Memoria viva

Carlos Piantini

Carlos Piantini: Fotos y memorias (1) En el centenario de su natalicio

Antonio Gómez Sotolongo
Carlos Piantini en 1937 Carlos Piantini en 1937 © 2026 by Antonio Gómez Sotolongo
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Carlos Alberto Piantini Espinal nació el 9 de mayo de 1927 en la barriada de San Carlos, en la ciudad de Santo Domingo, capital de la República Dominicana, por lo que hoy estaría dando sus primeros pasos a través del año de su centenario.

Por ese motivo, y para celebrar la vida y obra de quien es reconocido hoy como uno de los más destacados músicos dominicanos, comienzo con este artículo una serie -que aparecerá el día 9 de cada mes-, en la que compartiré algunas de las fotos que el maestro Carlos Piantini me dejó en custodia, y las ilustraré con sus propias palabras, las que me dijo para crear sus memorias.

El 12 de mayo de 2026, a las 18:00 horas, se presentará mi libro Los Sonidos y el Tiempo, las memorias inconclusas de Carlos Piantini en la Sala de lectura de la Biblioteca Juan Pablo Duarte del Banco Central de la República Dominicana (Av. Pedro Henríquez Ureña esq. Av. Leopoldo Navarro, Santo Domingo de Guzmán, D.N., República Dominicana)

Mi primer recitalito

Carlos Piantini 1937

Cuando yo tenía alrededor de unos siete años, más o menos, me pusieron a estudiar solfeo con Josefita Heredia, y poco después empecé el violín con Guillermo Jiménez, y a los diez años, un día de mi cumpleaños, el 9 de mayo de 1937, toqué mi primer recitalito.  Digo recitalito porque fueron varias piezas cortas, de principiantes, y eso dio inicio a mi vida musical. 

Fue un momento memorable porque fue así que inicié lo que ya son más de sesenta años de labor musical ininterrumpida. Esto es por la parte de mi padre, fue él quien puso la voluntad y el deseo de que yo fuera músico, pero mi vena musical viene de los Espinal; es decir, por parte de mi madre, quien se llamó Marina Espinal Maceo, de una familia en la que hubo varios músicos, incluso un tío de mi madre, que se llamó Arcadio Espinal, fue profesor de voz, y su estudio estaba nada más y nada menos que en el mismo edificio que ocupaba la Metropolitan Opera House.

A aquel recitalito que hice a los diez años de edad asistieron distinguidos músicos y connotados amantes de las artes en Santo Domingo. Toqué acompañado al piano por doña Josefita Heredia... eso fue en la casa de unos tíos que vivían en la calle 16 de agosto, ellos eran José Ernesto Acevedo y Altagracia Piantini, hermana de mi padre. A partir de ese día continué tocando y haciendo música sin parar hasta hoy. De aquel concierto, el músico y crítico musical dominicano Enrique de Marchena escribió un artículo en el que predijo mi futuro.*

Entre nosotros, el domingo en la noche, se nos reveló que tenemos un niño-artista digno de mejor suerte, de una educación profunda, y sobre todo, de la disciplina de cualquier Conservatorio extranjero en el cual sea un Maestro el que tome la dirección de esa capacidad juvenil, aun inocentemente infantil, que ya sabe a sus diez años, con gracilidad encomiable arrancar al violín sonidos ajustadísimos: nos referimos al niño-artista Carlos Alberto Piantini y Espinal, quien ofreció  un recital que fue un verdadero acto público –en la residencia de sus tíos los esposos Acevedo-Piantini en esta ciudad-, admirado por grandes y chicos y aplaudido calurosamente en aquella inolvidable fiesta musical. Carlos Alberto, hombrecito en ciernes, artista temperamental, tiene un sentido rítmico como pocos grandes pueden tenerlo o adquirirlo a fuerza de método. Esta, su gran condición, sea quizás la que le llevará más lejos dentro de un estudio riguroso de Conservatorio. Luego reúne otras dos condiciones esencialísimas para triunfar: su tono, fuerte, afinadísimo para   su poca   edad, su   alcance de posiciones; y luego, la más difícil aún, como es la de no temer al público y ejecutar ante él con absoluta naturalidad y despejo.
Oír como Carlos Alberto Piantini, pequeñito con sus ojos vivaces, con ese rostro de musicalidad, toma el violín en sus manos y con todo el estilo de un violinista hecho, ejecuta un grupetto de obras, entre ellas el Minueto en sol de Beethoven, La Serenata de los Ángeles, de Braga[i] y con  ellas  muchas  otras composiciones,  es  de pensar  que  no  debe perderse tiempo en procurar un mejor ambiente ya que, está predestinado  a  convertirse en luminaria de nuestra cultura  pudiendo  ser  con  el  tiempo,  y  siempre  y cuando salga a cursar estudios fuera del país, uno o tal vez el más grande violinista que haya producido la República.
Hasta el presente Carlos Alberto ha recibido su instrucción de un miembro de nuestra sinfónica: del Profesor Guillermo Jiménez, discretísimo maestro que teniendo en sus manos la piedra natural de arte del niño-violinista, le ha forjado ya un porvenir y le ha inculcado el sentido de la interpretación y la técnica preparándole para entrar en la férrea disciplina del Conservatorio... 
Para éste unas felicitaciones cordialísimas, porque en verdad, modestamente, ha hecho despertar en el alma de Carlos Alberto el amor a la música desde temprana edad... tan difícil hoy en estos tiempos mecánicos en los cuales la juventud no detiene su espíritu por las cosas hermosas del arte.
¡La impresión de Carlos Alberto en nosotros ha sido de gozo indecible, y de tristeza!  Lo primero porque en él podríamos tener algo grande si se le estimula, se le prepara, se le cultiva; de tristeza de pensar que tal vez la apatía de nuestro medio, contra la cual ya tantos golpes hemos dado, no les permita a sus progenitores llevarle más allá, donde únicamente pueden arribar los que han tenido una firme ayuda pedagógica y una disposición temperamental –que de antemano ya tiene Carlos Alberto-, hacia los grandes misterios de la música del violín.
¡Un   voto   de   anhelos y   un   estímulo   al   niño violinista! (Enrique    de   Marchena. Listín Diario. Santo Domingo: mayo, 1937).
Notas

Tomado de «Los Sonidos y el Tiempo», las memorias inconclusas de Carlos Piantini.

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