En 2015, con motivo de la reposición de este ‘magnum opus’ en el Liceu decía yo: “Una gran obra, poco conocida y poco aceptada, que, gracias a una producción como la presente, está conociendo un éxito imprevisto y continuado. Seguramente será este un antes y un después en la historia de la recepción de la ópera y su autor, y asimismo se convertirá en un ejemplo de montaje destinado, espero, a convertirse en un clásico …“
Pues me equivoqué, damas y caballeros… Ni la producción giró más (salvo Roma) ni el título apareció con más frecuencia. Por eso esta nueva producción en una ciudad que se acuerda más de su autor que París (para no decir Francia) tuvo carácter de acontecimiento.
No es que la parte escénica fuera irreprochable, pero si hubo caos, exceso de detalles, hasta de decorados y de algún comprimario sobrante, eso refleja en buena medida el espíritu de obra, compositor y artista evocado. No sé si convertirlo un poco en una comedia de equívocos o de boulevard no es demasiado, incluso para una composición denominada ‘ópera bufa’, ni si las mezclas de épocas (del Renacimiento ‘originario’ pasando por la época del autor hasta llegar casi a nuestros días, como se ve en los trajes por ejemplo) ayudan a universalizar el tema, que sigue siendo la fusión de la estatua de Perseo para delicias del Papa, con la oposición del tesorero de ése y de su rival en amores y en profesión, aunque al final todo termine bien, y el rival se convierta en ayudante.
Sobra en este enfoque, al menos un poco, la figura del ayudante, y no sé si Teresa, la hija del tesorero pretendida por ambos artistas, es tan ‘la pícara ingenua’, pero es el personaje que mejor funciona en la presentación de Strassberger, al que sólo se le puede imputar agregar una escena vodevilesca de poco gusto aunque tal vez muy divertida durante el Carnaval, que prolonga la duración de la primera parte (los dos primeros actos originales) hasta una hora y cuarenta y cinco minutos.
Y luego resulta que varias personas dicen que sí, que bueno, pero que no acaban de entrar, que muy larga, que cuando llega la gran aria del protagonista (pese a que ha tenido una menos evidente pero también difícil) en el tercero, la llamada ‘aria del pastor’, por más bella que sea y bien interpretada que esté, es algo tarde, y que si esto es serio o cómico, y que…
Moraleja: tampoco esta importante reposición conseguirá lo al parecer imposible, y a diferencia del caso de la de Gilliam, no parece que sea coproducción con teatro alguno, por lo que sí mucho éxito, mucho hablar en periódicos, revistas y radio, pero el pobre Cellini seguirá siendo una rareza.
Y qué bien dirigió Altinoglu, con qué brío (a veces un punto desatado), qué bien le respondió ‘su’ orquesta, y qué trabajo fundamental (incluso en lo escénico) el del coro de la casa preparado por Trenque en este cometido endiablado. Por falta de tensión dramática no habrá que quejarse.
Si en el reparto se puede decir que el Balducci de Favejts ha conocido tiempos mejores desde el punto de vista vocal, el órgano sigue siendo imponente por volumen y color, y el personaje está conseguido. Jerkunica hace un Papa tan potente y enérgico en sus apariciones como para lamentar que tarde en aparecer. Bou nos propone el Fieramosca que sugiere el director de escena (y que es el que me parece más alejado del interés de Berlioz), una especie de Beckmesser menos ridículo (pero no mucho) y lo canta muy bien. El personaje en travesti de Ascanio, el aprendiz, lo interpreta estupendamente Florence Losseau, que parece tener buenos medios aunque en su aria no se luce mucho ni por color ni extensión. Entre los comprimarios, correctos, destacó el ‘cabaretier’ de Yves Saelens, que en este tipo de papeles sí es interesante.
Y llegamos así a los dos solistas más exigidos, la pareja de amantes. Teresa fue una Ruth Iniesta pletórica, en la mejor actuación de las que le he visto, con su terrible aria de entrada (y siguiente cabaletta -esperemos que Berlioz no me fulmine desde el más allá por equipararlo con las fórmulas de sus odiados belcantistas a los que sin embargo ha escuchado muy bien-).
Y ‘el’ Cellini de nuestros días, por supuestísimo. Osborn habrá mostrado algo menos de volumen que hace diez años (¡¡once casi!!), pero sigue siendo un cantante, un actor, un estilista y un técnico más que formidable y tal vez alguien pueda preferir a Vanzo y varios a Gedda por timbre o por proyección, pero lo cierto es que hoy él es quien defiende la parte como aquellos en su momento y su francés es colosal.
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