A diferencia de la mayoría de los seleccionados por , Áron Horváth (presentado por Müpa Budapest y el Konzerthaus de Viena) no toca un instrumento habitual en las salas de conciertos, sino uno procedente del territorio de la música popular urbana, el cimbalón. es un cross-over en cuyo programa sonaron melodías (el cimbalón es un instrumento básicamente melódico) de Johann Sebastian Bach y Radiohead.
Esencialmente melódicas son las cuatro preciosas piezas de György , tres de 1973, en homenaje a cuatro grandes músicos húngaros, el violinista Stefan Romascanu (1926-1973), y los compositores Ferenc (1905-2000, profesor de Kurtág y de ), (1911-1977), y -en un cariñoso homenaje funerario- Witold (1913-1994) con Un brin de bruyère à Witold. Un bloque que se cierra con el 'Largo' de la Sonata para violín en do mayor de Bach (1720) y se había abierto con la obra de estreno: In an Eternal Dusk (2025) de (High Wycombe, Inglaterra, 1982), para címbalo solo, una obra muy actual, individualista, post-pandemia. La propia autora nos dice que:
El título y gran parte de la inspiración para esta pieza, un solo para címbalo, provienen de la excelente traducción de Sholeh Wolpé del poema [homónimo] de Forugh Farrokhzad.
La música es suave y expresiva, «sonidos distantes» que se mueven libremente, «sin fijación y vagando como una brisa».
Es intrincada: a menudo se oyen dos «voces» -palomas, en el poema- «cruzándose en el viento».
Introvertidos y sombríos, nos encontramos aislados en un mundo interior, atrapados entre el día y la noche: una «tierra extraña», pesada y misteriosa.
Un mundo extraño a medio camino entre los paraísos artificiales y los territorios post-apocalípticos. El discurso de Charlotte Bray ignora las fronteras artificiales entre culto y popular, entre tradicional y vanguardista, de un modo similar a los estándares de las instalaciones recientes de muchos museos de arte actual. In an Eternal Dusk es una obra de espléndida factura que muestra un buen conocimiento de las posibilidades actuales del cimbalón y de la idiosincrasia de Áron Horváth, el cual acertó al elegir la obra de Bray como pórtico de entrada para un recital híbrido y transversal que la biografía del intérprete define así:
Áron Horváth está empeñado en llevar el címbalón a un público más amplio y explorar su potencial en la música popular, además de su uso en música clásica, folklore y jazz. Está particularmente interesado en la integración de la electrónica en sus actuaciones. Su objetivo es garantizar que el cimbalón sea reconocido como un instrumento versátil, al nivel del piano, y pretende seguir innovando en este campo en los próximos años.
Del mismo modo que la obra de Bray sirvió de pórtico al concierto, otra obra femenina, Glass Fragments (2025) de nos ofreció la transición a la segunda parte de dúos entre Nagy y Horváth, que resultó ser un atractivo muestrario de transversalidad musical que proponen estos dos intérpretes / creadores, cuya excelencia técnica pasa a segundo plano tras la relevancia que toma su gran empatía con el público, al que guíaron en un ilusionante viaje por las tierras extrañas (y los tiempos extraños) que estamos viviendo. Las seis piezas alternadas entre Nagy y Horváth -en realidad sus estilos son muy similares- que culminaron en Weird Fishes/Arpeggi (2007) de Radiohead, nos llevaron por un mundo donde el címbalo evocaba el sonido del típico órgano Hammond de los años 1960 pero en un estilo actual, una convivencia del jazz, ambient music o clásica, sin que ningún estilo tome el protagonismo.
Las ovaciones del público, visiblemente satisfecho, me sonaron ilusionantes en la clausura del presente ciclo de Echo Rising Stars 2026
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