Después de las muy decepcionantes versiones del Oro del Rin y de La valquiria por el tándem Bieito-Casado, poco bueno podíamos augurar del Sigfrido con el mismo equipo a la cabeza. Sin embargo...
Desde un punto de vista escénico, Bieito sigue con la misma tónica de pobreza de ideas y de situaciones incomprensibles. Verbigracia, en vez de una forja, el primer acto sucede en medio de una suerte de jardín, con mezcla de árboles y de construcciones humanas, y allí se encuentran como por casualidad Mime que llega con una maleta y Siegfried que se pasa el tiempo jugando con una puerta de coche (sólo la puerta, el resto del coche no sale jamás).
En un acto en que Wagner calca su música y sus palabras sobre los sonidos y movimientos de la forja, la cosa resulta bastante incongruente. Del movimiento musical se encargan los árboles que, boca abajo, de lado o boca arriba, se mueven al son de la música mientras unas proyecciones dan vida a las hojas.
Estéticamente la cosa es bonita. Pero aquello no tiene sentido alguno. Y así todo. Bonitos efectos de luces (como para la aparición del dragón en el segundo acto) sin mucho sentido. Dirección de actores tonta (Sigfrido agarra con furia una mesa, y la deposita delicadamente para que no se rompa, los golpes de tan fingidos resultan chuscos, como toda la violencia gratuita y mal resuelta escénicamente 1; y como no hay ni forja ni trompa ni na, Schager baila vagamente en vez de usar la forja o la trompa: bastante ridículo...). Trajes de gran banalidad dentro del panorama operístico. Decorados menos feos que los de las producciones anteriores sin que tampoco sea para echar cohetes... Los actores-cantantes hacen lo que pueden para resultar creíbles, pero no es tarea fácil. En fin, pasemos.
La dirección musical de Heras Casado parece menos lastrada por la dirección escénica que en las dos obras anteriores. Hay momentos de mucha belleza musical a pesar de la pobreza teatral. El paso de Sigfrido entre las llamas y su llegada a la roca de Brunhilda por ejemplo, cuando la orquesta cuenta maravillas mientras el propio Schager despeja la escena de falsas alfombras de falso césped: a pesar de las chuscas indicaciones teatrales de Bieito, Heras Casado consigue que el tiempo quede suspendido. Hay tensión en los pasajes que la requieren y exaltación cuando es menester.
Tal vez los equilibrios entre pupitres no siempre estén logrados (a las arpas tardamos en oírlas) pero esto tal vez sea más cosa de la ejecución con instrumentos modernos que de una dirección que es aplicada y que no está exenta de teatralidad, con un buen equilibrio en general entre lo espectacular y lo íntimo.
Luego, en los pasajes de explicación o de recapitulación (tan característicos de la ópera wagneriana), si hay una mala dirección escénica es casi imposible no aburrirse. Así que, sí, en esos pasajes nos aburrimos todos. Señalemos por otra parte el buen trabajo de los profesores de la orquesta, con un buen fraseo de la tuba en el preludio al segundo acto -buen clima de misterio establecido por Heras-Casado-, el dominio técnico de la flauta, o el de las trompas.
Como Sigfrido, Andreas Schager está sencillamente espléndido. Volumen, seguridad, fraseo, dicción, facilidad en todo el registro, resistencia (porque tiene que aguantar hasta el dúo de amor, al que llega muy entero)... Si además hubiera habido una dirección de actores congruente 2, aquello hubiera sido de órdago a la grande 3
Gerhard Siegel es perfecto para el papel de Mime: su timbre es ingrato, su emisión segurísima, sus agudos son lanzados como flechas, sus graves resuenan bien, las intenciones del personaje quedan claras, su volumen importante (en el dúo final del primer acto no desmerece al costado de Schager)...
Sin embargo, actoralmente mal dirigido, no acierta a resolver el mayor problema de su papel: que quede claro, en su último diálogo con Sigfrido, que Mime no quiere decir lo que sin embargo sí está diciendo. Ese juego de «¡ Córcholis, estoy diciendo lo que pienso y no lo que quería decir!» no queda claro, restándole pues sutileza a la conversación y verdad al personaje.
Como Wotan, Derek Welton tiene un precioso timbre baritonal y un fraseo noble, sobre todo en sus confrontaciones con los plebeyos Mime y Alberich. No tiene el color oscuro que impresiona en intérpretes del pasado y su volumen, no siendo insuficiente, tampoco es abundante. En ese sentido puede decepcionar a los wagnerianos de pro. Sin embargo sabe dar los distintos colores a su personaje según las circunstancias y los momentos, y tiene tanto musicalidad como teatralidad.
Brian Mulligan, con un color más claro que el de Welton, resulta convincente tanto en su dúo con este, casi trágico, como en su dúo con Mime, más bien cómico, en ambos casos con una buena emisión y mucha expresividad.
La voz de Mika Kares no queda favorecida en la puesta en escena de Bieito. Cantando con una máscara que lo asemeja a algo entre Mickey Mouse o un caballo de lujo, su emisión no puede llegar bien al público. Y cuando se quita la dichosa máscara, su personaje ya está por tierra, agonizante. Lástima, porque se trata de un bajo estimabilísimo.
Cumple con mucha facilidad Ilanah Lobel-Torres como pájaro del bosque, aunque seguimos sin entender por qué cantaba desde bambalinas, sin que nunca le vieramos cantar y apareciendo (¿era realmente ella?) en la coda orquestal que finaliza el acto, izada en el aire, en un movimiento escénico que se pretende impresionante y que parece un poco ridículo.
Marie-Nicole Lemieux, una cantante que estimamos mucho y a la que seguimos desde hace años, no nos había acabado de convencer el Oro del Rin (nadie resultaba convincente en ese fracaso escénico-musical que fue el Oro del Rin dirigido por Bieito-Heras Casado). En este Sigfrido, sin embargo, aun no siendo la voz oscurísima que algunas Erdas míticas han dejado grabada, se enseñorea de su papel, exhibe hermosos graves de pecho, sus agudos son potentes y bien calibrados, y realiza una hermosa composición teatral como mujer sabia frente a la injusticia.
En cuanto a Tamara Wilson, como wagneriana no podemos decir que se halle entre las voces más voluminosas, pero sí entre las intérpretes más sensibles. Y lo volvió a demostar en su dúo final. No sólo es la calidad de sus agudos, tan bien lanzados, tan bien sostenidos y tan redondos, es también su inteligibilidad, su fraseo, y una forma de entender el rol de manera casi belcantista 4. El pasaje en que, tras haber rechazado una primera vez a Sigfrido, Brunilda reflexiona sobre sus sentimientos al son de uno de los temas de lo que pronto será El idilio de Sigfrido, entendido con suma delicadeza tanto por Heras Casado como por Tamara Wilson, lo guardaré entre los momentos más hermosos de mi personal experiencia como auditor de Wagner.
Ya sólo por este momento, a pesar de las tonterías de la puesta en escena, a pesar de los momentos en que tales tonterías destiñen sobre la música, ya sólo por ese momento, digo, valía la pena escuchar este Sigfrido. Si además sumamos la brillantez de Schager, y la alta calidad de los demás intérpretes musicales, pues sí, valía la pena venir.
1. En la representación del miércoles 28, Derek Welton sí depositó con ímpetu la silla que había agarrado con violencia. Resultado: le rompió una pata a la silla. Lemieux y Welton se pasaron su dúo prestándose una al otro y viceversa la única silla que quedaba para seguir las indicaciones del director de escena ...
2. El hermosísimo momento del segundo acto en que Sigfrido se pregunta por su madre, en vez de estar cargado de poesía, resultó banal, obligado como estaba el cantante a concentrarse sobre las indicaciones escénicas (acariciar a una figurante que ha hecho como si pariera) en vez de concentrarse sobre los sentimientos y el canto.
3. Cierto es que en la representación del sábado 17 le salió un gallo en vez del agudo al final del primer acto. Lo consideramos como un mero accidente en una actuación por lo demás irreprochable.
4. Recordemos que Tamara Wilson fue también hace pocas temporadas intérprete de 'Beatrice di Tenda' de Bellini en la misma Ópera de París.
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