Una fea escenografía de dólmenes y crómlech de cartón piedra,
con enormes piedras desplazables para acotar espacios a conveniencia, junto a
una iluminación pobre y muy básica, y un vestuario de ministrantes, fue el
escenario donde se desarrolló la representación de una Norma que no
permanecerá precisamente en nuestra memoria como ejemplo de buen teatro
musical.
En cuanto a las interpretaciones, éstas quedaron reducidas a
gestos mínimos y movimientos escasos e inexpresivos, con los actores
abandonados a su suerte, tan petrificados como el escenario, algo que se evidenció
más en las escenas de multitudes, donde coros y figurantes se parecieron más al
ejército de terracota de Xi’an que a las masas druídicas pidiendo guerra. Tal
rigidez escénica despojó al drama belliniano de toda tensión, a lo que sin duda
contribuyeron las prestaciones…
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