Francia

A veces sí, a veces no

Francisco Leonarte
Muerte de Sigfrido (ca. 1450)
Muerte de Sigfrido (ca. 1450) © 2026 by Códice de Hundeshagen
París, domingo, 19 de abril de 2026.
Théâtre des Champs-Élysées. Siegfried, segunda jornada del Anillo del nibelungo. Música, Richard Wagner. Libreto del compositor. Versión de concierto. Con Clay Hilley (Siegfried), Rebecca Nash (Brunhilde), Brian Mulligan (Wotan), Samuel Youn (Alberich), Ya-Chung Huang (Mime), Wiebke Lehmkuhl (Erda), Solomon Howard (Fafner), Julie Roset (Waldvogel). Rotterdams Philharmonisch Orkest. Dirección musical, Yannick Nézet-Séguin.
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Al mando de las huestes capitaneadas por Yannick Nézet-Séguin, hace cuatro años escuchamos en este mismo Teatro de los Campos Eliseos parisino un Oro del Rin que quedó en la memoria de todos los asistentes, magnífico. Hace dos años años escuchamos con el mismo director una Valquiria que estuvo bien sin alcanzar las cotas de aquel Oro del Rin. Así que esperábamos con impaciencia este Sigfrido dirigido por Nézet-Séguin.

¡Ay! Si hace cuatro años el prólogo de la Tetralogía nos había entusiasmado, era por su claridad, por su teatralidad que permitía entender todas las motivaciones de los personajes, todos sus matices, todas las correspondencias entre la voz y la orquesta, Y eso sólo se consigue cuando la orquesta en todo momento cuida de no sobrepasar a los cantantes... Tal no fue el caso el pasado 19 de abril.

Nézet-Séguin no cuidó el volumen, y así en numerosas ocasiones los cantantes resultaban inaudibles, sobre todo en los pisos superiores del teatro en que las voces llegan menos. En otras ocasiones los solistas vocales tenían que anteponer el volumen a los matices. Así en el primer acto toda la escena del wanderer (el vagabundo) así como la escena final se convirtieron en sendas peleas de gallos, mandando al traste todas las sutilezas de los personajes.

Con tales mimbres, quien mejor se las apañó fue quien tenía la voz más grande. Brian Mulligan, que tiene un muy bonito timbre y un precioso legato, y cuya versión de Wotan tiene mucho de culpabilidad pero muy poco de humor, de rencor o de divinidad, con una voz más pequeña, salió bastante mal parado. Otro tanto puede decirse de Ya-Chung Huang, cuya interpretación de Mime es sin embargo interesante por poseer bastantes matices, pero cuyo material canoro no tiene armónicos suficientes para sobreponerse a la masa orquestal. Como Fafner, Solomon Howard, a pesar de su buen volumen, tampoco está sobrado de armónicos, y por tanto tuvo el mismo problema que Huang.

Julie Roset, la encantadora soprano ligera, con una voz de mucho squillo, salió muy bien parada como Pájaro del bosque. Como Erda, la preciosa voz carnosa de Wiebke Lehmkuhl pudo quedar un punto desdibujada en los graves, como también le pudo suceder ocasionalmente a Rebecca Nash que sin embargo, poseedora de un volumen importante y de unos agudos como trompetazos, brilló a gran altura en un dúo de amor final arrebatador.

Y dejamos para el final a los dos ases de este concierto 1, Samuel Youn como Alberich y Clay Hilley como Siegfried. Youn ya había sido un espléndido Alberich en el citado Oro del Rin hace cuatro años, y esta vez volvimos a admirar su buen volumen, su sentido teatral (incluso un punto exagerado, pero el papel puede admitir la exageración), su gran temperamento artísitico por encima de ortodoxias canoras.

En cuanto a Clay Hilley, su squillo, su volumen importante, su timbre más bien grato para un tenor dramático, sus agudos certerísimos lanzados con suma soltura, sus graves redondos, y un buen sentido teatral (tal vez, como su colega Youn un puntito pasado de rosca, pero sin excluir la sensibilidad, lo que le permitió tener un hermoso momento de soliloquio en el segundo acto) fueron muy apreciados. Y su resistencia, porque después de haberse cantado toda la ópera, llegó al dúo final con toda su frescura y más potencia si cabe. Admirable.

La Filarmónica de Rotterdam es una sólida orquesta con tradición y su complicidad con Nézet-Séguin es innegable. Sonó muy bien, … y como decíamos también «muy fuerte».

El público se mostró entusiasta (sobre todo el público de platea). Pero, a pesar de momentos de innegable belleza (principalmente los momentos de exaltación cantados por voces grandes o los momentos puramente orquestales), no se alcanzaron las cotas de aquel Oro del Rin que tanto añoramos. 

Notas

1. Concierto que equivalió casi a una representación. Los cantantes, sin partitura, entraban y salían cuando les correspondía salir o entrar en escena según el libreto, actuaban, interactuaban, mimaban la forja, el vertido del metal ardiente, el martilleo, la espada, el brebaje, la lanza, las luchas... De suerte que el concierto tuvo los alicientes mayores de una representación sin tener sus mayores inconvenientes (un director de escena que por encima de la obra hubiera querido imponernos ‘su’ visión de la obra)

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