Si queremos recurrir a alguna de las etiquetas con las que los autores del género chico, tanto por justificación como por reclamo, y siempre con precisión, caracterizaron sus obras, me pareció casi más ‘despropósito’ que ‘disparate’ este espectáculo que, en una nueva producción, se ha estrenado en Les Arts. El título de Un misterio de sainete invita a considerar qué es lo que tiene de sainete esta propuesta, lo cual, efectivamente es un misterio. Mientras, aquello de Zarzuela a la cazuela encuentra su justificación en el final de un muy endeble cañamazo argumental, y también, supongo, en el potaje de números musicales (quince) que en poco más de una hora lo recorren. Un guiso, que, en definitiva, nos remite al mundo del pastiche.
El objetivo que se persigue con esta pieza es cuádruple. En primer lugar, cumplir con el compromiso que con la zarzuela tiene contraído Les Arts, a razón de una obra por temporada. El curso pasado la totalidad de las representaciones de La verbena de la Paloma se tuvieron que suspender por los efectos terribles de las inundaciones del 29 de octubre de 2024. Para quien tuviera ganas de reencontrarse con el género, la actual iniciativa imagino que se le habrá quedado corta.
En segundo término, busca rodaje para el alumnado del Centre de Perfeccionament de la casa. Lamentablemente, esta ocasión no resiste, por ambición artística general, la comparación con varias de las producciones de temporadas anteriores cuyo desempeño también tuvo como protagonista un elenco en formación. Entre los jóvenes cantantes hubo, en la función que se comenta, chispa y complicidad, y también buena adaptación al castellano (hablado y cantado) de las voces extranjeras (la lengua valenciana, una vez más, quedó para el chascarrillo esporádico). Un mayor punto de madurez canora mostraron las voces femeninas. Y, entre ellos, Omar Lara evidenció haber salido a escena respaldado por su profesionalidad, pero mermado por algún tipo de contratiempo.
En tercer lugar, con Un misterio de sainete se pretende cubrir el proyecto para este año de Les Arts Volant, que, como en ediciones anteriores, llevará la creación lírica por diferentes lugares de la geografía valenciana. La producción, sencilla y risueña, se adapta perfectamente a ese cometido y a cualquier tipo de espacio. Si en todas las interpretaciones de ese futuro recorrido el acompañamiento pergeñado para doble piano cae en las manos de Stanislav Angelov y Miquel Carbonell, la mitad del éxito ya está asegurado. Extraordinario fue el desempeño de ambos pianistas.
Y, por fin, el cuarto y último objetivo es el de exaltar a José Serrano, a quien se le atribuye la autoría de todas las piezas interpretadas en la representación, salvo O sole mio. Serrano es la gloria zarzuelera local. Pero no solo zarzuelera. Una vez escribí que el compositor de Sueca era autor del Himno de la Comunidad Valenciana, del Himno a la Virgen de los Desamparados, patrona de Valencia, y del pasodoble El fallero, una especie de himno oficioso de las fiestas de Fallas, y que no le faltaba más que haber concebido el himno del Valencia Club de Fútbol para haberse hecho con un póquer de emocionales identidades musicales difícil de superar (que me perdone la afición del Levante, ahora que hablamos de emociones). Sin embargo, dato curioso, en los últimos tiempos el Himno de la Comunidad Valenciana suena en el estadio de Mestalla cuando los equipos saltan al campo. Así que ahí está el comodín que de alguna manera le acaba dando el póquer a Serrano.
Esta exaltación también se adivina interesada por lo que tiene de proyectarse sobre un valor supuestamente seguro en el ámbito valenciano. Sin embargo, habría que realizar un par de observaciones en este sentido: que el público, no precisamente joven, distó de llenar la sala Martín i Soler (era la tercera y última de las representaciones previstas de esta serie) y que, en puridad, me temo que no todas las músicas utilizadas se deben a la pluma de Serrano.
En la lista de números que se ofrecía en el programa de mano (en la versión electrónica) se ahorraron, por una parte, los nombres de los autores de las letras (varias, por cierto, de Carlos Arniches, un libretista que bien sabía administrar el ritmo de sus obras, y al que imagino un tanto ojiplático de haberse podido encontrar con este producto) y, por otra, las colaboraciones de Serrano con Joaquín Valverde.
El hacer de Quinito se intuye en la “Habanera de los reyes godos” de El trébol (1904), el “Coro de los paraguas” de El amigo Melquiades (1914) y, especialmente, en el “Terceto del paipay" de El perro chico (1905), que cerró, con repetición (no solicitada), la función. Quinito Valverde le tenía cogida la medida a la popularidad. Sabía como nadie manejarse en el naciente mundo de las músicas urbanas para las masas. Y no es que a Serrano le faltara gracejo, tal como se aprecia en la “Canción del pajarero” de La reina mora (1903), en las guajiras de La alegría del batallón (1909) o en “Dicen que dicen” de Golondrina de Madrid (estrenada póstumamente en 1944, aunque el número ya se había utilizado para El rey del corral, en 1916), las tres también parte de este Misterio. Pero su fundamento folclórico y, sobre todo, su sello lírico y armónico es diferente.
Y resulta especialmente reconocible en sus jotas (la de La casita blanca, 1904, y la más famosa de El trust de los tenorios, de 1910), en sus serenatas («Ya en el cielo azul», de El príncipe carnaval, revista con doble estreno en la que de nuevo se repartió números con Valverde), en el dúo “Leyenda de la gondolera” de Las hilanderas (1927) y en el hit «Marinela, Marinela» de La canción del olvido (1916). De todo esto, y algo también de La venta de los gatos (estreno póstumo en 1943), hubo en la receta bosquejada por Enrique Viana.
Habrá que ir acabando. Como abuelo Cebolleta que ya debo de ir siendo, me permito contar (quizás repetir) que en torno a 1990 escuché en una populosa calle de Valencia a un barrendero cantar La reina mora mientras desarrollaba su faena. Ya entonces me pareció más un milagro que un misterio. No sé si el nuevo espectáculo zarzuelero de Les Arts contribuirá a sostener con solvencia el género (más que el género en sí, alguno de sus éxitos musicales). Sí imagino que en su peregrinar habrá público que se lo pase estupendamente (tuve detrás mío una persona que no paró de reír) y que los cantantes resolverán aún mejor sus cometidos.
Y, por último, no creo que me equivoque si apuesto a que, a la misma hora en la que se desenvolvía la representación, el Serrano más colectivo estaba en las Torres de Serranos (casualidades) en la Crida o llamada con la que se dan por iniciadas las fiestas de Fallas. En fin, es lo que hay.
¡Ah, y discúlpenme por la tontería del título! No lo he podido evitar.
Desde 1996, informamos con independencia sobre música clásica en español.
Para disfrutar plenamente de nuestros contenidos y servicios, regístrate ahora. Solo lleva un minuto y mejora tu experiencia como lector.
🙌 Registrarse ahora
Comentarios