Francia

Sencillamente memorable

Francisco Leonarte
Luigi Cherubini
Luigi Cherubini © Jean Auguste Dominique Ingres
París, miércoles, 11 de febrero de 2026.
Théâtre des Champs-Élysées. Médée, tragédie lyrique en trois actes. Música, Luigi Cherubini. Libreto, François-Benoît Hoffman a partir de las tragedias de Eurípides, Séneca y Corneille. Versión de concierto. Con Marina Rebeka (Médée), Julien Behr (Jason), Patrick Bolleire (Créon), Melissa Petit (Dircé), Marie-Andrée Bouchard-Lesieur (Néris), Hélène Carpentier (première suivante), Margaux Poguet (deuxième suivante), Pierre Gennai (coryphée). Les Chantres du Centre de musique baroque de Versailles (director, Fabien Armengaud). Le Concert de la Loge. Dirección musical, Julien Chauvin.
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Normalmente quien esto escribe intenta no usar superlativos (o no demasiados) para hablar de lo que ha escuchado o presenciado. Pero en este caso, hay que reconocer que, si ‘memorable’ es aquello que vale la pena guardar en memoria, en efecto vale la pena guardar en la memoria la Médée de Cherubini que escuchamos el pasado miércoles once de febrero de 2026 en el Teatro de los Campos Elíseos. Y tanto que sí.

Las versiones y la versión

A comenzar por la elección de la versión. En francés, por supuesto. Es en francés donde se nota que Cherubini adapta (magníficamente) su música a la prosodia francesa, de suerte que nos hallamos ante aquello tan difícil de obtener en el teatro musical, el hablar-cantando, ideal de los creadores del género. En efecto, en un alarde de genio musical, Cherubini logró la difícil alquimia entre la cantabilidad propia de la tradición italiana, la densidad orquestal y armónica relacionada con la tradición alemana, y la fidelidad al texto tan típica de la tradición francesa. Todo con una intensidad propia de las grandes obras maestras. Mágico.

Después, los recitativos. Médée iba en principio destinada a la Ópera (Académie Royale de Musique) pero por diversas circunstancias terminó siendo representada en el Théâtre Feydeau y con diálogos en vez de recitativos.

En su estreno en Francia en 1797, Médée no tuvo éxito suficiente para quedar en el repertorio. Sin embargo, para ser exportada a Alemania, Franz Lachner compuso los recitativos de rigor que sustituyeran a los diálogos. Y en Alemania consiguió instalarse en el repertorio con los recitativos de Lachner, y fue admirada en su versión alemana por Beethoven, Schubert, Weber, Brahms o Wagner, por ejemplo. En Italia dichos recitativos alemanes fueron traducidos, como la ópera entera, al italiano. Y fue esa versión, en italiano y con recitativos, la que Maria Callas resucitó en 1953 con todos los honores. Desde entonces otras grandes cantantes han hecho suyo el papel en la versión italiana.

Pero desde los años 1990 1 se viene diciendo que lo lógico sería volver a la versión original, la que Cherubini compuso en francés. Eso sí, ¿con los diálogos originales? ¿Con los recitativos alemanes esta vez traducidos al francés (¿y por qué no?)? ¿Con otros recitativos?

Los diálogos en verso originales tienen muy mala reputación. Hay una grabación desde Compiègnes en que dichos diálogos son interpretados por actores en un estilo bastante altisonante y en definitiva plúmbeo 2. A partir de ahí, cada director de escena ha hecho lo que le ha venido en gana con ellos. Warlikowski los sustituyó por diálogos suyos en el más puro estilo serie de televisión de tres al cuarto. La última versión en la Ópera-cómica los troceaba y añadía estupideces de la propia directora de escena 3. Así las cosas, el Palazzetto Bru-Zane 4 ha tomado los recitativos que el musicólogo Alan Curtis escribió para remplazar los al parecer problemáticos diálogos originales 5.

Personalmente soy bastante escéptico con los pastiches. Creo que se debe componer en el estilo de la época en que se compone, y miro con desconfianza las obras artísticas realizadas al estilo de. He de reconocer sin embargo que los recitativos de Curtis casan bien con las partes escritas por Cherubini, que se integran muy bien en la dramaturgia musical y que tienen sentido. Eso sí, son de una enorme complejidad técnica y a veces exigen de los cantantes más de lo que la partitura del propio Cherubini requiere. Es decir, que si ya era duro cantar Médée, con estos recitativos lo es más todavía. No es ponerle las cosas fáciles a los cantantes...

Un ramillete de solistas deslumbrante

La fundación Palazzetto Bru-Zane, a la que antes aludíamos, tenía el proyecto (llevado pues a buen término) de grabar una versión de Médée como ópera, con los recitativos de Curtis e incluyendo un ballet con música poco conocida del propio Cherubini. El concierto que comentamos era pues el broche de oro a los días de grabación. ¡Pocas veces se ha visto broche de tanto valor !

Los cantantes se habían puesto de acuerdo para actuar, para quedarse en escena cuando el libreto así lo pedía aunque no cantasen, para crear una mini-representación. De suerte que nadie echó a faltar decorados, atrezzo o más luces que las del concierto, porque el elemento teatral estuvo siempre presente en las actitudes corporales, en las expresiones faciales y sobre todo en el canto y en la orquesta.

El Palazzetto, que musicalmente hace siempre muy bien las cosas, había reunido para concierto y grabación un elenco valiosísimo. Empezando por los pequeños papeles. Tal vez el volumen de la orquesta fuera un punto demasiado para estas voces jóvenes, pero tanto Hélène Carpentier (première suivante) como Margaux Poguet (deuxième suivante) o Pierre Gennai en su cortísimo papel de coryphée, mostraron no solamente voces con cuerpo, bien impostadas y con soltura, sino también sentido dramático.

Dircé (Glauce para quienes conocen la obra en italiano) fue encarnada por Melissa Petit, soprano con un muy bonito vibrato a la antigua (por momentos hacía pensar en Pilar Lorengar, intérprete también de este rol, lo que no es poco halago), con voz no grande pero sí con mucho squillo, que no sólo dio musicalidad a su preciosa aria de introducción sino también sentido a su personaje, a medio camino entre la duda y la alegría.

Creón le correspondía a Patrick Bolleire, muy valioso bajo francés, cómodo en los pasajes de Cherubini (algo menos en los recitativos de Curtis), perfectamente inteligible, con una impostación y un fraseo naturales y nobles, que supo crear también un Creón muy humano, con sus ternuras, sus iras, sus dudas.

Julien Behr está en un momento excelente. Su voz tiene cuerpo, volumen, sus graves son sonoros, su medio también, sus agudos son fáciles, su impostación natural le permite fluir, se le entiende todo, domina su personaje, y tanto los pasajes tiernos como los airados o los trágicos están llenos de sinceridad, de verdad. Un magnífico Jason.

Como magnífica es la Neris de Marie-Andrée Bouchard-Lesieur. Ya nos había deslumbrado en el mismo personaje en Opéra-Comique, y en el concierto que nos ocupa nos deslumbró más si cabe. Una voz carnosa, un arte del canto, una nobleza de sentimientos, una facilidad de emisión, una dicción impecable, dignos de todo elogio.

Pero quien se sale de todo elogio, para quien no tenemos palabras, es Marina Rebeka. ¡Qué fuego! ¡Qué intensidad dramática y vocal! Rebeka pone toda la carne en el asador, todo su volumen en sus explosiones de mujer herida, toda su autoridad cuando exige y reclama, toda su delicadeza y su bonito timbre cuando suplica o cuando llora... El espectador se emociona y sólo después cae uno en la cuenta de la técnica impecable que dichos alardes de expresión implican, la facilidad en las notas de paso, que no se notan, la facilidad en los agudos, nunca demasiado expuestos ni demasiado cubiertos, el dominio de todo el registro, la naturalidad de la emisión que le permite cantar-hablando sin nunca tener que forzar la expresión con argucias veristas... ¡Uf!

Conjuntos de gran altura

En los coros, no es la primera vez que Les Chantres du Centre de Musique Baroque de Versailles dan muestra de su valía. Bonito sonido, buena capacidad de matizar, buen empaste, conocimiento del estilo...

 Julien Chauvin dirige Le Concert de la Loge, y ya desde la obertura uno se da cuenta de que vamos a tener una gran velada. Cada frase musical tiene sentido, cada diminuendo, cada forte, cada intervención puntual de tal o tal instrumento, cada nota tiene sentido. Chauvin construye un edificio monumental y dramático desde las primeras notas de la obertura hasta los compases finales. Le sigue con exactitud la orquesta, con ese sonido un punto agridulce típico de las orquestas barrocas, con solistas notabilísimos, como los trompas, o como ese fagot tan sentido, que frasea tan admirablemente durante el aria de Neris y al que Marie-Andrée Bouchard-Lesieur hará referencia en un bonito gesto en el momento de los saludos.

Y hablando de saludos, ya habrán colegido ustedes la salve de aplausos y bravos que acogió a cada intéprete al finalizar la representación. Y los comentarios entusiastas del público en el entreacto y acabada la función. Sí, memorable. 

Notas

1. E incluso antes. Ya en 1962 se graba una selección de la obra en francés con la gran mezosoprano belga Rita Gorr.

2. Es legítimo preguntarse si lo plúmbeo eran los diálogos originales o más bien la forma de interpretarlos.

3. Directora de escena de cuyo nombre no quiero acordarme.

4. Recordemos que la Fundación Palazzetto Bru-Zane se ha dado por misión recuperar el valiosísimo patrimonio musical francés entre 1770 y 1930, poco más o menos. Y que su trabajo es ejemplar, unánimemente saludado por los melómanos del mundo entero.

5. En tal sentido se trataba de un estreno mundial.

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