Pablo Picasso, The Three Dancers 1925. Tate Museum © © Succession Picasso / DACS 2024
La Tate Modern de Londres, entre otras muchas cosas, ofrece en este momento dos exposiciones muy interesantes. Escribiré en los próximos días sobre la de arte nigeriano moderno, pero comienzo por una exposición corta, con poco material, que sin embargo está muy bien preparada y resulta muy interesante. Para conmemorar el centenario del cuadro Los tres bailarines (1925) de Picasso, la Tate - que es la propietaria del cuadro desde 1965- convocó al cineasta y artista Wu Tsang (Worcester, EEUU, 1982) y al poeta y artista visual Enrique Fuenteblanca (Sevilla, España, 1996), que también es el 'curador', a preparar esta exposición que profundiza sobre la faceta más performativa de Picasso.
No sólo es que Picasso trabajara frecuentemente para el teatro, sino que -así lo plantean Tsang y Fuenteblanca- él mismo se convirtió en una 'obra de arte':
Pablo Picasso estaba fascinado por los intérpretes y su habilidad para transformarse. Se inspiró en los bailarines, artistas y toreros que pintó. De ellos partió para crear su propia persona pública: Picasso el Artista. [...]
A través de su persona, Picasso cultivó un mito que lo convertía a sí mismo tanto en un artista célebre como en un rebelde marginal. El modo en que hizo esto se puede examinar a través de la idea actual de la 'performatividad': cómo las palabras y las acciones pueden causar cambios y formar identidades. Picasso estuvo siempre siempre fascinado por las vidas alternativas y por la tensión entre la cultura popular y la vanguardia. Esto le acompañó a lo largo de toda su vida y continúa dando forma a cómo imaginamos el rol del artista en la actualidad.
Son sólo 45 piezas, algunas simplemente dibujos o trajes, pero a través de los paneles explicativos Tsang, Fuenteblanca y la Tate construyen una narración que no sólo nos permite centrarnos en un aspecto concreto de un artista del que a veces creemos que ya se sabe todo, sino reflexionar sobre una serie de aspectos del arte en general y la visión del artista sobre el mundo que le rodea que nos siguen rondando una vez hemos abandonado la sala.
¿Hasta qué punto el artista debe ser una obra de arte él mismo?, ¿es legítimo el modo en que Picasso se aprovechó de su entorno para construirse a sí mismo?, ¿la imagen que tenemos de Picasso es la de la persona real o la que él mismo se inventó?
Aunque el centro de la exposición fueran Los tres bailarines, el material al que dedicamos más atención, porque sólo lo conocíamos anecdóticamente, fue el de Picasso pintando para el documental de Henry-George Clouzot en 1955, donde esta idea de Picasso como artista performativo él mismo y la construcción de su imagen pública quedan clarísimas.
Aunque la exposición planteaba muchas más cosas, incluido el tema de hasta qué punto cuando Picasso se inspiraba en el arte africano estaba haciendo una 'apropiación cultural' cercana a un 'robo colonialista', aprovechando los recursos primarios de una civilización oprimida para incrementar su plusvalía y convertirlos en un producto de lujo destinado a un público que no es aquel para quien se creó, sino el 'civilizado hombre blanco'. Para 'compensar' se exhibían también las ilustraciones que Picasso realizó para el libro Lost body (1949) del poeta martinico Aimé Césaire, uno de los líderes del movimiento de la Négritude en Francia en la década de 1930.
La idea del uso de la obscenidad como transgresión y el modo en que Picasso utilizó este recurso, es otro apartado de la exposición que apenas se apuntaba en unas pocas piezas, de modo que era más bien el panel explicativo el que planteaba esta cuestión:
A través de actos de transgresión, el uso de la 'obscenidad' en el teatro es tan viejo como el arte del teatro en sí mismo. Tradicionalmente la interpretación nos ha dado permiso para jugar con tópicos y comportamientos que de otro modo se consideran tabú, como un modo de reflejarlos socialmente. Picasso trabajaba frecuentemente con lo obsceno en modos tanto íntimos como abiertamente políticos. Con los bocetos teatrales y de burdeles que se ven en la exposición, vemos que Picasso usa decorados arquitectónicos para enmarcar las imágenes obscenas. De este modo, Picasso juega el papel del artista tragicómico que sube al escenario cosas que algunos preferirían no ver.
Y había otros apartados -nuevamente más esbozados que desarrollados- en esta exposición que creo que tiene como principal valor no las obras mostradas en sí, sino el modo en que se interpretan. Es una exposición personal, subjetiva, donde el carácter y las preocupaciones de sus creadores -Tsang, Fuenteblanca- son muy significativas. Una exposiciín para reflexionar y no para aprender.
Como anécdota añadir que fue Roland Penrose (1900-1984) el que convenció a su amigo Picasso -y le costó varios años- de que vendiera sus Tres bailarines a la Tate, y Penrose fue también el marido de la fotógrafa Lee Miller (1907-1977), otra de las grandes exposiciones que Carreira y yo tuvimos ocasión de ver en Londres.
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