Fue un hermoso Lohengrin. Cierto, hubo momentos que no resultaron positivos pero resultó tan solidad y eficaz la base de esta producción que los defectos pasaron ser muy secundarios. Cuando me refiero a la base del espectáculo, pienso, sobre todo en la orquesta de La Fenice, que se mostró como un instrumento de altísimo nivel y lo mismo puede decirse de las masas corales. La gestión de lo musical por parte de Markus Stenz y de lo escénico de Damiano Michieletto amalgamaron el equipo de manera muy convincente y eficaz.
Ante esta premisa general voy un poco más en detalle.
La producción escénica se mostró desprovista de todo lo anecdótico. Recordando aquello de un “Sigfrido sin dragón” este fue un “Lohengrin sin cisne”. Fue todo esencial. Lo visual fue austero en los practicables en escena y el todo sucedió de manera coherente en lo gestual. Algunos gestos, como los movimientos de Ortrud detrás de un material metálico resultaron, en su simplicidad, muy evocadores. En un veloz guiño, vimos sobre el fondo un sombra del calvo Friedrich que evocaba el inconfundible perfil de Benito Mussolini.
Los objetos que poblaban el lugar, una bañera, una silla, huevos metálicos, tiendas plásticas, nunca fueron banales en las manos de Michieletto, sino que contribuyeron con lo sublime, con lo extraordinario. Creo que esto se debe a que el responsable escénico ha manejado el todo desde una profunda percepción musical. No era necesario encontrar simbolismos, al menos no lo fue para mí, para justificar aquellas presencias materiales. Todo se movía “musicalmente”. Caso emblemático de esto resultó algo que suena bizarro en el relato: cuando se escucha la famosa marcha nupcial cantada en off, lo que muestra es un tambaleante Friedrich apoyándose con dificultad en las paredes y eso funciona de manera excelente porque encaja a la perfección con el tempo musical.
Aquellas paredes, por otro lado, que englobaron siempre al espectáculo, consistían en un fondo curvo de madera y abrazaban sobre todo al coro que en lo sonoro se vio altamente favorecido por esta campana acústica que potenciaba la homogeneidad y el sonido. Un director escénico que se pone al servicio de cuanto se escucha, es algo para subrayar con rojo. Por otro lado, la siempre peligrosa escenificación de las partes orquestales había sido sorteada magníficamente en la obertura inicial con la, otra vez, musical gestión de los movimientos de Elsa y los reflejos sugestivos del agua de la bañera sobre el fondo de la escena. El último acto mostró una verdadera danza de tres círculos concéntricos luminosos que crearon perspectivas diversas.
Fue estupendo el gobierno actoral de los solistas y del coro. Michieletto contó para ello con un elenco que además de poseer notables potencialidades dramáticas -sobre todo Brian Jagde y Claudio Otelli- fueron elegidos en función de un physique du rôl perfecto de los personajes.
El Lohengrin de Jagde fue muy eficaz. Se trata de un tenor que posee un timbre hermoso. Su interpretación fue fogosa y creo que eso fue determinado por su dificultad en la emisión de intensidades más tenues. Al principio de su participación, una peligrosa incursión en un mezzopiano provocó una rotura de la voz y seguramente eso ha determinado una interpretación más cercana a la vocalidad abierta.
La Elsa de Dorothea Herbert fue muy digna. Se trata de una artista con voz mórbida, fluyente.
El Heinrich de Andrea Silvestrelli representó el punto más crítico de esta producción. Se trata de un cantante con gran volumen, convincente en lo dramático. Su trabajo, al menos en la representación que comento, fue muy deficitaria, con grandes dificultades en el registro medio alto. El público de la galería no dejó de subrayar estos límites.
El Friedrich de Otelli fue excelente, exhibió una vocalidad llena al servicio de una interpretación dramáticamente perfecta. Chiara Mogini fue una Ortrud magnifica, con una voz pastosa, de bello color y de intenso volumen aunque a veces estridente. Inmejorable trabajo teatral. Todas las otras participaciones vocales fueron de nivel muy alto.
La Fenice tiene las dimensiones ideales para acoger un espectáculo como este. La orquesta ya desde el comienzo, con un pianissimo de gran sutileza de los arcos, mostró el alto grado de excelencia de este grupo. Esta labor de las cuerdas encontró una correspondencia en la participación inmejorable de los metales que alojaron en diferentes palcos del teatro, una dislocación que en ningún momento encontró momentos de incomprensión con la batuta de Stenz. La concertación experta y la dirección sensible de Markus Stenz ofreció muchos momentos vibrantes y tambien de refinado lirismo.
Como nota al pie de página quiero dar cuenta de una experiencia que fue una de las más intensas que he vivido en un teatro de ópera. Debo decir que en los últimos meses había dejado de sentir La Fenice como “mi teatro”. No soy el único: muchas personas cancelaron sus abonos en estos meses. El motivo es bastante conocido, aún fuera de Italia: el gobierno nacional había nombrado, sin consultar en absoluto a la orquesta, a Beatrice Venezi, nada menos que como directora artística estable de La Fenice.
En situaciones de altísima tensión en Venecia, desde hace muchos meses la orquesta y el coro, con gran solidaridad de los venecianos, protestaban contra aquel nombramiento. Pues bien, supe que tambien durante otras representaciones de este Lohengrin habían continuado aquellas manifestaciones en las que se pedía tambien la renuncia del Director General del teatro.
Anoche, antes de comenzar el tercer acto, al volver la orquesta a su lugar en el foso, una ovación del público en pie saludó a los músicos. Estos se alzaron mostrando sus instrumentos como una bandera y durante minutos tuvo lugar un verdadero abrazo a la orquesta de los presentes, de todos los presentes (véase foto). Venecia es gobernada por el centro derecha y es estadísticamente claro que entre los que sostenían las razones de la orquesta había personas que habían votado al intendente en cargo, pero ante la defensa de la música no había grietas.
Aquella comunión de la ciudad con su teatro me llevó en la memoria a un recuerdo triste: cuando en 1996 ocurrió el incendio del teatro, una querida amiga, Maria Elena Petrilli, se acercó al lugar tremendo y allí encontró a una humilde señora, creo que una carnicera, llorando desconsoladamente: “nunca había entrado -le dijo- pero yo sabía que estaba allí.”
En realidad estaba interpretando mal lo que estaba ocurriendo. No se trataba de la enésima protesta: a la salida del teatro supe que se trataba de un festejo. La dirección del teatro había roto su colaboración con esta persona aprovechando un pretexto fortuito. De todas maneras, ‘quien de política hiere, de política muere’. Algo me hace pensar que la derrota del gobierno de centro derecha de hace quince días ha provocado consecuencias múltiples hasta llegar a esta decisión que mostraba la renuncia de las autoridades de La Fenice a continuar apoyando esta designación. Terminado Lohengrin, de forma notable, el Director General, aquel que tanto había defendido esta designación sonriente, recibía felicitaciones anoche de quien quisiese otorgarlas.
Bastante antes de esta polémica, supe que Beatrice Venezi habría de dirigir ópera en el Colón. Aludiendo a la situación local no brillante, un colega argentino justificó así el hecho: “hay peores”. Desde el gobierno de Giorgia Meloni, para defender tal nombramiento al cargo importantísimo de director estable, se había ejercitado un curioso expediente, degradar el podio del teatro -cuna de Rigoletto y de La Traviata-, “La Fenice no es un teatro de primer nivel.” Es decir, de un lado y del otro una curiosa puja en función de la mediocridad.
Beatrice Venezi, me cuentan fue festejada en Buenos Aires en su perfomance de Cavalleria Rusticana e I Pagliacci en los últimos días. Mi cariño por mi tierra natal y el recuerdo de lo que fue “mi” Teatro Colon me empujan a imaginar a una acción eficaz de la claque en los aplausos de los público. Mi esperanza es débil, viendo cómo van las cosas. Es indudable que la tenacísima Señora Venezi encontrará sin dificultad lugares donde exhibir su ampuloso gesto. Entre tanto, la anchura del Atlántico parece cada vez más amplia.
La Fenice ahora se debe preocupar por mantener el excelso nivel de sus cuerpos estables. Un trabajo de varios años como el de director estable debe ser confiado a alguien con grandísima experiencia, capaz de guiar a grupos de tal nivel hacia metas cada vez más altas. Es irrelevante si este personaje es joven o anciano, mujer o varón, de izquierda o de derecha.
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