Portugal

Memoria de un viaje

Samuel González Casado
Papa Bear
Papa Bear © 1950 by Hans J Wegner
Oporto, sábado, 21 de marzo de 2026.
Casa da Música. Sala Suggia. Grigory Sokolov. Beethoven: Sonata para piano n.º 4 en mi bemol mayor, op. 7; Seis bagatelas, op. 126. Franz Schubert: Sonata para piano en si bemol mayor, D. 960. Ocupación 100 %.
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Oporto es una ciudad que puede colmar un montón de aficiones, y por ejemplo de artes plásticas, arquitectura y diseño está bien surtida. En un viaje en el que el principal objetivo era Sokolov, aproveché por ejemplo para visitar una tienda-nave de muebles daneses de los 50 y 60. Me quedé obnubilado ante el nivel de calidad de lo allí recogido y primorosamente cuidado y expuesto: los más altos estándares de todo lo que yo he visto a lo largo de mi vida en fotos y subastas de internet se habían materializado. Nada de aparadores de estilo mixto, vintage solo resultón, sillas buenas pero imitativas. No: los diseñadores del Walhalla del palisandro y la teca, y sus hijos más logrados, ofrecían un cónclave del que yo hubiera participado horas, o días. Las más absoluta belleza, armonía y refinamiento técnico me rodeaba.

Al hablar con el dueño, arquitecto culto y amable, salió el asunto de uno de los tipos de butacas que más nos gustan: las Papa Bear, de característicos reposabrazos en voladizo. Y la Papa Bear más famosa es la de Hans Wegner, cuyo precio ronda los 20 000 € y tiene un final de producción curioso: antes de que un ejemplar salga a la venta, durante mucho tiempo se somete a un exhaustivo ejército de “probadores” que se sientan y se levantan de la butaca hasta que los materiales se encuentran en un estado en el que pueden ofrecer la comodidad más excelsa. Por supuesto, y según mis noticias, PP Møbler, que hoy fabrica la butaca, tiene lista de espera.

Sokolov es todo eso, y no se trata de una comparación forzada para escribir una reseña: vino a mi mente tras el primer movimiento de la Sonata n.º 4 de Beethoven. En cuanto a habilidad mecánica, no está como hace veinte años, pero cualquiera que haya asistido a algunos de sus recitales en la Sala Suggia de la Casa da Música sabe que no importa: es el mismo en todo gracias a un pequeño ajuste en los programas que aborda, y sus dedos siguen destilando la exquisitez más sagrada. Como ocurre con los muebles daneses, la sobriedad y la personalidad alcanzan un maridaje perfecto, y su diseño siempre reside en la estructura. Sokolov elabora sus interpretaciones con tanto respeto y de forma tan exhaustiva que logra el punto en el que se permite dialogar con la obra como juez y parte. Es un genio inconfundible, pero anónimo en su desempeño del servicio riguroso de hacer hablar a la música, que busca y necesita, sobre todo, transmitir. 

No sé muy bien cómo lo hace: tras dos notas el cerebro reconoce a Sokolov y Sokolov desaparece. Pero de alguna forma no del todo: la Sonata n.º 4 de Beethoven, respecto a la que otros pasan de puntillas, solo puede ser paladeada así por él: no hay tempos excéntricos, no hay sorpresas más allá de lo que ofrece la música. La planificación dinámica es la más trabajada que yo he escuchado jamás en un solista, y por sí sola es capaz de mantener el interés, de contarnos una historia. La combinación tímbrica en todo momento es de una eufonía infrecuente, donde se quita de allí y se pone de allá, sin parecerlo, para que el equilibrio jamás se resienta, para que no haya un acorde excéntrico, un final de frase descuidado, una pedal opaco. Toda la finalidad es que el espectador se sumerja, se hipnotice: de nuevo aparece la necesidad de transmitir de Sokolov. Las Bagatelas op. 126, que desde luego no hacen honor a su nombre, no abandonaron la estela de primor y contraste (las escuela rusa sigue ahí), este último un poco más acusado. Un Beethoven no muy habitual el de la primera parte que nos indica a las claras que Sokolov trata de contribuir con su arte a poner de relieve algo cuya calidad no siempre se sabe traducir. Gracias.

La última sonata de Schubert sí es frecuente; grandísimos pianistas la han abordado (cómo no pensar en Richter en esta ocasión), y lo que se puede decir de la versión de Sokolov es que es excepcional. De nuevo la hipnosis, de nuevo el rubato inconfundible, esos ataques. No hay mejor obra para abandonarse, pero ojo, también al más plácido de los análisis: Sokolov lo deja fácil para disfrutar de la forma que se prefiera. Claro, quizá no sea del todo conveniente o justo ponerse a pensar en lo que hace el pianista respecto a que el Andante sostenuto sea un A-B-A’ y cómo concibe la evolución desde el do sostenido menor al la mayor y viceversa; no era la ocasión ante la sutil marejada, valga el oxímoron, de lo que a uno podría invadirle en este momento de Sokolov en estado puro, más sobrio que nunca: nada de retardos sensibleros en los cruzados, o gradacioncillas que huelan a más; sino estructura y más estructura, y la emoción del concepto, reconocible, personal, fundido con la obra. Esto incluye el risueño despertar del Scherzo y un optimista Allegro final, que no finiquitó nada: siete propinas regaló, creo recordar, cuyos Rachmáninov sirvieron, entre otras cosas, para desmentir lo del ajuste de los programas que se me ha ocurrido poner en el párrafo tercero; pero con ese Schubert es intrascendente rectificar.

Aunque no tenga un Papa Bear de Hans Wegner para recostarme y escuchar en él a Grigory Sokolov, creo que recordarlos cerca en la memoria de mi viaje será suficiente.

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