Una fea escenografía de dólmenes y crómlech de cartón piedra, con enormes piedras desplazables para acotar espacios a conveniencia, junto a una iluminación pobre y muy básica, y un vestuario de ministrantes, fue el escenario donde se desarrolló la representación de una Norma que no permanecerá precisamente en nuestra memoria como ejemplo de buen teatro musical.
En cuanto a las interpretaciones, éstas quedaron reducidas a gestos mínimos y movimientos escasos e inexpresivos, con los actores abandonados a su suerte, tan petrificados como el escenario, algo que se evidenció más en las escenas de multitudes, donde coros y figurantes se parecieron más al ejército de terracota de Xi’an que a las masas druídicas pidiendo guerra. Tal rigidez escénica despojó al drama belliniano de toda tensión, a lo que sin duda contribuyeron las prestaciones canoras y musicales de solistas y orquesta.
En el reparto, Yolanda Auyanet decepcionó en el exigente y formidable papel principal. Su Casta Diva careció de seguridad, con cambios erráticos de registro y aulladas notas agudas. El terceto final del Acto I le resultó difícil, y tanto en la evocación del posible infanticidio como en sus dúos con Adalgisa o durante su invocación a Irminsul, no consiguió alcanzar esa patética expresividad que se espera de una intérprete de Norma.
Algo mejor le fue a la Adalgisa de Ekaterina Buachidze desplegando un timbre rico y mejor dominio de la línea vocal, aunque poco audible en el registro bajo. Actoralmente, al igual que el resto de protagonistas, estuvo abandonada de la mano de su directora de escena. Junto a ellas, Laura de la Fuente como Clotilde, cumplió su papel de confidente retraída y desorientada.
El reparto masculino dejó también una impresión desigual. El Pollione de Andeka Gorrotxategi, sumido en la monotonía de un personaje insípido, no convenció en esta ópera de puro belcanto. Su prestación vocal careció del estilo y el legato soberano del personaje, con problemas en el cambio de registro que escénicamente se agudizaron al cantar con los brazos caídos, piernas semiabiertas y de frente al público.
Oroveso es un papel de bajo difícil y frustrante, ya que a menudo se ve ahogado o duplicado por el coro. David Cervera ni destacó por una voz autoritaria ni por su dominio de un fraseo que debe inspirar respeto; al contrario, dejó oír una voz trémula y dubitativa. Condenado por la puesta en escena a vagar entre el cartón piedra y los coristas-menhires nunca logró alcanzar la dimensión trágica que pretendió Bellini. Igualmente, el Flavio de Víctor Jiménez Moral pasó sin pena ni gloria.
Petrificado por una presencia escénica estéril y estática, el coro (híbrido del Coro del Teatro Nacional de Moldavia y del Coro Lírico de Cantabria) estuvo impreciso, desajustado y desequilibrado.
Finalmente, la dirección de Óliver Díaz fue lo único salvable, dedicado por entero a contener los tempi y el fragor de una orquesta (asimismo híbrida de la Orquesta moldava y la Sinfónica del Cantábrico) que se le iba de las manos, intentando en todo momento redimir lo que pasaba en escena.
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