Era mi primera visita al y no quedé decepcionada. La sala es preciosa, mantienen las tradiciones, el personal es familiar, y la acústica maravillosa. Mi mayor fascinación fue sin embargo -¡lo siento por Alessandrini!- el comportamiento del público, porque en este Londres multicultural donde pasan tantas cosas fui testigo de la capacidad de los ingleses de crear rituales acaso extraños pero seguidos fielmente. El programa de sala -un texto del propio y los textos de los madrigales completos en italiano e inglés- es en tamaño DIN A4 para facilitar la lectura, e incluye un aviso que me resultó curioso:
"Por favor, no de la vuelta a la página hasta que la canción y su acompañamiento hayan finalizado"
El caso es que al finalizar el cuarto madrigal tocaba pasar la página del programa, momento en el que se detuvo la música y en vez de las habituales toses y carraspeos se oyó un extrañísimo "fuuuuu" prolongado. Al finalizar el octavo madrigal (se cantaron diecinueve), nuevamente el extraño soplido y yo que pasé la página tarde y recibí una mirada furibunda de uno de mis compañeros de fila. Descubrí entonces que el público del Wigmore Hall, casi todos siguiendo fijamente el texto de las canciones a lo largo de todo el concierto, se coordina para pasar la página a la vez y es un asunto muy serio que no se debe descuidar (de hecho se incluye el aviso antes citado en todas las páginas del programa).
Lo que en principio puede ser una anécdota divertida, es sin embargo una seña de identidad. Al Wigmore Hall se va a escuchar música, no a socializar. Ma quedaron muchas ganas de volver en otra ocasión al Wigmore para saber si este ambiente es también el que se respira en los conciertos matinales, de jóvenes intérpretes, etc. o es más desenfadado. Pero en un momento en que los directores de orquesta no dudan en salir a escena calzados con zapatillas deportivas (caras, eso sí), esta seriedad y rituales se convierten en un placer añadido. Y no es que me desagraden las novedades, ni proponga la vuelta al concierto como experiencia religiosa, es simplemente que el Wigmore Hall me dió un poco de esa seguridad infantil que proporcionan las viejas tradiciones.
Pasando ya al concierto en sí, resultó ameno y variado. Los diecinueve madrigales están datados entre 1587 y 1638, o sea entre el Primer y el Octavo Libro de Madrigales (hay un Noveno Libro, publicado ya póstumamente en 1651), entre las primeras composiciones de un joven compositor de 19 años empezando a buscarse la vida y las de un veterano compositor de 71 años que ya lo ha hecho casi todo pero aún busca su lenguaje en un mundo cambiante. La Tate Britain presenta en estos mismos días una exposición sobre y que incluye obras también de sus últimos años, y resulta inevitable asociar la creatividad de los tres que hasta el final de su vida intentaron seguir 'el curso de los tiempos' manteniendo a la vez sus preocupaciones esenciales respecto al arte.
No percibí una organización concreta de los madrigales, si bien en la primera parte se escucharon más de tema amoroso y en la segunda abundaron los de olvido, traición, etc. Pero lo que le interesa a Alessandrini, como le interesaba a y a muchos de sus oyentes, es el aspecto más emocional o subjetivo de la música. Que el romanticismo del siglo XVII no sea el del siglo XIX puede hacernos olvidar que hay muchas preocupaciones comunes, y que no falta pasión en Monteverdi aunque se exprese de un modo menos 'patético'. Sobre todo cuando las interpretaciones alcanzan la excelencia, como en el caso de Alessandrini y sus cantantes.
Y esta variedad de emociones es lo que convirtió este concierto -aparentemente sencillo de medios, sólo seis cantantes y un clave- en una experiencia tan grata. Hubo muertes bien aceptadas (Ond'ei, di morte, 1592 o Baci soavi e cari, 1587) y rupturas dramáticas (E cosí a poco a poco, 1605), madrigales sencillos que casi se acercaban a una canción popular (Una donna fra l'altre honesta e bella, 1614) y otros difíciles de entender por su sutilidad (O risi, o Tirsi, 1614, o Chi vole aver felice, 1638), algunos ya tienen una narratividad 'operística' (Io mi son giovinetta, 1603 o A che tormi il ben mio, 1587) y otros juegan aún con la estricta armonía de texto y música (Ecco mormorar l'onde, 1590).
Y prefiero no hablar de las voces en concreto, porque considero que lo que le importa a Alessandrini y Concerto italiano es el conjunto y no que la voz de Sonia Tedla me guste más que la de la otra soprano, Monica Piccinini, aunque las partes a dúo entre las dos fueron preciosas; o que hubiera preferido una contralto femenina, aunque Andres Montilla fue muy satisfactorio; o que Gabriele Lombardi tiene una voz especialmente bonita en el registro bajo.
El público del Wigmore no es muy ruidoso en sus aplausos, pero sí deja clara su benevolencia, así que Concierto italiano y Alessandrini ofrecieron aún una propina, el vigésimo madrigal, que podría ser Anima mia, perdona ... o cualquier otro, puesto que Alesandrini y Concierto italiano tienen grabados todos los madrigales de Monteverdi.
Este verano el Wigmore Hall celebra su 125 cumpleaños con un festival del 25 de mayo al 7 de junio. ¡Buena ocasión para viajar a Londres! (y ahorrándose el frío y la lluvia de estos días)
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