España - Cataluña

Recital de Flórez y Scalera

Jorge Binaghi
Juan Diego Flórez
Juan Diego Flórez © FIS
Barcelona, jueves, 19 de marzo de 2026.
Gran Teatre del Liceu. Extractos de Mozart, Rossini, Boieldieu, Chapí Vives, Serrano, Lecuona, Massenet, Gounod, Liszt y Verdi. Juan Diego Flórez (tenor). Vincenzo Scalera (piano). Bises: Donizetti, di Capua, Granda y Méndez
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Si comparo este programa con el que ofrecieron los mismos artistas años atrás aquí mismo se ven algunas similitudes en elecciones (pocas) y un menor número de piezas y bises.

El excelente Scalera aquí tuvo oportunidad de mostrarse en tres momentos solos: en la primera parte en una ‘bagatela’ de Los pecados de vejez de Rossini antes de una pieza vocal de la misma colección; en la segunda parte un acertadísimo Lecuona (Mazurka glissando) al finalizar la parte de zarzuela, y después de la única aria de Gounod y la última del programa (la única de Verdi) , la Consolation nº 3 de Liszt, muy bien resuelta como las otras pero que no encajaba con los números antecedente y siguiente.

Si el número de piezas y autores fue menor, yo fui a contrapelo del entusiasmo del público. Lo que más me gustó, pese a que al principio la voz siempre está un poco fría, fueron los tres Mozart iniciales: una soberbia y difícil aria de concierto (K.431) ‘Aura che intorno’ magníficamente realizada con un fraseo y una madurez vocal notables. La proyección sigue siendo uno de los puntos fuertes de Flórez aunque el timbre está algo más opaco y el volumen mermado.

Siguieron las dos arias de La clemenza di Tito, ‘Del più sublime soglio’, que le va como un guante, y la tremenda ‘ Se all’impero’ (que el público demostró no conocer interrumpiendo con aplausos al final de la primera estrofa. Pero si el mismo público aplaude en la misma circunstancia en el medio de ‘Madamina’ que es mucho más popular no nos vamos a poner exquisitos). Y aquí se demostró uno de los límites del cantante cuando abandona su terreno de elección. Cantó de manera formidable pero le faltó la energía y la dimensión necesaria. Las agilidades y el fiato fueron notables pero los trinos fueron apenas marcados (y no hacen falta comparaciones siempre odiosas para advertirlo: por supuesto, no me estoy refiriendo a Pavarotti).

Los dos Rossini siguientes fueron asimismo muy buenos y aunque su ‘Le Sylvain’ resultó un modelo no pudo -aquí sí hay que decirlo- resistir el recuerdo de su misma versión en aquel programa que recordaba yo al principio. En cambio, su versión de ‘Quell’alme pupille’de La pietra del paragone, que creo haberle oído por primera vez, fue simplemente irresistible.

Antes de la pausa cantó otro número de entonces, la maravillosa ‘Viens, gentille dame’ de La dame blanche de Boildieu, que sacó adelante con técnica y oficio, pero en absoluto con aquella facilidad y línea de canto (hubo un par de momentos que fueron susurrados).

En la segunda parte empezó con la zarzuela, y de los tres números, el que mejor se avino a sus facultades e interpretación fue el primero, ‘Flores purísimas’, el momento más raro del sector ‘español’, de El milagro de la virgen de Chapí. Luego vino una buena pero no arrebatadora versión de la conocida ‘Por el humo se sabe dónde está el fuego’ de Doña Francisquita de Vives, a la que le faltó, precisamente, fuego. Y por supuesto tuvo que ofrecer su versión de la archifamosa ‘Te quiero morena’ de El trust de los tenorios de Serrano, donde otra vez ocurrió lo mismo.

Incursionó luego en el repertorio lírico francés con el aria de Ossian de Werther, donde todo lo hizo bien sin llegar a convencer (pero seguramente lo echaremos de menos pronto en el Liceu en la nueva reposición de la ópera de Massenet). Mejor, sin llegar al sobresaliente, la cavatina de Faust de Gounod, donde todo estuvo en su sitio (en particular el famoso agudo) sin emocionar (aclaro que esto es mi punto de vista; se sabe que gran parte del público con un par de agudos ya está más que satisfecho).

Concluyó el programa con ‘La mia letizia infondere’ de I lombardi de Verdi incluida la cabaletta (cuyo principio casi no pudo oírse por el ensordecedor aplauso), que sirvió para demostrar por qué Verdi es un autor que se le resiste, aunque a nadie pareció importarle.

Y naturalmente Scalera lo cuidó en todo momento; habría que escuchar los mismos fragmentos con una orquesta aunque no fuera dirigida por uno de esos adictos a la batuta que hacen todo del forte para arriba.

También los bises fueron menos que otras veces. Comenzó con la segunda parte del aria de Tonio de La fille du régiment en el primer acto, naturalmente la de los nueve dos. La hizo estupendamente, pero menos que hace un año escaso en la Scala en la versión completa.

Luego salió con la guitarra y nos ofreció una muy estimable -si no demasiado idiomática- versión de I’ te vurria vasà de di Capua para pasar a un medley de Chabuca Granda que sumaba La flor de la canela y Fina estampa, y concluyó, obviamente, con Cucurrucucú paloma de Méndez que siempre hace extraordinariamente. En Madrid al parecer también cantó Amapola, pero aquí no.

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