España - Cataluña

¿Hace falta una nueva ‘Gioconda’?

Jorge Binaghi
Kissjudit y Semenchuk en «Gioconda»
Kissjudit y Semenchuk en «Gioconda» © 2026 by A. Bofill / Teatro del Liceu
Barcelona, jueves, 19 de febrero de 2026.
Gran Teatre del Liceu. La Gioconda (Teatro alla Scala, Milán, 8 de abril de 1876, versión definitiva 12 de febrero de 1880), libreto de T. Gorrio y música de A. Ponchielli. Puesta en escena: Romain Gilbert. Escenografía: Étienne Pluss. Vestuario: Christian Lacroix. Iluminación: Valerio Tiberi. Coreografía: Vincent Chaillet. Intérpretes: Saioa Hernández/Ekaterina Semenchuk (Gioconda), Michael Fabiano/ Martin Muehle (Enzo), Gabriele Viviani/Àngel Odena (Barnaba), Ksenia Dudnikova/Varduhi Abrahamyan (Laura), Violeta Urmana/Anna Kissjudit (La Cieca), John Relyea/Alexander Köpeczi (Alvise), y otros. Coro infantil del Orfeó Català (directora: Glòria Coma i Pedrals). Orquesta y coro (director: Pablo Assante) del Liceu. Dirección de orquesta: Daniel Oren.
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La ‘gran ópera padana’ de Ponchielli resiste, pero en pocos lugares reaparece tan seguido como en Barcelona (donde sigue siendo bien aceptada, pero por las dudas, los silencios o los pocos aplausos del público -en contraste con las ovaciones finales, como viene siendo ya una costumbre- demuestran que ya no es tan conocida). Cuando fue realmente popular y su reposición podía tener sentido había un solo reparto. Ahora hay dos: las dos funciones a las que asistí tenían buena entrada de público, pero no a rebosar.

Las dos o tres últimas veces (al menos desde 2005) habíamos tenido la buena producción de Pier Luigi Pizzi, que no descubría la pólvora, pero era muy satisfactoria. Ahora hemos cambiado por una coproducción con Nápoles (se estrenó en el San Carlo con Netrebko, Kaufmann y Tézier en los papeles principales) debida a Romain Gilbert, donde lo mejor son los vestidos de Lacroix, por supuesto fastuosísimos y bellísimos (lo malo es que la Cieca e incluso Gioconda no parecen ser de la misma clase que Alvise y Laura, e incluso Enzo y Barnaba).

Las escenas de Pluss tienen sus más (primer acto) y su menos (los restantes), la coreografía de Chaillet es una tontería en el primer acto (si se habla de la ‘furlana’ ¿por qué no se la baila?) y un desaguisado en la famosa danza de las horas del tercero, convertido en una historia del ‘viejo celoso’ con las máscaras de Carnaval en los tres protagonistas y un cuerpo de baile que aparece como por arte de magia al final.

No basta, hay un mimo que hace de Arlequín y acompaña casi siempre a los personajes (en el cuarto acto desaparece, se ignora por qué) y ‘demuestra’ lo que dicen (en particular en las arias, esos momentos pesados de las óperas en que hay un cantante que canta): así, por ejemplo, si Barnaba dice ser un ‘cantastorie’ y lleva una guitarra, el mimo (que en este primer acto es además Isèpo) la toca; si en ‘O Monumento’ se habla de los poderes vetustos el pobre Arlequín se transforma en columna con una máscara de león en la cabeza, un poco ajado el pobre animal que se dedica a saciar su sed con el agua de la laguna que adorna el proscenio. Lo que hace en la fiesta de Badoero (antes de bailar) es abrumador.

Ponchielli, La Gioconda. Dirección de orquesta: Daniel Oren. Puesta en escena: Romain Gilbert. Barcelona, Gran Teatre del Liceu, febrero de 2026. © 2026 by David Ruano / Gran Teatro del Liceu.Ponchielli, La Gioconda. Dirección de orquesta: Daniel Oren. Puesta en escena: Romain Gilbert. Barcelona, Gran Teatre del Liceu, febrero de 2026. © 2026 by David Ruano / Gran Teatro del Liceu.

Por supuesto también hay saltimbanquis, acróbatas, malabarismos -se ve que este año se llevan los juegos con varias pelotas aunque en este caso no han sido los mejores- y hasta una procesión ante el barco de Enzo en el segundo acto con el aparente solo fin de colocar la imagen de la Virgen para que Laura le pueda rezar, y que reaparece, chamuscada luego del gran incendio, en el cuarto para que a su vez le rece Gioconda.

Si agregamos detalles como que el noble Alvise juega con la cabeza de un esqueleto en su aria, tras mirar que quede bien preparada la tumba para su mujer, colocada en medio de la sala de baile, sobre la que escupe al comprobar que Laura se ha dado la muerte (aunque sea de mentira), y que ésta a su vez le muerde los labios cuando intenta besarla despectivamente durante su disputa, o que cuando en el primer acto dice ‘¿deliras?’, en vez de dirigirse a Laura lo haga a Barnaba, que antes ha embadurnado a la Cieca con alquitrán o algo parecido (no me pregunte nadie por qué, dado que en el último acto Gioconda, en otro sitio, se embadurna del mismo modo), o que dicha madre ciega, pese a que se diga en el cuarto acto ‘ayer tu madre me ofendió; yo la ahogué´-Barnaba siempre tan divertido-, muere al final del tercer acto cuando se cae (a saber por qué, a lo mejor por recuerdo del fantasma de la ópera) la lujosa lámpara de los Badoero mientras el malvado Barnaba impide que Isèpo la salve, o que la misma ciega -que se ve que era de veras bruja- reaparece al terminar la ópera para aterrorizar al malvado, tenemos una serie de perlas maravillosas que si uno está aburrido distraen, pero si quiere seguir en serio la ópera molestan.

Si esto es una puesta ‘tradicional’ y no una tontería supina -y cara- que baje Ponchielli y lo vea.

Ponchielli, La Gioconda. Dirección de orquesta: Daniel Oren. Puesta en escena: Romain Gilbert. Barcelona, Gran Teatre del Liceu, febrero de 2026. © 2026 by David Ruano / Gran Teatro del Liceu.Ponchielli, La Gioconda. Dirección de orquesta: Daniel Oren. Puesta en escena: Romain Gilbert. Barcelona, Gran Teatre del Liceu, febrero de 2026. © 2026 by David Ruano / Gran Teatro del Liceu.

En la parte musical tuvimos cosas mejores, pero no siempre. Coros (también el de niños) y orquesta se mostraron en muy buena forma. Daniel Oren es un experto en estas lides, pero esta vez no pareció demasiado involucrado, con un tiempo más bien deslavazado en el preludio y ritardandos y accellerandos que no siempre ayudaron a los cantantes, aunque no los cubrió nunca.

Saioa Hernández fue en conjunto lo mejor del primer reparto, pero a años luz de aquella primera vez que la vi en el mismo papel en Piacenza, donde no sólo la voz sonaba más fresca (y más natural en los graves), sino que, si bien nunca se ha caracterizado por sus notas filadas, no se notaba el molesto tremolo que aquí las acompañaba cuando las daba en agudo (mejor en ‘Suicidio’ que en el primer acto). Buena intérprete.

Ponchielli, La Gioconda. Dirección de orquesta: Daniel Oren. Puesta en escena: Romain Gilbert. Barcelona, Gran Teatre del Liceu, febrero de 2026. © 2026 by David Ruano / Gran Teatro del Liceu.Ponchielli, La Gioconda. Dirección de orquesta: Daniel Oren. Puesta en escena: Romain Gilbert. Barcelona, Gran Teatre del Liceu, febrero de 2026. © 2026 by David Ruano / Gran Teatro del Liceu.

Violeta Urmana, que alguna vez fue Gioconda, ahora canta la Cieca y lo hace bien aunque con algún cambio de color y una voz no siempre firme, pero siempre es una presencia imponente.

Enzo Grimaldo tiene en Michael Fabiano un intérprete incompleto: bonito color, agudo limitado, un canto que enmascara problemas -como en el último encuentro con Gioconda- pero que no alcanza a cubrirlos del todo al final de ‘Cielo e mar’, donde casi llegamos al accidente. Tiene en su futuro el papel de Otelo de Verdi en Canarias, Buenos Aires y Nueva York. Espero que a nadie se le ocurra traerlo por estos lares. Como artista es un tenor convencional.

La Laura de Ksenia Dudnikova pone en evidencia sus lozanos medios, pero también su inadecuación para el repertorio italiano. Así como hizo una excelente Olga en todos los aspectos en el Onegin de Valencia, aquí la angulosidad e inflexibilidad de su emisión no la ayudó.

El Barnaba de Gabriele Viviani estuvo bien sin destacar demasiado en ningún aspecto: correcto en el canto, sin ningún matiz, y haciendo de malvadísimo en escena.

John Relyea fue Alvise y su timbre nasal fue un tormento casi mayor que en el Padre Guardián de la última temporada; a ver qué nos reserva para la próxima.

Los roles menores fueron bien cubiertos y los mimos, bailarines, acróbatas y demás circenses cumplieron con su cometido.

En el segundo reparto las cosas fueron en general mucho mejor y más parejas.

Ekaterina Semenchuk, pese a su color de mezzo, hizo una buena protagonista y ella sí se arriesgó a los pianísimos en agudo, que salieron bien (también mejor en el cuarto acto que en el primero). Se trató de una interpretación tan sólida como la de Anna Kissjudit, una excelente contralto, en la Cieca, o como la de Martin Muehle que no tuvo ningún problema con la tesitura de Enzo, y es un cantante generoso aunque no muy refinado (no es una parte que lo requiera especialmente) y se mueve bien.

Varduhi Abrahamyan cantó y se movió bien como Laura, con una voz pareja si no especialmente voluminosa y bella, y la cantó bien,

Àngel Ódena no pareció estar en su noche: no sólo olvidó en varios momentos el texto, sino que abrió los sonidos en alto y en bajo, y exageró asimismo en la caracterización de Barnaba.

Alexander Köpeczi, Alvise, que conocía la producción desde Nápoles y antes, y en uno de los últimos Viñas había logrado un premio especial, fue una voz bella y joven, pareja, extensa, y bien emitida (de su caracterización, como siguió lo que le indicaba la dirección de escena, no hablaré).

Los demás fueron casi todos los mismos en el plano canoro y un segundo reparto también para la mayor parte de mimos y bailarines, faltaría más.

A ver cuándo podremos ver, en vez de una Gioconda cada tanto porque toca, títulos tan raros como Ernani, Don Carlo o Carlos, Vêpres Siciliennes o Vespri Siciliani, Guillaume Tell, Caterina Cornaro, Beatrice di Tenda, que faltan hace mucho por no decir muchísimo….

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