España - Cataluña

Dos grandes figuras

Jorge Binaghi
Sierra y Tézier
Sierra y Tézier © 2026 by Sergi Panizo / Teatro del Liceu
Barcelona, miércoles, 18 de febrero de 2026.
Gran Teatre del Liceu. Recital de Nadine Sierra, soprano, y Ludovic Tézier, barítono, acompañados por Véronique Werklé (piano). Arias y dúos de Verdi, Mozart, Offenbach, Berlioz, Rossini, Puccini, Charpentier, Donizetti y Bellini. Bises de Consuelo Velázquez, Leoncavallo y Mozart
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Este concierto se debería de haber efectuado en diciembre con Renée Fleming. La soprano canceló y su reemplazo fue este otro (se suponía que iba a ser otra de esas galas de cumpleaños del Liceu, pero al final no se ha dicho nada, lo que parece más sensato).

Así que, en vez de una, tuvimos dos cantantes famosos y muy celebrados aquí con el acompañamiento de una de las maestras de la casa de probada trayectoria y que tuvo a su cargo, además, la interpretación de una versión para piano de la ‘Meditación’ de la Thaïs de Massenet al promediar la segunda parte, muy aplaudida.

Un teatro muy concurrido y atento, sin casi ruidos molestos, lo que ya en sí es una rareza, premió las intervenciones de los artistas.

Comenzó Sierra ambas partes del programa, siendo la que más números solos y de mayor extensión cantó; el barítono venía de cantar el día anterior una serie de funciones de Un ballo in maschera en París.

La soprano gozó de un éxito estruendoso. Su estado vocal es perfecto, su voz y apariencia bellísimas, se mueve con desenvoltura, la técnica no tiene fallas. Se puede admitir, como en otros casos, que cante arias de óperas que -aún- sería conveniente que no cantara enteras porque exigen demasiado o algo más en los registros central y grave pero no se puede negar que ‘Depuis le jour’ de Louise de Charpentier estuvo muy bien y con buen francés, ni que ‘Chi il bel sogno di Doretta’’ de La rondine pucciniana resultó estupendo aunque un poco privado de la nota melancólica que la página tiene. En cambio, su voz es ideal para la Susanna de Le nozze di Figaro, cuya magnífica gran escena del último acto fue muy bien vertida, incluso sin forzar el grave en la peligrosa ‘notturna face’, aunque sonó débil, pero lo que ocurre con Serra, como la primera vez que la vi en París en una ópera barroca, es que en cuanto al estilo parece estar fijada en el belcanto de principios del siglo XIX, que no es lo ideal para Mozart.

Puede ser que intercalar agudos o sobreagudos no pedidos sea una praxis aceptada -cuando no exigida por el público- incluso en ciertos momentos de La Traviata (como demostró aquí mismo el año pasado), pero en Mozart el ‘injerto’ se siente muy artificial y, para peor, está en claro desacuerdo con el personaje y la situación. De la Juliette de Gounod parecería más razonable que cantara la entrada del primer acto que no la gran aria del veneno del cuarto, pero lo hizo muy bien pese a unos trinos, que posee sin duda como lo demostró en otros momentos, pero que aquí fueron apenas marcados.

Mucho más en carácter estuvieron dos personajes de Donizetti que le van como anillo al dedo, Adina en L’Elisir d’amore (que le vi en el Colón porteño en su debut allí, donde la actuación era más natural), de cuyo rondó final dio cuenta de modo fascinante; también deslumbró la entrada de Norina en Don Pasquale. Pero, de nuevo, aquí la gestualidad -simpatiquísima- en ambas no puede ser la misma por el tipo de situación aunque los personajes se parezcan (un poco, no mucho); y como en su Zerlina en el bis con Tézier (‘Là ci darem la mano’), pecó de amaneramiento expresivo y gestualidad que tal vez resulten más acordes con la expectativa del público de su país (y también de éste, aparte de unos cuantos como yo). En cambio, la combinación exacta de todos los ingredientes estuvo presente en su interpretación del Vals de Musetta en La bohème.

En ‘su’ bis presentó a su pareja, el contrabajista Marc André, al que nos contó que conoció en Barcelona y con el que había, entre bromas y veras, intentado una versión personal del famoso ‘Bésame mucho’, bolero escrito a los dieciséis años por la pianista Consuelito Velázquez, que pasamos a escuchar y fue excelente (no me pregunten ustedes qué hace un bolero en medio de todo un recital con música de ópera; no tengo más respuesta que el ‘crossover’, que a mí me gusta, pero en otro contexto. Hasta temí que Tézier se inspirara y nos cantara algo de Montand o Brassens, que de algún modo habría estado algo más cerca, pero por suerte mis temores fueron vanos).

El barítono, como queda dicho, se prodigó menos y con arias más breves, pero en su actuación no hubo nada fuera de lugar o de estilo. En su primera parte prefirió dedicarse al repertorio de lengua materna e hizo escuchar interpretaciones apropiadísimas por dicción, estilo y canto del famoso (y hoy cuestionado, creo sobre todo por quienes cantan la parte sin poseer los medios necesarios) ‘Scintille, diamant’ que suele o solía caracterizar a uno de los malvados de Los cuentos de Hoffmann (Dappertutto), donde brilló no sólo el agudo final que parece ser lo que todos esperan.

Siguió la serenata burlesca de Mefistófeles en La damnation de Faust de Berlioz (‘Devant la maison’): ¿qué esperan, al menos en su país, para darle una serie de funciones de la obra completa (en concierto, mejor)? Porque si aquí algunos se quejaban de la brevedad del fragmento, ¿qué no dirían si nos hubiera hecho oir ‘Voici des roses’?. Su interpretación de ‘Sois immobile’ del Guillaume Tell de Rossini fue ejemplar y conmovedora y, de nuevo, ¿a qué se espera, donde sea, para reponer la obra con él de protagonista?.

En la segunda parte pasó al repertorio italiano y demostró, primero, que puede afrontar perfectamente, pese al volumen y tamaño actual de la voz, un rol belcantista como el Riccardo de I Puritani en su gran aria de entrada ‘Ah, per sempre io ti perdei’ (ninguna sorpresa su fabulosa línea de canto y la mezcla exacta de estilo y expresividad sobria para quienes le habíamos visto el papel en Madrid en una gran versión de la ópera de Bellini). Después nos demostró por qué es un gran intérprete de Verdi en la gran aria del protagonista en el último acto de Nabucco, ‘Dio di Giuda’, que hace poco cantó por vez primera en Nápoles y que tuve el placer de reseñar aquí mismo.

La pena fue que ambos fragmentos no fueron precedidos del recitativo y la cabaletta correspondientes. Lo mismo ocurrió, por lo que a cabaletta se refiere, con los dos dúos de Verdi que cerraron la primera parte y el recital ‘oficial’: el del segundo acto de Rigoletto entre Gilda y su padre, que ambos habían ya cantado en la ópera completa en París, y en el que tuvieron un desempeño parejo en todos los aspectos y de gran nivel, y luego el de Violetta y Germont en el segundo de La Traviata (que a ella, como queda dicho, le escuchamos en la temporada pasada, pero en el caso de él, como con su Rigoletto, nunca se había oído aquí).

Ya he adelantado que el bis común fue el dúo de Zerlina y Don Giovanni, en el que también las voces se combinaron bien (y Tézier también nos recordó qué mozartiano ha sido), pero el único en solitario del barítono fue para mí una sorpresa (no, desde luego, que saliera con la partitura y se calara las gafas, a las que se refirió con buen humor en castellano). Nunca antes había logrado escuchar en directo un aria que hasta principios de los años cuarenta del pasado siglo era normal en el repertorio de los barítonos (y de algunos de los más grandes incluso la ópera completa, que hoy, como este fragmento, son de una rareza extrema): ‘Zazà, piccola zingara’ de la Zazà de Leoncavallo. Si tengo que decir algo, es que me volvieron los recuerdos -arrinconados por el tiempo pero presentes- de cuando entre mis 15 y 20 años la escuchaba por la radio argentina en las versiones de Tita Ruffo y Riccardo Stracciari, nombres inmensos en cuya compañía Ludovic Tézier no desfigura.

Teatro muy lleno (en especial si se piensa en un recital con piano un día de semana, y menos mal que era ópera y cantantes conocidos y estimados) y desde el vamos dispuesto al aplauso más generoso.

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