La partitura de Werther, y el repertorio del drama lírico francés en general, exige a los cantantes algo que contradice su formación y que da como resultado una especie de paradoja. La técnica aquí debe ser, sobre todo, contención y no tanto una herramienta para la expansión lírica. La paradoja solo funciona si todos los niveles (puesta en escena, cantantes, orquesta, equilibrio entre prosodia francesa e instrumentos, espacio físico) operan con la precisión de la relojería suiza. Werther se escuchó por primera vez en teatros a la italiana de escala relativamente reducida, donde la arquitectura y los materiales (forma de herradura, palcos, madera, terciopelo) generan una acústica cálida y envolvente. En esos coliseos, la sala abraza a los cantantes, que saben que hasta el susurro más leve puede ser captado.
El Euskalduna, sin embargo,…
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