La
Kölner Philharmonie no es el lugar más apropiado para la interpretación de la Johannes-Passion
de Johann Sebastian Bach. Esta obra tiene su sentido como un servicio religioso
oficiado en una iglesia al inicio del Triduo pascual (hoy en día, la lectura
del Evangelio de la Passio se realiza el Domingo de Ramos).
Sin
embargo, las hirientes notas iniciales de los oboes pusieron en situación a
quien esto escribe y, por el clima que se creó, al enorme auditorio (2.000
localidades). El responsable principal de ese clima de recogimiento y, por lo
que a mí respecta, de devoción propia de Viernes Santo, fue Andrea Marcon, que
dirigió con la unción que demanda esta magna obra. Después de los últimos
versos del coral de cierre (Herr Jesu Christ, erhöre mich, ich Will dich preisen
ewiglich!), se produjo un tenso silencio, roto solo por unos…
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