España - Cataluña

La importancia del repertorio ‘eslavo’

Jorge Binaghi
Piotr Beczala
Piotr Beczala © Kursaal
Barcelona, lunes, 13 de abril de 2026.
Palau de la Música. Recital de Piotr Beczala, tenor, acompañado por Sarah Tysman (piano). Canciones y arias de Karlowicz, Moniuszko, Dvorak, Chaicovski y Rachmaninov. Bises de Sorozábal, Lara y De Curtis
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Nunca estaremos lo bastante agradecidos a quienes nos traen una parte -aunque sea mínima- de música que parece más lejana que la de algunos países de Europa que parecen detentar la casi exclusividad en el terreno de lo clásico (y no sólo, ni tampoco sólo en el aspecto musical de una cultura). Si son cantantes ‘eslavos’ (en general rusos o de países que antes formaban parte del fallido proyecto de la URSS) es más normal que lo hagan (pienso en los Nesterenko, Arkhipova, y más próximos Borodina, Hvorovstosky, algo menos Netrebko) los que nos traen autores de su mundo, y en particular el de cámara, pero hoy en día en primera línea sólo juega Beczala, no sólo por su nacionalidad de origen, polaca, sino por su afinidad con todo ese inmenso tesoro del que antes que él sólo se me ocurre el nombre de Nicolai Gedda, un tenor con el que Beczala guarda más de una afinidad.

Y qué lástima no saber más que algunas palabras de ruso, y ni siquiera eso de polaco o checo, ya que por supuesto el texto es de gran importancia. Alguna persona presente en la sala, del mismo origen que el cantante, afirmó que había podido seguir las letras (conociera o no las canciones) sin ningún problema de comprensión (cosa muy creíble si pensamos en las lenguas conocidas en que hemos oído al artista).

Por eso mismo era azaroso (el público suele preferir lo conocido, y en el caso de un tenor que tiene una larga presencia -por suerte- en Barcelona y es famoso -para muchos- por sus agudos aunque su canto tiene mucho más que eso) presentar este programa, aunque hubiera en él tres números operísticos (de los que la mayoría conocía el de Onegin de Chaicovski, y varios, pero no muchos, el de Rusalka de Dvorak, que ya había cantado en el Liceu en forma escénica hace un año escaso).

Empezó con siete muestras de Karlowicz, al que siempre se ha mostrado afín y ha procurado incluir en sus programas más ‘internacionales’, logrando, de hecho, que sea un nombre conocido y respetado (logro no menor de un artista). Probablemente muchos lo recuerden hoy sólo por el último de los números, ese opus1, número 5, ‘Recuerdo días silenciosos, claros, dorados’, que tantos conocimos por primera vez en su primer recital en Peralada, ‘ese del pianísimo final’ estremecedor y que en esta ocasión fue un milagro de técnica y de una belleza de sonido mayor que incluso en aquella ocasión.

Las otras piezas del polaco son siempre del estilo melancólico del paisaje, en relación o no con el amor, por lo que recurre mucho más al registro central y a la media voz que al agudo pleno sin el que muchos parecen no poder vivir, de modo que la recepción fue cálida, pero no estrepitosa (y bien está).

La única obra de Moniuszko fue el gran recitativo y aria -la llamada ‘de carrillón’- de Stefan de su ópera La casa embrujada, que cantó aquí en oportunidad lejana, y esta vez resultó mejor comprendida y aceptada (claro, los agudos fueron límpidos y estalló la ovación), pero como yo he logrado una vez ver esta ópera y dos Halka (gracias a la presencia de Beczala) sé que si no se las canta y dice bien pueden pasar un tanto desapercibidas, y en cambio esta vez quedó bien claro que el autor merece atención y no por un momento solo (si algún director artístico tuviera conocimiento y valor para proponer al menos alguna versión de concierto …).

El tercer autor abordado fue Dvorak en su doble aspecto de compositor de cámara y ópera. Junto a cuatro números de las Canciones gitanas (que incluyó en primer lugar el conocido ‘Canciones que me contó mi madre’, de los que -todos en excelentes versiones- destacaría el número 5, ‘Afinemos de nuevo las cuerdas’) concluyó la primera parte con el aria del príncipe de Rusalka, que el tenor había cantado completa hace menos de un año en el Liceu. Esta ‘visión maravillosa’ resultó curiosamente más estática todavía que entonces y la aclamación con la que se la acogió fue más que merecida.

Digamos a estas alturas que su compañera habitual en estas giras, la pianista Sarah Tysman, demostró gran competencia y sólo en algunos números de Dvorak tendió a veces a tocar con demasiada fuerza y en esos momentos el sonido no era nítido. Beczala siempre indicó el momento en que correspondía atender la intervención de la acompañante, retirándose a un lado del escenario en actitud de escucha.

La segunda parte del concierto vio predominar a Chaicovski, un autor que también es afín al tenor. Ofreció siete números con partitura (de los cuales los más conocidos fueron ‘Sólo quien conoce la añoranza’, el primero, y el tercero ’En el baile’, pero los otros cinco fueron uno mejor que el otro, no sólo en los recursos canoros sino en la expresividad. Tendría que citar al menos dos más, ‘¿Por qué?’ y ‘¿Es de día?’ como demostración del gran arte de Beczala.

Todavía quedaba el aria -sin partitura- de Lenski del segundo acto del Onegin, que como el protagonista de Rusalka, ha abordado muchas veces (lo recuerdo hace muchos años en el Châtelet de París apuntando lo que ahora es). La voz ha adquirido más cuerpo, se ha hecho más oscura en el centro, pero técnica y estilo son magistrales y la capacidad de ‘esfumar’ (no hubo un ‘Olga’ igual al otro) que siempre ha tenido hoy resulta mágica.

Tras la ovación correspondiente llegó el último autor del programa, Rachmaninov, con cuatro obras, las dos primeras más breves y menos frecuentes (‘Sueño’ y ‘Lilas’), las dos últimas mucho más conocidas. Y si cerró con un pletórico ‘Aguas de primavera’, la más famosa en absoluta, con algún olvido en el texto y unos agudos resplandecientes, hay que destacar el penúltimo. ‘No cantes, mi bella’, una melodía sensual, envolvente, algo exótica, que realmente cantó ‘como los dioses’, con un uso de la media voz que en toda la velada fue excepcional, pero que aquí fue (no sé cómo) a más y que -oh sorpresa- logró que los ruidos de programa, caramelos, toses y estornudos que habían aportado su cuota de ‘encanto del vivo’ dieran paso a un silencio de esos que señalan mejor que cualquier aplauso o crítica positiva que se estaba frente a una versión definitiva o única.

Para responder a los aplausos señaló que esperaba que ahora entendieran la lengua y atacó primero la gran escena del tenor de La tabernera del puerto (‘No puede ser’) en un muy buen castellano y con agudos seguros y brillantes que provocaron un furor que creció con los de ‘Granada’ de Lara.

Para no terminar ‘in crescendo’ y volver un poco más a la zona íntima, que este programa exploraba tan bien, pasamos al italiano de la conocida -y frecuentada por el tenor- ‘Non ti scordar di me’ precedida por el ‘recitativo’ (no se me ocurre cómo llamar a ‘Tornarono le rondini’) que clausuró de modo magnífico este gran recital.

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