Doble programa en el Teatro de los Campos Elíseos.
En la primera parte, uno de los más hermosos monólogos del repertorio, La voz humana, la pequeña ópera con música de Francis Poulenc, muy cercana al texto de Jean Cocteau. Una mujer se despide por téléfono de su amante que va a casarse con otra. Todo el intérés del texto de Cocteau está en ese teléfono, ese artilugio de la modernidad que es a la vez obstáculo e instrumento, que une a los ex-amantes y les separa.
Olivier Py, sin duda con intención de modernizar una obra concebida en los años treinta del pasado siglo, opta por sustituir el teléfono por un ordenador. Sólo que, con un ordenador la obra de Cocteau pierde sentido. Con un ordenador los ex-amantes se ven, con un ordenador el espectador debería escuchar las respuestas del amante, con un ordenador no tiene sentido decir que «tengo el hilo del teléfono alrededor de mi cuello, tengo tu voz alrededor de mi cuello», con un ordenador no tiene sentido hablar con la telefonista...
Todo eso crea una serie de vacíos sin sentido que la cantante adorna con gestitos más bien ridículos. Porque la dirección de actores es tan mala como el resto. En vez de estar ante una mujer profundamente herida, estamos desde el principio ante una especie de loca que salta y que baila y que amenaza al ordenador con una pistola...
Pocas posibilidades de progresión dramática. Así que el director de escena adorna la cosa con una escena giratoria (lo que un amigo ha tildado con sorna de «lavadora»), con intervenciones del supuesto ex-amante, que se pasea, que entra en la habitación (¿?)...
En fin, que todo el placer, toda la intensidad musico-teatral (porque pocas obras hay en que la música esté tan íntimamente ligada al texto) desaparece completamente. Lástima, porque vocalmente la obra podría haber correspondido a Petibon. Pero con estos mimbres, su actuación resulta altamente irritante.
Para rematar la faena, está la Orquesta Nacional de Francia en el foso. La ONF es una muy valiosa orquesta, pero tratándose de obra líricas parece tener una irreprimible tendencia al forte. Es incapaz de apianar. La directora en esta ocasión, la joven Ariane Matiakh, no lo intenta siquiera, al revés, suelta satisfecha sus caballos, concentrada entre la partitura y los instrumentistas. Da de cuando en cuando las entradas a la cantante, pero de ahí a respirar con la solista o simplemente cuidarla hay todo un trecho.
En fin, representación totalmente para olvidar.
Después del entreacto, un estreno, Point d'orgue, que puede traducirse a la vez como «Calderón», (ese momento en que el intérprete musical puede alargar cuanto quiera la nota) o como «Punto álgido». Ay, el texto es del propio Olivier Py, un texto a la vez pedante y falsamente provocador. En cuanto a la música de Thierry Escaich, si hubiera sido escrita en 1950 pensaría que es genial; escrita en 2026 suena banalmente académica.
La puesta en escena corresponde bien al texto: no va a ninguna parte y está llena de exageraciones gratuitas. Después de aguantar media hora, viendo completamente desaprovechado el talento de los cantantes, Cyrille Dubois y Jean-Sébastien Bou que se desgañitan ante una orquesta y una directora tan indiferentes e invasoras como en la obra anterior, decido irme y aprovechar la última hora que queda de espectáculo para prepararme la cena tranquilamente en casa. Soy demasiado mayor para seguir tragándome pifias de este calibre.
Constato al salir del teatro que no soy el único que se va. Varios grupos me preceden y me siguen en la huida.
Al final de La Voix Humaine, había habido aplausos corteses. Imagino que los que aguantaron la segunda obra hasta el final también habrán aplaudido. Ni lo sé ni me interesa.
Desde 1996, informamos con independencia sobre música clásica en español.
Para disfrutar plenamente de nuestros contenidos y servicios, regístrate ahora. Solo lleva un minuto y mejora tu experiencia como lector.
🙌 Registrarse ahora
Comentarios