Este año se cumplen cuarenta de la inauguración de la Philharmonie berlinesa, templo sagrado del sinfonismo debido al genio de Hans Scharoun y al empeño de Herbert von Karajan. Su aspecto exterior sigue llamando la atención por la extraña simbiosis de sobriedad y audacia de sus líneas, sobre todo una vez que su entorno, la hasta hace poco yerma Potsdamer Platz, ha sido urbanizado –con dudoso gusto, en mi opinión- con motivo de la reunificación alemana y del traslado de la capitalidad de la República. En el interior, pocas cosas han cambiado tras la remodelación a que fue sometida hace unos años: seguramente son sus foyers y sus escaleras laberínticas los elementos que peor han envejecido; al lado, un nuevo bar y una nueva tienda en la que, junto a los consabidos discos y libros, ahora se ponen a la venta innumerables objetos de…
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