La grabación por el conjunto Americantiga, capitaneado por Ricardo Bernardes, no es «otra grabación más» del Requiem de Mozart. Es la grabación de la partitura que de dicho Requiem se conserva en la catedral de Évora, un manuscrito no anterior a 1803 que es fiel testimonio no sólo de la gran difusión que pronto tuvo la obra, sino también de los usos y costumbres musico-religiosos de principios del XIX en Portugal y por extensión en toda Europa.
Y si en lineas generales nos encontramos ante una versión próxima a la propuesta por Süssmayr, lo verdaderamente particular de esta versión son los efectivos previstos en la copia de Évora (tan sólo un violonchelo, un contrabajo, dos fagots y un órgano). De la misma forma, las partes corales son asumidas por los cuatro cantantes solistas (siendo tal vez la primera grabación en que coro y partes solistas son cantadas por los mismos intérpretes).
De ahí resulta la gran cualidad de esta grabación: su poder evocador. El auditor se encuentra transportado no a una gran sala de conciertos sino a una capilla, una iglesia en una ciudad de Europa en la primera mitad del siglo XIX, durante los oficios de difuntos por tal o cual notable local cuya rica familia ha tenido a bien pagar un requiem en honor del fallecido. Un sabor de época similar al de las antiguas estampas.
La otra gran cualidad de esta versión es la claridad nacida de la parquedad de efectivos. En efecto, la reducción a sólo cuatro cantantes y cinco instrumentistas permite -y es muy sabroso constatarlo- resaltar las distintas líneas melódicas, las armonías previstas por el compositor, el juego de voces, añadiendo al goce y a la admiración ante la sabiduría mozartiana, todo lo que Mozart le debe a Palestrina, todo lo que los compositores del XIX le deben a Mozart ... Uno casi cree ver al propio Mozart en el momento mismo de concebir su obra y de plasmarla sobre el papel.
Claridad y evocación se encuentran también en la estupenda toma de sonido que permite aunar esa claridad de sonido con la muy ligera reberveración propia a la Igreja das Chagas en Lisboa, donde se ha realizado la grabación. La sensación no es de música grabada sino de instante captado.
Todo lo dicho sobre evocación y claridad quedaría en papel mojado si no hubiera un buen conjunto de intépretes. Ahí está el cuarteto vocal integrado por Marina , Arthur , Frederico Projecto y , con un canto natural y muy en estilo. Ahi están Pedro Massarrão (notable complejidad la de la particela de violoncello), Nathaniel Harrison, Mélodie Michel, Duncan Fox y Sergio Silva. Todos dirigidos con brío y con intensidad por el alma mater de este proyecto, director del conjunto Americantiga,
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