Esta nueva ópera de Francisco Coll, encargo y coproducción de los Teatros Real y de les Arts, ha tenido su estreno absoluto en este último, en Valencia, en una producción que ahora se estrena aquí perteneciente al también autor del libreto, Àlex Rigola. Se trata de cuatro funciones sin contar con el autor en el podio (por motivos de salud): en su lugar, Christian Karlsen logró una excelente prestación de la orquesta.
El argumento está tomado de la tragedia de Henrik Ibsen con prácticamente el mismo título, aquí sin artículo, aparentemente con la pretensión de obtener una reflexión más abstracta y universal del tema del individuo convertido por la comunidad -incluidos los elementos ‘progresistas’ que lo han jaleado al principio- en chivo expiatorio por no querer dar marcha atrás en su denuncia de la corrupción de las aguas de un balneario, que afectará a la economía del pueblo.
El compositor ha tenido oportunidad de formarse junto a Thomas Adès, y esto se nota y en forma positiva, incluso cuando incorpora un ‘pasodoble’ en la especie de obertura con que se inicia la obra. En general se trata de una composición que se sigue bien, con interés no sólo por la trama, y que el público -bastante numeroso en esta primera representación- pareció apreciar en los aplausos finales. Sin duda, una buena razón reside en la duración que apenas supera la hora y veinte, sin pausa que habría quebrado la progresión dramática (y permitido las habituales fugas de espectadores, pero tampoco se vio como otras veces en que no hay intervalo gente que se marchase sin importarle molestar a los demás).
En mi modesta opinión, lo que no está resuelto del todo -una vez más- es el problema de la escritura vocal en las óperas contemporáneas (y no tanto; se arrastra desde casi los comienzos de la atonalidad y con pocas excepciones sigue durante el siglo XX y lo que va de éste -casos como los de Britten y Henze hay que tomarlos aparte).
Por ejemplo, en el caso del alcalde (y hermano del protagonista, de quien se convierte en principal opositor), el tenor Moisés Marín, que es un buen cantante y un intérprete experimentado, se veía más de una vez obligado a cantar en un desagradable y dificilísimo falsete extremo, de modo que en algún momento tuvo que recurrir al grito puro y simple. Una de las consecuencias es que el texto se hace casi por completo ininteligible, aunque estén los subtítulos.
Por suerte la línea vocal del doctor, el protagonista, el conocido barítono José Antonio López, resulta mucho más ‘clásica’, lo que a su vez le permite encontrar acentos muy acertados con un fraseo muy persuasivo y adecuado.
El papel que puede dar más satisfacciones a un intérprete es sin duda el de la hija del doctor, Petra, único apoyo del padre hasta el final. Está escrito para una soprano ligera que tiene momentos realmente comprometidos, que Brenda Rae ejecuta como si se trataran de un juego. Hay que destacar además su articulación clara y perfecta del castellano. Su aria es sin duda alguna el momento vocal más intenso y atrayente de la partitura en términos vocales, como asimismo el dúo final con el padre. Estamos también ante una consumada actriz.
Isaac Galán hace una excelente caracterización del responsable del periódico progresista (Mario) mientras que la mezzo Marta Fontanals-Simmons tiene a su cargo Marta, la empresaria que apoya el progreso hasta que los intereses de su compañía (y de otras) chocan con la verdad. También buena la actuación de Juan Goberna en el papel mudo del suegro del protagonista, que también se vuelve contra en él, en el último intento de forzarlo a retractarse.
Aunque sin la profundidad de Ibsen (en su caso bien anclado en la sociedad contemporánea del autor), el tema de la corrupción del poder y sus sostenedores, del aislamiento de quien elige el camino de no comprometerse con ellos ni en un solo punto (con el riesgo consiguiente de caer en el populismo o en la orgullosa afirmación de un individualismo elitista) está bien trazado en el libreto de Rigola..
La bella escena única (una playa con el mar de fondo en una templada jornada de verano, elemento aparentemente positivo que puede volverse también agresivo lugar de reunión) se conjuga con un vestuario actual y funcional. Las luces claras y fuertes de Carlos Marquerie contribuyen a valorizar el espectáculo.
No me he dejado un elemento, a mi juicio el más logrado en cuanto a escritura vocal, que es el papel del coro (el pueblo) cuyas intervenciones funcionales y expresivas (la primera de todas parece casi propia de una tragedia griega) resultan magníficamente interpretados por el cuerpo del Teatro bajo la supervisión, como es habitual, del excelente maestro José Luis Basso.
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