Pocas obras del repertorio lírico español han alcanzado una popularidad tan inmediata y duradera como La Verbena de la Paloma. Desde su estreno en 1894, la inspirada música de Tomás Bretón y el eficaz libreto de Ricardo de la Vega ha convertido este sainete en una de las cumbres indiscutibles del llamado “género chico”. La reciente representación de este título paradigmático en el Teatro Cervantes, con la exitosa producción del Teatro de la Zarzuela de Madrid, ha permitido al público malagueño reencontrarse con este título emblemático en un contexto de escasa presencia de la zarzuela en la programación lírica del coliseo malagueño.
Así pues, la ciudad de Málaga tuvo una nueva oportunidad de apreciar la calidad musical de Bretón en una partitura como la de La Verbena de la Paloma particularmente rica, cuyo refinamiento evidencia la ambición del compositor por elevar y dignificar el género lírico español. Y todo bajo un entramado rítmico y melódico en el que soleá, seguiriya, mazurca o habanera aparecen integradas con una naturalidad tan sorprendente como seductora.
El breve y entretenido prólogo Adiós, Apolo, escrito por Álvaro Tato para esta producción, contribuye además a compensar la concisión de La verbena de la Paloma. La acción nos sitúa imaginariamente en los momentos previos a la última función ofrecida en 1929 en el histórico Teatro Apolo, poco antes de que el edificio cambiara de manos y terminara convertido en una sucursal bancaria. El resultado fluye con notable dinamismo gracias, entre otros aspectos, a la acertada selección de números musicales procedentes de obras de Federico Chueca, Joaquín Valverde, Jacinto Guerrero o José Rogel, a la manera de pequeño homenaje tanto al género chico como al papel fundamental que el Apolo desempeñó en su historia.
La producción escénica de Nuria Castejón se presenta como una propuesta eficaz y respetuosa con el espíritu del libreto de Ricardo de la Vega. Los detallados decorados de Nicolás Boni recrean con acierto un barrio de La Latina acorde con la época del sainete, mientras que el vistoso vestuario diseñado por Gabriela Salaverri contribuye a reforzar el ambiente castizo de la obra. La dirección escénica apuesta por un desarrollo ágil y fluido de la acción, con un movimiento de actores bien resuelto que refleja el sólido engranaje dramático del libreto. Sobre el escenario encontramos elementos tan característicos del casticismo madrileño como las chulapas, los mantones de Manila, las chaquetillas o el sereno con su chuzo.
Particularmente logrado resultó el momento del segundo cuadro en el que el público accede visualmente al “Café de Melilla” mediante el recurso escénico de adelantar el espacio hacia el proscenio: el pequeño tablao con su piano, la cantaora ataviada con vestido de flamenca y la inevitable neblina de humo que evoca el ambiente de estas tabernas, componen una estampa de gran belleza que bien podría haber imaginado el propio Julio Romero de Torres. Musicalmente la culminó Sara Salado con una impresionante soleá que devolvía finalmente la pieza a su genuina esencia flamenca gracias a su capacidad para el quejío y a su intensa expresividad.
La dirección musical de José María Moreno resultó eficaz en cuanto a la fluidez dramática pero poco más. Su lectura, más bien discreta en términos generales, acusó una evidente falta de incisión a la hora de poner plenamente en valor la extraordinaria riqueza tímbrica de la partitura de Bretón, así como una mayor atención al equilibrio entre foso y escena, que no siempre fue óptimo.
En el apartado vocal destacó un Emilio Sánchez que compuso un Don Hilarión quizá algo más juvenil de lo habitual, aunque musical y escénicamente muy solvente. A su lado, Gerardo López ofreció un estupendo Don Sebastián, mientras que Amparo Navarro resolvió con gran acierto el papel de la señá Rita.
El resto del reparto coincidió con el del estreno madrileño de la producción. Borja Quiza encarnó a Julián con una voz de notable contundencia aunque menos inclinada al matiz; Carmen Romeu fue una excelente Susana, gracias a la belleza de su timbre y a un fraseo particularmente apropiado; y Gurutze Beitia compuso una Tía Antonia quizá demasiado ruda aunque eficaz. Por su parte, Lara Sagastizábal presentó una Casta de presencia escénica más destacada que vocal, mientras que Rafa Castejón hizo honor a su apellido con una actuación memorable tanto como director en el prólogo como tabernero en el sainete.
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