Vox nostra resonat

Cartas de amor de un director suizo

Theodor Smeu Stermin
Baldur Brönnimann Baldur Brönnimann © 2024 by Comunicación de la RFG
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Prólogo

Existe un libro del siglo XVII, Cartas de amor de una monja portuguesa, atribuido durante siglos a la monja Mariana Alcoforado, aunque hoy se sabe que la beata nunca escribió aquellas confesiones de amor ardiente.

Algo parecido ocurrió durante las pasadas Navidades en Compostela. Circularon cartas inflamadas, públicas y solemnes. Una estaba firmada por el director suizo Baldur Aurel Brönnimann en forma de carta abierta; otra, suscrita por varias personas —la inmensa mayoría sin vínculo alguno con la ciudad ni con su orquesta—, pretendía defender la reputación del director.

He leído íntegramente la carta de Brönnimann. De la otra, confieso no haber alcanzado el final: Excusatio non petita, accusatio manifesta.

Epístola al muy preclaro señor, guardián de la música de la Real Filharmonía de Galicia

Muy magnífico señor don Baldur Aurel Brönnimann, a quien esta ciudad, madre de artes y saberes, confió el gobierno de sus músicas y el orden de sus conciertos:

Sepa Vuestra Merced que no por pasión ni por desvelo amoroso tomo hoy la pluma, pues no sería justo fingir afectos que no poseo, sino por obediencia al arte antiguo de la epístola, que manda responder a carta con carta y a palabra escrita con palabra escrita.

Me dirijo a usted con respeto y en trato de Merced; y lo hago por noble pergamino, para que no se disuelva el espíritu de la correspondencia en el ruido de nuestros insurrectos días.

Dice Vuestra Merced, en la carta que hizo pública en Compostela, que sus actos proceden de una «reflexión serena desde a responsabilidade artística». 

Mas permítame responderle, señor, que tal responsabilidad no nace en el discurso ni se consuma en la justificación, sino en el cuidado diario del templo sonoro y de la paz interna de quienes, con oficio y dignidad, formados en largo magisterio, hacen hablar a la madera, al metal y a la cuerda. Porque son ellos, los músicos quienes defienden los conciertos todos los jueves; y sin su arte no habría espectáculo, ni público. Del trabajo de todos ellos procede el pan que llega a vuestra mesa, y sin ellos, no habría su señoría ni cargo que ejercer, ni nombre que ostentar. 

Por ello, bien haría Vuestra Merced en templar las vanidades del ánimo y mostrar más humildad. No fue, pues, dada la orquestra para engrandecer a quien la gobierna, sino para servir a la música. Porque no fue dada la orquesta para ser campo de disputa, sino lugar de concordia. Y aun la plebe —que tal nombre no merece—, sino nobles espectadores, pagan buen oro por sostener Orquestra Real en la muy Real Urbis Compostelana, según es uso e costumbre mucho antes de su llegada.

Hallámonos en el año de los treinta aniversarios desde el albor de nuestra orquestra y, con todo, non es júbilo lo que resuena, mas agravio; cada parte sostiene su verdad y no es concordia lo que se alza, sino discordia.

¿Existe señor propósito pensado, camino trazado, para atraer nuevamente al pueblo y a los mecenas a nuestra Real Casa de la Música de Compostela?

Decidnos, señor, con voz clara: ¿renovasteis vuestros votos? ¿Ha de permanecer esta casa, otro año más, sojuzgada a vuestro mando? ¿O podremos, por ventura, respirar aliviados, pues vuestra era ya está crepusculando, en provecho y consuelo de los fieles?

Decís asimismo en Vuestra carta querer “estimular o diálogo arredor da arte”. 

Digna es la intención, propia de los viejos humanistas. Mas llama la atención que tal carta escribe en gallego y nunca se pronuncie Vuestra Merced en esa lengua ante los fieles del concierto. El idioma mora en el papel, mas no en la escena viva; aparece en la tinta, mas no en su voz. Como si también la lengua —fuese ornamento y no hábito. El gallego no puede ser tomado ni dejado según le convenga, pues por esas tierras es un don que se mama con la leche y se honra como es debido. Si Vuestra Merced escribe en gallego, háblelo cuando llegue la hora de la verdad. Y no tiente más las cosas sagradas, que sobrado tenemos ya con triviales tejemanejes entre los bastidores.

Permítame ahora referirme a uno de los ejemplos que Vuestra Merced invoca con frecuencia: 

De feito, boa parte do gran repertorio clásico —desde Beethoven até Bruckner ou Mahler— naceu rodeado de controversia. 

No es tal, señor, al menos no en su inicio. Beethoven, llegado a Viena en 1792, fue celebrado como virtuoso del piano, admirado por nobles y músicos, sostenido por mecenas poderosos. Sus primeras obras agradaron; no causaron escándalo. El desconcierto vino después, con la Heroica. Así lo atestigua Alexander Wheelock Thayer en su Vida de Beethoven.

También escribe Vuestra Merced: «A Real Filharmonía de Galicia é a cuarta orquestra da que son Director Titular e Artístico.» 

Perdóneme, señor, si yerro en el cómputo, más confieso hallarme confuso, pues no me cuadran las cuentas. En la misma web de la Real Filharmonía de Galicia se pregonan tres, bien es cierto; más no todo lo que reluce es oro, ni a cualquier tropel de músicos se le puede dar nombre de orquestra.

En honor a la verdad le haré como manda la tradición un listado, para que nos entendamos:

1.     Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia en Bogotá
2.     Orquesta Sinfónica de Oporto Casa da Música
3.     Real Filharmonía de Galicia

E aquí conviene poner fin a la cuenta, ya que como bien sabe Vuestra Merced, BIT20 Ensemble de Bergen, en Noruega, non es orquesta, señor, más compañía de apenas diecisiete músicos, dedicada al son moderno e contemporáneo. Eso sí, muchos de ellos son principales e coprincipales de la Bergen Filharmoniske Orkester, orquesta de la misma urbe —verdad es—, tan verdadera como que Vuestra Merced jamás tuvo señorío ni mando alguno en tal Bergen Filharmoniske Orkester. Y así, por más que se sume, no alcanzan los números a ser cuatro. Mirad señor las cuentas con vuestros ojos, que en algún guarismo se os habrá ido la mano. Los hay que se hacen el sueco para no entender y los hay que se hacen el suizo para justo lo mismo, pero más neutral.

Usted afirma además: «Son consciente de que as miñas conviccións artísticas poden xerar debate…» 

Mas una institución pública no fue fundada para sostener sus convicciones, sino para servir al común.

Antes de vuestro nombramiento, apenas dos veces había Vuestra Merced empuñado la batuta ante la Real Filharmonía de Galicia. ¿Cómo lo proclamaron pues director con tan poco? ¿Hubo entonces consulta y parecer común de la casa, o fue tan solo la convicción de cualquiera la que vino a sentarle en el pedestal?

 Pregunto también por las butacas mudas, por el eco que pesa más que el aplauso. ¿Qué ha sido del ciclo EN FOCO? ¿Hubo conciertos con más músicos que oyentes? ¿No se paga todo ello con moneda pública?

¿Por qué ha de pagarse con nuestro peculio la formación de tantos discípulos anónimos, algunos de ellos tan frescos que aún dudan por qué lado se empuña la batuta? ¿Por qué nos forzáis a sustentar, con el sudor de nuestra frente, a todos los creadores cometeiros que convocáis en la corte? Una cometa es mal presagio. ¿Dieciséis? ¡Cataclismo nostradámico! ¿Por qué se empeña Vuestra Merced en tentar a la fortuna? ¿En qué le hemos pecado nosotros, humildes espectadores? ¡Apartad las cometas de nuestros cielos y conceded descanso a nuestros oídos!

Dice usted: 

Estes programas non responden á creación de redes persoais, senón a un compromiso real co futuro da música clásica en Galicia.

Entonces, señor, ¿por qué tantas nobles personas así lo perciben? Que el río no murmura sin corriente que lo empuje, ni el humo se levanta si no arde fuego debajo, señor; que bien sabe el vulgo —y no menos los letrados— que donde hay rumor, suele haber causa.

Usted confiesa, hablando de las pocas entradas que se venden: 

Gustaríame que esas cifras fosen máis altas? Sen dúbida. 

Y así, humilde servidor, le inquiere: ¿qué senda propone Vuestra Merced para detener tal sangría? ¿Se ha parado Vuestra Merced a pensar que la huida de los espectadores bien pudiera deberse a vuestras artes de gobierno musical? ¿No sería más digno enfundar la batuta e ir a buscar monasterio donde meditar y, tal vez, hallar el perdón?

Habla también de Sócrates: 

Gustaríame que toda a cidadanía de Santiago acompañase este proxecto, debatendo, reflexionando e, sobre todo, escoitando ao noso carón. Confío en que mesmo as voces máis críticas poidan aceptar que, en ocasións, a realidade precisa ser cuestionada —no sentido socrático do termo— para fortalecerse.

Mas Sócrates —según recuerda una ilustre espectadora y filósofa— 

No cuestiona la realidad, sino nuestro conocimiento de la misma. Se trata de sacar a la luz la verdad —no la realidad—, es decir, el alumbramiento de la objetividad a través del diálogo.

Deseamos saber más de Vuestra Merced: de su formación, de sus maestros y aun de sus dudas. ¿Alguna vez tiene Vuestra Merced dudas? ¿Se equivoca a veces, o está en posesión de una verdad absoluta postsocrática que se nos escapa a los demás mortales?

¿Por qué no nos dice, como manda la antigua tradición, qué instrumento es aquel que vuestras manos aprendieron primero a dominar? ¿Por qué jamás responde a esa cuestión, si en verdad todo músico presume como es debido del instrumento que domina y de los maestros que le enseñaron? Deseamos saber por qué la voz de cincuenta músicos no fue decisiva en su nombramiento. Y sobre todo deseamos saber ¿qué se siente ponerse delante de esos músicos ahora?

Con las arcas más henchidas que jamás se vieron, la orquesta viaja menos que nunca. De hecho, ya no viaja. Tampoco hay grandes convidados. ¿Con qué le hemos pecado, señor?

Treinta años vivimos sin ayudantes de dirección, y nunca por ello faltó la música. Mas siempre hubo otra voz que nos acompañó: la del director invitado, figura constante y necesaria en la vida de esta casa. Aún hoy, en los pergaminos del Convenio de los trabajadores, esa voz reclama su lugar legítimo. 

Mas de la figura del ayudante, señor, no hay una sola palabra escrita, ni rastro alguno en letra ni en sello. ¿De qué arcas se sostienen tales ayudantes? ¿A qué precio se pagan? ¿Y con qué propósito?

Así concluyo esta carta, escrita no por vana disputa, sino por obligación cívica y conciencia pública. Porque la música que es de todos no se sostiene con epístolas ni con defensas apresuradas y lejanas, sino con verdad dicha sin temor ni artificio.

¿Se ha parado alguna vez a pensar de que quizá llegó la hora de que Vuestra Merced se aparte? Si ha tomado noble decisión, le agradezco en nombre de todos los que amamos a la orquesta.

Los cielos se estremecen y las campanas tañen sin mano que las mueva. Es este el Año Maldito Del Cometa, cuando la paz ya no es lo que era y la concordia se deshace como cera al fuego. En tal tiempo, ningún mando permanece firme, ninguna boca noble queda cerrada, y todo poder —por alto que se tenga— acaba siendo llamado a cuentas ante el pueblo y ante la memoria.

Dado y escrito en Santiago de Compostela, a una decena de días del mes de febrero del año del Señor dos mil veintiséis.

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