Hace una semana que enfermé de los verbos ser y estar, órganos vitales que, en mi caso, se alojan en lo más profundo del cerebro, detrás de realidad y vecinos a susto. Todo empezó cuando ensayando un programa compuesto por obras inspiradas en el Hamlet de Shakespeare, de pronto, en el número The question de William Walton, sentí una punzada en ser mientras intentaba descifrar unos pasajes cromáticos. Al principio no le di mucha importancia, atribuyéndolo a un súbito ensombrecimiento del ánimo por un abuso de semitonos en el registro grave de mi viola, pero más tarde, al comparar la dificultad de los Hamlets de Liszt, Chaikovski, y Casablancas con el número de ensayos disponibles, mi verbo existencial tuvo una hemorragia que lo dejó en no ser con gran pesar del príncipe de Dinamarca.Después de meditarlo detenidamente concluí que, dada la…
Comentarios