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¿”La reina muestra las arrugas”?

Jorge Binaghi
Franco Fagioli
Franco Fagioli © 2026 by Clarissa Lapolla
Barcelona, miércoles, 13 de mayo de 2026.
Gran Teatre del Liceu. Semiramide (La Fenice, Venecia, 3 de febrero de 1823), libreto de G. Rossi y música de G. Rossini. Versión de concierto. Intérpretes: Vasilisa Berzhanskaya (Semiramide), Franco Fagioli (Arsace), Mirco Palazzi (Assur), Maxim Mironov (Idreno), Antonio DiMatteo (Oroe), y otros. Orquesta y coro (director: Pablo Assante) del Liceu. Dirección de orquesta: Paolo Arrivabeni.
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La pregunta se refiere a una famosa crítica (si no recuerdo mal era de Massimo Mila, o un nombre de parecida importancia entre la musicología italiana) de la exhumación del título en 1962 con Sutherland y Simionato, con los cortes que se estilaban entonces. Al parecer, las tales arrugas tenían que ver con los cortes practicados, más o menos como en un lifting no muy acertado.

Es cierto, se trata de la ópera más larga de Rossini (después del Tell, claro), de la última concebida para Italia, y por la que se tomó un trabajo llamativo. Con leer las pocas páginas que le dedica Fedele D’Amico en su gran pequeño libro Il teatro di Rossini (Universale Paperbacks, Il Mulino, 1992) se aclaran y ponen en contexto muchas cosas. Ya desde la misma obertura, que no en vano estaba entre las predilectas de Toscanini en sus conciertos: ‘Esta doble introducción, con sus colores oscuros y sus bruscos contrastes entre el ‘piano’ y el ‘forte’ nos anuncia el clima de la ópera” (ibídem, p.165-traducción mía). Pero, también, y en sentido contrario “la progresiva desaparición de la técnica del belcanto produjo, si no la automática desaparición de Semiramide, la incomprensión de sus valores” (p.162).

Sobre todo fueron las voces femeninas las que alteraron todo. Perdida la voz y la técnica de los papeles ‘Colbran’ (amante y esposa de Rossini), las sopranos ligeras hicieron suyo ‘Bel raggio lusinghier’, y de allí el carácter de la protagonista cambió. Recientemente Jessica Pratt hizo una excelente labor en este aspecto, siguiendo las huellas de Sutherland (sin los cortes).

Pero también es el caso de Arsace, la mezzo (o contralto) ‘en travesti’ que Rossini amaba tanto en sus óperas serias, que fueron las últimas en resistir los cambios mencionados, y que tras el paso de Horne, Valentini, Podles, Barcellona y alguna otra hoy es tan raro encontrar.

Eso, más el capricho de cantantes, directores y directores de teatro y de escena de evitar los personajes travestidos y cambiarlos por falsetistas o contratenores que pueden hacer recordar la voz de contralto, ha hecho que hoy la obra se haya exhumado con el gran Franco Fagioli en este papel.

Digamos al pasar que es cierto que la ópera debió retornar en épocas de covid con una puesta en escena y un reparto distinto y probablemente más adecuado, que una sola función de concierto no le hace justicia (pero es cierto que el teatro no estaba lleno), que cambiaron los nombres de la protagonista y de Assur antes de llegar a los actuales, y que si Paolo Arrivabeni no hizo mala labor, no es director para revelar las maravillas de la escritura rossiniana, entre sus tiempos apresurados, sus forte siempre excesivos (fueron mejores los momentos más distendidos y elegíacos), su ritmo monótono cuando no mecánico (pienso en la introducción de la escena del templo y de la del delirio de Assur). La orquesta estuvo bien, en particular en la obertura; el coro, muy bien preparado, resolvió muy adecuadamente su papel (imagino que los ensayos no habrán sido muchos), salvo al principio en los agudos del sector femenino.

Debutó finalmente Vasilisa Berzhanskaya en la protagonista, y triunfó. El Rossini serio (también el cómico) es el que más parece ajustarse a un registro fenomenal y particular que tiene un grave potente, un agudo fulgurante -un tanto agresivo y en algún momento áspero-, una extensión desconcertante, una articulación perfecta, y un dominio suficiente (si no siempre muy nítido o preciso) del canto de coloratura. Se ganó al público en buena ley, y a ella fueron los mayores aplausos.

De los comprimarios estuvieron mejor Marc Pujol (la sombra de Nino) y Patricia Calvache (esa Azema tan disputada a la que el autor no le concedió ni siquiera una breve ‘arietta’), que el Mitrane de Carlos Cosías, que se defendió bravamente. El papel de Oroe es otro misterio: esencial a la trama, importante, tiene muchos recitativos y participación en números de conjunto (desde la introducción), pero nunca un solo. Antonio DiMatteo tiene una voz notable por color y volumen, aunque la emisión de algunos agudos siga siendo un tanto problemática, y dice con autoridad.

El papel de Idreno es fundamental sólo para que haya un primer tenor y ciertamente queda reducido a sus dos difíciles arias y poco más. Maxim Mironov lo hizo muy bien (es la vez en que me ha convencido más) aunque su timbre, hoy más velado, siga siendo algo aniñado, pero su dominio de las agilidades y su valor en el agudo hicieron milagros.

Y llegamos así a los dos rivales: el malo y el bueno. Assur es de una escritura endiablada y los Ramey (o, por lo que sabemos, Galli, el creador) no han abundado nunca. Mirco Palazzi respondió bien, aunque su voz no sea fulminante ni el agudo particularmente extenso. Se lució en particular en esa gran escena que es la de la locura o arrepentimiento y se distinguió más en el aria que en la cabaletta siguiente (que de todos modos resolvió bien, más que dignamente).

El bueno, el hijo del rey creído muerto y convertido en guerrero escita, es Arsace (o sea la mezzo o contralto en travesti, aquí contratenor). Si nos fijamos en que tiene dos arias, una en cada acto, como el tenor, pero a diferencia de éste, mucho más que cantar, tal vez sea cierto que era el preferido de Rossini y que sus sucesivas intérpretes se resistían a dejarlo.

Y aquí se presenta el problema. ¿Un contratenor o falsetista, que hoy dominan con razón la escena del canto barroco en los papeles que eran en principio para castrados, puede responder a las solicitudes de Rossini en materia de matices, acentos, colores (sabido es que el autor sólo escribió un papel para este tipo de voz, el de Aureliano in Palmira, y que luego renunció a él -al parecer nunca los encontró muy de su gusto-)? Fagioli fue aplaudido, mucho, pero mucho menos que cuando cantó aquí mismo su fantástico Nerone de Agrippina de Haendel u otros conciertos u óperas en el Palau de la Música. Alrededor tenía yo una serie de italianos, pero también locales más bien perplejos (algunos francamente disgustados).

Lo cierto es que en una sala tan vasta como el Liceu, con una orquesta ‘normal’ y no especializada -de más instrumentos y sonido más rotundo, que es la que se usa en general para Rossini, y con un gran maestro rossiniano (no diré nombres)-, no presenta ninguna dificultad, con colegas dotados de más voz, resonancia, colores, la voz de Fagioli suena débil, pequeña, blanquecina en el agudo, sin brillo, y con un grave que sí suena, pero convence más en Haendel o Vivaldi que en Rossini.

Por supuesto que técnicamente es infalible, pero también que se lo oye poco en dúos y conjuntos, y sin llegar al caso de la protagonista, lo mismo sucede en el dúo con Assur. No por casualidad su mejor momento fue en la sección cantable y central de su segunda aria donde exhibió algunas messe di voce admirables. En realidad creo que aquí su Arsace no dio la medida del personaje ni la del cantante. Lástima.

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