Las representaciones de Eugenio Onegin en la Ópera de París están teniendo un éxito rotundo. Y no es para menos. Éxito para todos los solistas y éxito para los cuerpos estables. A comenzar por el coro, muy bien preparado por Ching-Lien Wu, que realiza una de las mejores prestaciones que le recuerdo, con una brillantez y una claridad deslumbrantes.
Historia de amor
En cuanto a la orquesta, lo que viven Semyon Bychkov y la Orquesta de la Ópera de París es una auténtica luna de miel. Para muestra, un botón: antes de iniciar el tercer acto, uno de los instrumentistas le deja una rosa a Bychkov sobre el atril. Todos los profesores aplauden entusiastas a Bychkov cuando llega y cuando se va. Y Bychkov, antes de inclinarse ante el público, hace una pequeña reverencia hacia los profesores de la orquesta, y, en los saludos, sube a toda su orquesta sobre la escena para que reciban el merecidísmo aplauso del público. ¡Si esto no es amor!
Y es que Bychkov está atento a cada pupitre, a los cantantes, a la partitura que sin embargo se nota que conoce al dedillo... Dirige sobre todo con las manos y sólo usa la batuta para los momentos más brillantes (los concertantes con coro, la polonesa del último acto …) . Su orquesta canta las melodías de Chaicovski, y cuenta tanto la pasión como la resignación, el alborozo como la tristeza, lo íntimo y lo espectacular. Al tratarse de una formación relativamente reducida (cuatro contrabajos, seis violonchelos...), las voces se encuentran cómodas, es mucho más fácil para la orquesta y para los cantantes matizar, dar distintos colores... Magnífico trabajo.
Así que el éxito de los distintos cantantes le debe mucho a la inteligencia y el buen hacer de Bychkov al frente de los cuerpos estables.
Fidelidad y matices: eso es poner en escena
También le deben los cantantes parte de su éxito a una puesta en escena, la de Ralph Fiennes, con una estupenda dirección de actores. Cada frase del texto, cada inflexión musical, encuentran reflejo en la expresión vocal, facial o corporal de los solistas. Fiennes opta por trajes del 1820/30, época prevista tanto por Pushkin como por Chaicovski, resueltos por Anne-Marie Woods con elegancia y cierta diversidad dentro de los colores impuestos por la dirección escénica.
A destacar una escenografía simple y eficaz de Michael Levine y una dirección escénica del coro de lo mejorcito que recuerdo, con una muy inteligente utilización conjunta de coro, figurantes y bailarines (coreografías de Sophie Laplane estupendas, por lo sencillas y creíbles, las de los actos primero y segundo: lástima que el programa no mencione a los intérpretes del ballet (¿componentes del ballet de la Ópera de París? ¿Chi sa?) que cumplen con mucho brío y teatralidad.) que dan una impresión de vida y de naturalidad como pocas veces se consigue en la ópera.
Guardaré en mi personal galería de recuerdos las distintas expresiones de los coristas durante los couplets de monsieur Triquet, desde los jóvenes burlones, a las señoritas aplicadas, pasando por los viejos indulgentes o las damas satisfechas, toda una galería de personajes que hacían vivir la escena con mucha discreción, potenciando la música y la situación teatral. Bravo.
Pero tampoco les quitemos mérito
Como Tatiana, si Ruzan Mantashyan visualmente encaja muy bien -una mujer joven, de pequeña estatura, bien hecha, muy morena y de tez blanca-, vocalmente cumple cum laude: voz con cuerpo, timbre joven, facilidad en toda la extensión, buen volumen, y sobre todo una fibra dramática que produce inmediata empatía en el espectador. Soberbia Tatiana
Como soberbio es Bogdan Volkov como Lensky. Volkov sabe pasar de la ternura sonriente del primer acto (con esa declaración que se transforma en cuarteto, uno de los pasajes más encantadores de toda la obra de Chaicovski) a la intensa emoción de su escena de duelo. Y ahí, cuántos matices en su voz, qué naturalidad, qué fraseo, qué medias voces sin afectación. Uno cree de repente entender perfectamente el idioma ruso, tal es la capacidad de transmisión de Volkov. Muy hermoso.
Frente a compañeros de reparto con tanto cuajo (y que además tienen personajes y partitura bastante más atractivos), el Onegin de Boris Pinkhasovich puede parecer menos intenso. Sin embargo no se puede negar que hay un fraseo soberbio, una naturalidad vocal y escénica de mucha altura, un buen volumen (aunque no bastante como para sobrepasar en su lamento del tercer acto a la orquesta que por primera y única vez en toda la representación cubre al cantante). Tal vez, para mejor comprensión de las intenciones de Pushkin/Chaikovsky, nos hubiera hecho falta un Onegin más altanero y distante en la expresión escénica y vocal. Pero eso tal vez sea más responsabilidad de Fiennes que de Pinkhasovich.
Fiato, nobleza de timbre, legato natural, sin trabas a la dicción, facilidad de emisión, las de Alexander Tsymbalyuk en su aria del tercer acto como Príncipe Gremin. Muy bonita voz, muy redonda, la de la mezzo Marvan Monreal como Olga, con un personaje vocal y escénicamente muy bien resuelto. Entrañable el pequeño Monsieur Triquet de Peter Bronder. Buenos volúmenes, intervenciones ajustadísimas las de Amin Ahangaran como Zaretski y de Mikhail Silantev como teniente.
Preciosas voces, preciosas composiciones de personaje, gran clase la de las dos veteranas del reparto, Elena Zaremba y Susan Graham, a las que el público acoge con mucho cariño en el momento de los saludos, con ese bonito cuarteto inicial que en definitiva resume toda la ópera: «La costumbre nos es dada por el cielo, reemplazando a la felicidad"
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