice su formación y que da como resultado una especie de paradoja. La técnica aquí debe ser, sobre todo, contención y no tanto una herramienta para la expansión lírica. La paradoja solo funciona si todos los niveles (puesta en escena, cantantes, orquesta, equilibrio entre prosodia francesa e instrumentos, espacio físico) operan con la precisión de la relojería suiza. Werther se escuchó por primera vez en teatros a la italiana de escala relativamente reducida, donde la arquitectura y los materiales (forma de herradura, palcos, madera, terciopelo) generan una acústica cálida y envolvente. En esos coliseos, la sala abraza a los cantantes, que saben que hasta el susurro más leve puede ser captado.
El Euskalduna, sin embargo, con una concepción acústica moderna, ofrece un sonido más seco y directo: es decir, siguiendo con la misma metáfora, no abraza a los cantantes. Un tenor en esa sala casi no tiene opción: debe emitir con una proyección mucho mayor para ser oído. El problema que esto anticipa es evidente: en esas condiciones, Massenet desaparece. El fraseo francés, que debe casi susurrar en algunos puntos de la partitura, se vuelve pesado. Las consonantes, que deberían cincelar el ritmo con ligereza, o bien se endurecen o bien se diluyen. El pianissimo se transforma necesariamente en un mezzoforte expresivo que pretende ser piano. El resultado inevitable es una interpretación poderosa, pero sin matices, porque lucha contra las propias condiciones de su producción.
El elenco era de lujo. Celso Albelo es un tenor de primer nivel internacional, Annalisa Stroppa, una de las mejores Charlotte del momento y Carlo Montanaro, especialista reconocido en Massenet. Albelo, que no era el titular original del papel protagonista y que todavía no parece estar demasiado familiarizado con el mismo, hizo lo que cualquier tenor haría en ese contexto acústico: anticipar la emoción. Su Werther, cuestiones de prosodia aparte, fue demasiado desesperado y acusador ya desde el Acto I, cuando lo deseable hubiera sido que permaneciese en la fragilidad, apenas consciente de lo que le estaba pasando. Montanaro, a su vez, se vio obligado a una dirección enérgica, pero poco flexible. La Charlotte de Stroppa funcionó muy bien, pese a todo, porque puso su voz opulenta y su capacidad para dramatizar al servicio del papel, encarnando la evolución de la joven feliz e ingenua a la mujer casada y devorada por el sentimiento de culpabilidad.
Además de este trío de primeras espadas, el montaje contó con la soprano Lucía Iglesias en el papel de Sophie. Técnicamente excelente, su lectura del papel fue de una frescura extraordinaria en lo vocal y lo actoral, sin exageración emocional alguna. Por la naturaleza de su registro, no tuvo que pelear contra el Euskalduna sino que le bastó con dejar fluir su voz ligera, naturalmente y aparentemente sin esfuerzo, a través del espacio.
En lo que concierne a la puesta en escena de Rosetta Cucchi, es conceptualmente perfecta. Werther aparece en el preludio sentado en una butaca, excluido del idilio burgués que ocurre detrás de una cortina al mismo tiempo transparente e impenetrable. Ese idilio burgués que se muestra al inicio, sin embargo, no es más que un producto de su imaginación. La naturaleza, aludida con troncos y hojas de árboles, simboliza su único refugio, que terminará sucumbiendo junto a él. Estos elementos (la contraposición entre naturaleza y domesticidad, entre el “fuera” y el “dentro”, con la casa o la iglesia como espacios donde impera el orden burgués) los desarrolla Cucchi magníficamente a lo largo del drama. Jugó en su contra, de nuevo, el tamaño del Euskalduna, porque el intimismo simbólico que propone necesita cercanía. Esta propuesta fue originalmente diseñada para el Teatro Comunale di Bologna, donde, exagerando un poco, casi da la sensación de que podrías tocar a los cantantes desde la butaca. En un espacio así, la imagen de Werther sentado, excluido, viendo una película solo proyectada en su cabeza, debe de ser sofocante.
En resumen, hay que elogiar sin ambages el valiente esfuerzo de ABAO por diversificar su oferta y atreverse a programar obras menos trilladas del repertorio, incluso quizá desconocidas para muchos aficionados anclados en el melodrama italiano del siglo XIX. Esto merece el mayor reconocimiento a pesar de que pueda ser un poco frustrante que la magia de Werther no se llegase a desplegar por completo en esta ocasión.
Desde esta perspectiva, podríamos pensar que la programación propuesta para febrero responde a una intención estratégica de encontrar un equilibrio y atraer público. María Stuarda se estrena el próximo 14 de febrero con Yolanda Auyanet en el papel de Elisabetta y bajo la dirección musical de Iván López-Reynoso. Donde Massenet necesita intimidad, Donizetti demanda efecto. Es, por lo tanto, lo opuesto de Werther. Requiere grandiosidad, poder, conflicto abierto y estoy segura de que el público habitual de ABAO la disfrutará enormemente. La voz de una reina rasgará el espacio, soberana, para que la política y la pasión se enfrenten en público con rotundidad. El Euskalduna, que fue un duro adversario para el drama francés, podrá ser un aliado.
Desde 1996, informamos con independencia sobre música clásica en español.
Para disfrutar plenamente de nuestros contenidos y servicios, regístrate ahora. Solo lleva un minuto y mejora tu experiencia como lector.
🙌 Registrarse ahora
Comentarios