Francia

Strasnoy y Shostakovich en la Philharmonie

Agustín Blanco Bazán
Aziz Shokhakimov
Aziz Shokhakimov © 2026 by Mischa Blank / Harrison Parrott Group
París, lunes, 9 de marzo de 2026.
Philharmonie. Oscar Strasnoy, Sinfonía Concertante para violonchelo, piano y orquesta. Shostakovich, Sinfonía n.º 7. Jean Guihen-Queyras, cello. Alexandre Tharaud piano. Orquesta Filarmónica de Estrasburgo. Aziz Shokhakimov, dirección.
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Ya son, creo, once las óperas compuestas por Oscar Strasnoy (Buenos Aires, 1970), un creador también prolífico en conciertos para piano, y piezas sinfónicas diversas. El próximo mayo Strasnoy, estrenará otra ópera, Dementia, en el Colón de Buenos Aires. Pero antes ha venido esta auspiciosa premier mundial en Estrasburgo y París de su Sinfonía concertante para chelo y piano. La excelente Filarmónica de Estrasburgo fue dirigida por su igualmente talentoso Aziz Shokhakimov (Uzbekistán, 1988) que en la segunda parte dirigió una Sinfonía nº 7 de Shostakovich líricamente asertiva.

La Sinfonía concertante responde a un encargo del chelista Jean-Guihen Queyras, y el pianista Alexandre Tharaud para celebrar sus treinta años de amistad y estrecha colaboración musical. Al principio pensaron en un doble concierto, pero, en diálogo con Strasnoy terminaron los tres decidiéndose por una “sinfonía concertante”. Un poco a la manera de las sinfonías concertantes de Mozart, en las cuales los “solistas”, antes que concentrarse en desarrollar un diálogo con la orquesta se hacen más bien parte de ella y ocasionalmente sobresalen como en esos bailes comunitarios donde los participantes empujan de vez en cuando a una pareja al centro de la pista.

Se trata de una obra en seis movimientos que comienza con un enérgico llamado de trompetas seguido por el piano y las cuerdas bajo el nombre Invocación. Según las notas del programa de mano, el segundo (Levitación) pretende describir la magia de la música a través de un vértigo “de notas aisladas lanzadas al espacio.” Después de un scherzo cuya rítmica es descrita como “un ping pong entre los dos solistas”, el cuarto, titulado Fontana quiere evocar los relieves e incisiones en la obra del escultor y pintor Lucio Fontana con rápidos contrastes de glissandi. El Finale es una recopilación de los temas precedentes elaborado siempre acorde a las características de toda la obra, a saber, una prístina diferenciación de texturas desarrolladas a lo largo de sorpresivas variaciones rítmicas. Todo es claridad de color e ideas en esta perfectamente programada narrativa de 25 minutos de duración.

En algunas entrevistas Strasnoy ha denostado la falsedad de conceptos como “modernidad” o “contemporaneidad” para sugerir que la música a veces sigue siendo la misma, tanto en Monteverdi como en Kurtag. Y esta sinfonía concertante reafirma su opinión. Sin encasillamientos o imitaciones impuestas por ideologías tonales o atonales, la obra entretuvo y maravilló a una audiencia tan diversa como atrapada por su frescura y concisión

Ya anticipé al comienzo que Shokhakimov había interpretado mas bien líricamente la Sinfonía 7 de Shostakovich y lo cierto es que muchos extrañaron la expresionista aspereza instruida por otros directores de orquesta.

No es mi caso, porque creo que la luminosa poética inicial, y otras expansiones similares en los movimientos siguientes, se impusieron como una gloriosa afirmación de vida hacia el final: algo así como esa Guerra y Paz tolstoiana en que finalmente el nihilismo de la guerra y la muerte no pueden contra la gloriosa afirmación final de una victoria que no es la del poder militar sino la de la poesía como plenitud de vida.

Los redobles de percusión, la rítmica y la temática del primer movimiento, no fueron tal vez tan avasalladores como en otras versiones, sino que salieron mas bien como un comentario distanciado pero preciso. Y el segundo movimiento recogió las alternativas líricas del primero como un desarrollo espontáneo, hilando así el progreso hacia los corales del Adagio luminosos en su afirmación de resistencia y fe. La transición al cuarto movimiento me pareció algo insegura, pero ¡que final mas glorioso! En la coda, ni esos furibundos timbales tan militarmente estalinianos lograron imponerse sobre el gloriosamente arrebatador sforzando crescendo que cierra la obra.

Lo dicho: esta no fue una Victoria militar, sino una Victoria de la vida y la poesía, trágicamente débiles en apariencia, pero finalmente invencibles en su convicción y belleza.  

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