Chicos Mambo es un conjunto de bailarines masculinos que, capitaneados y coreografiados por Philippe Lafeuille, tuvo un resonante éxito de crítica y público con su espectáculo Tutu. Hace cinco años presentaron otro espectáculo, Car-men, que es el que tuvimos ocasión de ver el pasado miércoles 22 de abril en el Teatro de los Campos Eliseos parisino.
Lafeuille intenta jugar con tres bazas: el virtuosismo de la danza, la novedad de las imágenes y el casi constante sentido del humor, frecuentemente con bromas en torno a los géneros másculino/femenino, a la danza y al mundo del espectáculo en general. Echa mano tanto de la danza clásica como de la contemporánea, del cabaret, el hip-hop o la comedia musical americana.
Aquí el punto de partida y el hilo conductor es la ópera Carmen de Bizet/Meilhac y Halévy a partir del relato de Prosper Merimée, con sus ‘hits’ de la música clásica, con sus historias de seducción, y con su perfume de una España real o imaginada, ingredientes todos ellos con los que juega Car-men.
En ocasiones la mezcla entre sentido del humor e imágenes sorprendentes, unida a una coreografía eficaz, funciona muy bien. Verbigracia el cuadro primero, en que tanto el vídeo como los trajes (que cubren por entero las cabezas) son todos blancos con lunares rojos mientras suena el preludio compuesto por Bizet. O aquel cuadro en que el bailarín juega con una suerte de gran deshabillé rojo que parece atraparle enteramente. Desde el punto de vista ‘imágenes sorprendentes’, exceptuando algunas interesantes aportaciones del vídeo concebido por Do Brunet, la cosa acaba ahí.
En cuanto al humor, los números exclusivamente humorísticos tal vez no sean el plato fuerte (como el cuadro en que los bailarines se esconden tras uno de esos paneles figurando dos andaluces tópicos-típicos en que los turistas sacan las cabezas como para hacerse una foto). A veces la brocha es tan gorda tan gorda que sorprende (las castañuelas en la entrepierna del torero). En buen número de ocasiones las bromas no son nada del otro jueves.
En cuanto a la coreografía, el vocabulario tampoco sorprende. En general no hay gestos ni movimientos que se salgan de lo habitual, ni tampoco un lenguaje personal. Los bailarines se entregan, tienen energía, buena técnica y parecen disfrutar. Pero en llegando a las ‘especialidades’ (un número de claqué-zapateado, otro de hip-hop o similar, ...) tampoco puede decirse que estemos ante momentos formidables.
La música grabada (y sin citar en el programa los nombres de los diversos compositores cuyas músicas son utilizadas, aparte del propio Bizet) suena demasiado fuerte (¿¿Por qué esa manía de poner la música a todo trapo en cuanto se trata de músicas grabadas o electrónicas??).
Trajes simpáticos (con algún gran acierto como los citados trajes de lunares rojos sobre fondo blanco), vídeo interesante...
Espectáculo en suma simpático pero que, a pesar de algún acierto puntual, no es realmente sorprendente.
En los saludos, aparece el coreógrafo que aprovecha para hacer que el público baile y cante... el vals de la Suite para orquesta de variedades de Shostakovitch (¿Qué tendrá que ver el culo con las témporas?). Y el público, que ha seguido el espectáculo con simpatía, sale encantado.
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