Reino Unido

Riqueza musical

Maruxa Baliñas
Juliusz Zarebski
Juliusz Zarebski © 2026 by Wikipedia / CC
Londres, domingo, 12 de abril de 2026.
Wigmore Hall. Itamar Zorman, violín. Adam Golka, piano. Maurice Ravel, Sonata para violín nº 2 en sol mayor. Fryderyk Chopin, Balada nº 1 en sol menor op 23 (arreglo de Eugène Ysaÿe para violín y piano). Juliusz Zarębski, Balada en sol menor op 18. César Franck, Sonata para violín en la mayor. Ciclo 'Sunday Morning Concerts'
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Concierto típico del Wigmore Hall: artistas no siempre muy conocidos (la música de cámara es un género muy poco mediático), programa con alguna sorpresa pero también mucho repertorio, calidad garantizada y dos cosas especialmente apreciables, la acústica maravillosa y sobre todo el comportamiento del público. 

Aunque en esta ocasión el público no me resultara tan impresionante como en mi anterior visita, cuando me tocó un concierto vocal de música antigua, porque en último término este es un recital de domingo por la mañana a la hora del aperitivo y se plantea de un modo más relajado. Es más, el ciclo de 'Sunday Morning Concerts' incluye un café o un vaso de jerez (¡muy rico!) a la salida del concierto. 

Itamar Zorman (Tel Aviv, 1985) es un violinista formado en Israel, Julliard, Manhattan School of Music y finalmente con Tetzlaff en la Kronberg Academy. En 2011 ganó el segundo premio (primero desierto) en el concurso Chaicovski y comenzó una carrera brillante que mantiene, como solista y como músico de cámara, además de ser profesor en la Indiana University Jacobs School of Music. Entre otros músicos, ha tocado con Mitsuko Uchida, quien estuvo presente en la sala, porque además fue profesora del pianista Golka. 

Adam Golka (Houston, EEUU, 1987) fue alumno de Leon Fleisher en el Peabody Conservatory y, tras terminar sus estudios oficiales, continuó trabajando con Alfred Brendel, Richard Goode, Murray Perahia, Mitsuko Uchida, y András Schiff. Además el ser hijo de músicos profesionales y hermano pequeño del director de orquesta Tomasz Golka le puso en contacto desde muy pequeño con el mundo de la música. Al igual que Zorman, desarrolla simultáneamente una carrera como solista, en recital y como músico de cámara, además de ser profesor en la Longy School of Music del Bard College de Cambridge (EEUU). 

Zorman y Golka comenzaron el concierto con una obra de repertorio que ya marcó carácter. La Sonata para violín nº 2 (1923-27) de Ravel es una obra preciosa, pero también exigente, no tanto en los requerimientos técnicos -la violinista a la que está dedicada, Hélène Jourdan-Morhange (1888-1961), tenía problemas de artritis en las manos y de hecho ya no estrenó la obra- sino desde el punto de vista estético. Ravel y Hélène Jourdan-Morhange compartían el interés por el jazz y Ravel tenía muy claro que era una vía de futuro importante para la música, aunque no fuera una opinión muy aceptada, especialmente en EEUU donde Ravel tocó esta Sonata durante su gira de 1928. 

La versión de Zorman y Golka fue variadísima. El Allegretto inicial cuidó especialmente la calidad de sonido, la articulación y la pulcritud de la interpretación: sin llegar a ser impersonales Zorman y Golka no quisieron 'destacarse'. El segundo movimiento, el Blues, es el que me resultó más interesante, porque además de la evidente influencia del blues americano consiguieron darle un toque a lo gitano o zíngaro muy atractivo. Del tercer movimiento destacaría los momentos más fuertes, donde casi llegaban a atronar la sala, algo posible sólo con una acústica como la del Wigmore. 

La segunda pieza del concierto habría que situarla simultáneamente en el apartado de 'repertorio' y de 'sorpresa'. La Ballade nº 1 op 23 (ca. 1835) es una pieza muy conocida de Chopin, pero este arreglo que hizo en 1916 Eugène Ysaÿe (1858-1931) es una rareza. Y así lo consideraron Zorman y Golka, que sonaron muy distintos a la limpieza y claridad de Ravel, exagerando lo que de Belle Époque tiene este arreglo. Conscientemente faltó la delicadeza de Chopin y sobró virtuosismo vacío, el sonido fue más descuidado, el fraseo bordeaba peligrosamente la afectación, el piano era un simple acompañamiento del violín, el final 'a la Ysaÿe' resultó aún más exagerado que lo anterior buscando el aplauso. O sea, ¡una delicia de otros tiempos!  

Antes de la exigente Sonata para violín de César Franck que cerraba el concierto, Golka interpretó a solo la Balada en sol menor op 18 de Juliusz Zarębski (1854-1885), un compositor polaco (actualmente Ucrania), de carrera muy breve, alumno y amigo de Liszt, que no me impresionó demasiado. La Balada es ciertamente una obra preciosa, pero hay muchos buenos compositores en estos años y Zarębski no me pareció mucho mejor que la media, aunque también es muy probable que si no hubiera fallecido tan pronto hubiera llegado a ser un compositor importante: en todo caso, la Balada op 18 (1884) es una de sus últimas obras, cuando la tuberculosis que padecía ya le había obligado a abandonar su carrera de virtuoso e incluso de docente. La interpretación de Golka fue -hasta donde puedo juzgar, ya que no conocía la obra- más segura y eficaz que propiamente brillante y además es muy de apreciar su interés en recuperar a este compositor.  

La Sonata para violín de César Franck que cerró el concierto -y la única obra que no estaba en la tonalidad de sol- tuvo una interpretación muy cuidada y modélica.* Como en el caso de Ravel, Zorman y Golka no buscaron la originalidad a toda costa, sino ofrecer una versión históricamente informada y con mucha inteligencia musical detrás ... y lo consiguieron. Tras un primer movimiento algo lento y de sonido muy cuidado -no tenían prisa- llenaron de sombras y tensión el Allegro, mostrando un Franck más apasionado de lo habitual, sin nada de las exageraciones de la música de salón de la Belle Époque excepto en el evidente deseo de crear un 'paraíso artificial' que transportara a un público harto de revoluciones y guerras a un mundo mejor, casi ideal. Aprecié además que Zorman y Golka, que no tocan juntos cotidianamente, mantuvieran cierta independencia -equilibrados pero distintos- que fue muy evidente en el Recitativo - Fantasia, nuevamente tranquilo pero expresivo, y en el Allegretto final, más soñador que poderoso. 

Un concentrado de música en apenas 80 minutos que valió más que muchos grandes conciertos.  

Notas

Zorman y Golka utilizaron la excelente edición de Ernst Herttrich (Viena: Wiener Urtext Edition, 1998) de la Sonata para violín y piano de Cesar Frank

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