La Semana de Música Religiosa de Cuenca, ya en su 63 edición, ha resuelto con bastante eficacia el problema de su programación. Un asunto siempre complicado, toda vez que es un festival nacido en 1963, en unas determinadas circunstancias (una dictadura en lo político, el catolicismo como única religión permitida y casi obligatoria -la apertura de 1967, Ley de Libertad Religiosa, fue más teórica que práctica- y una visión del mundo ahora casi totalmente periclitada), que ahora se debe enfrentar al problema básico -lo comentaba escribiendo sobre el Festival Lux in Tenebris que se celebra en Uclés, no muy lejos de Cuenca- de qué es la música religiosa y cómo debe enfocarse, equilibrando adecuadamente en su programación lo propiamente religioso, lo espiritual -signifique eso lo que signifique-, lo que podríamos definir como música 'sensible' y por supuesto las nuevas religiosidades, o la falta de creencias religiosas, que es actualmente la opción mayoritaria en la población española.
Quien tenga curiosidad puede consultar la página web de la SMR Cuenca, denominación que -con esas siglas tan neutras- se usa casi más que el nombre completo de 'Semana de Música Religiosa', y ver qué planteamientos tan variados se engloban en la etiqueta de 'música religiosa'. Comentamos ya en Mundoclasico.com el oratorio Santa Elena en el Calvario de Marianne von Martínez, que se celebró el Viernes Santo, y el concierto matinal ese mismo día de la arpista Sara Águeda, en torno al rey David, figura bíblica, aunque con un repertorio que prácticamente no incluía música religiosa.
Pero todo cabe bajo la etiqueta general del festival: PAX. Y Regina Pax [Reina de la Paz, una de las letanías de la Vírgen María] es el título que se le dio a este concierto dedicado a las Vespro della Beata Vergine, escritas por Claudio Monteverdi en 1610, para una ocasión litúrgica bien distinta.
La obra es una auténtica preciosidad y la interpretación de I Gemelli, compuesto por un coro de 12 personas y un grupo instrumental de 14 (aunque el programa -tanto el general como el concreto del concierto- mencionan a 17 intérpretes, incluyendo por error a tres de los participantes en el concierto nocturno de la víspera, centrado en la música contemporánea y actual, lo que me desconcertó un poco al principio) funcionó perfectamente. No es un elenco amplio, pero resulta suficiente para esta música de principios del siglo XVII, sobre todo tratándose de unos intérpretes y directores (Mathilde Étienne y Emiliano González Toro, aunque en escena sólo estaba González Toro) que plantean una interpretación aparentemente muy libre y fresca ... cosa que en realidad suele implicar un gran control, casi rigidez, en los primeros ensayos.
Y eso es lo que más destacaría de estas Vísperas, la frescura con que se planteó la obra. Empezando por la posición del director, que se situó delante del coro, pero con ellos, por lo que estaba detrás de la orquesta y el bajo continuo. Como en el centro y delante estaba Yoko Nakamura al clave, pensé que ella sería co-directora, pero tampoco. La dirección funcionaba pero no del modo convencional, no se buscaba el control, sino la colaboración entre los músicos. Además como González Toro se ocupaba de dirigir pero también cantaba como tenor, tampoco podía dar todas las indicaciones necesarias. En general me pareció un director apasionado, incluso un poco agresivo, mientras como cantante era más dulce.
En general no se escucharon grandes voces solistas, sino que se primó la musicalidad y el conjunto, por lo que parece más apropiado considerarlos coristas. De hecho, su coreografía en el escenario era muy sencilla: cuando uno debía hacer un solo se adelantaba al atril central de González Toro o se colocaba delante (pero detrás siempre de los instrumentistas), y a veces la combinación de las diferentes voces se cambiaba, según las necesidades de cada sección de la obra e incluso para crear cierta teatralidad en los diálogos o contrastes sonoros. La emisión vocal tampoco era rígida: algunos cantantes optaban por emisiones más naturales, mientras otros eran más 'barrocos', reforzando así la teatralidad que abunda ya en la escritura de Monteverdi, quien usa bastantes recursos oratorios y madrigalismos (disonancias en 'quebrantaré' o en 'ira', dulzura y consonancia en 'beberá del torrente', por ejemplo), que por supuesto I Gemelli aprovechan hasta el punto de que el Salmo 147, el décimo de los números de las Vísperas, casi pareció más operístico que religioso.
Esperaba mucho de este concierto y las expectativas se cumplieron. Y no es sólo mi juicio, a juzgar por los abundantes aplausos del público al terminar y los elogiosos comentarios que se escuchaban a la salida del concierto.
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