Ópera y Teatro musical

El culebrón de Don Carlo

Ramón Pereira Blanco
Don Carlo. Dibujo de Carlo Cornaglia, grabado por Giuseppe Barberis (Milán 1884) Don Carlo. Dibujo de Carlo Cornaglia, grabado por Giuseppe Barberis (Milán 1884) © by Dominio Público
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Vaya por delante mi devoción por esta Opera histórica de enorme difusión y complicada puesta en escena (hacen falta al menos acreditados tenor, soprano, mezzo, barítono y bajos, aparte de los comprimarios) para estructurar una buena oferta de la madura obra de mi adorado Verdi.

No quiero centrarme en los indiscutibles logros musicales del citado compositor, ya consolidado y experimentando -o mejor dicho logrando- nuevas innovaciones musicales, fuera ya de los repetitivos modelos de cabaletta-aria, dúo, etc... en busca de un nuevo discurso, supuestamente bajo la influencia del emergente Wagner, lo cual es otro tema bastante discutible y cuestión que no nos ocupa. 

Tampoco debemos centrarnos en las reminiscencias de la Leyenda Negra sobre el Reinado de Felipe II expresada en la obra de Schiller en la que se basa el libreto y del triste devenir de su malogrado heredero que da título a la Opera, y que conforme a acreditadas informaciones históricas no parecía disfrutar de la mejor salud ni física ni mental, lo que condujo al Monarca a decretar su internamiento hasta su temprana muerte. 

De la visión totalmente negativa que el Libreto dedica a la Monarquía española de los Habsburgo dan fe dos acreditadas anécdotas: la negativa de las autoridades del Régimen de Franco para filmar la obra en sus escenarios de El Escorial y la espalda ofrecida por la española Eugenia de Montijo -esposa del Emperador Napoleón III- desde el Palco real de la Opera de París en una representación de esta obra como protesta ante su carácter anti-español.

Las largas vicisitudes que afectaron a la obra, su estreno en francés en cinco actos, su traducción posterior al italiano, su reducción a 4 actos, supresión del ballet, tijera aquí y allá, adiciones, etc... la convierten no en una única pieza, sino en diversas, de variada duración e idiomas y de interpretaciones múltiples, hasta el punto que sospecho no se ofrecen dos iguales en Teatro alguno. 

Para un autor ya consagrado como Verdi en ese momento debió constituir un plus la adecuación en cada momento, y dadas las características del público decimonónico para conseguir un aplauso unánime, que nunca se produjo. 

Los puristas españoles que su texto era anti-patriótico, los alemanes que no reflejaba la brillantez de su Schiller, los italianos que era una obra casi wagneriana, los franceses que porqué luego se tradujo al italiano (también lo hizo Verdi con I Vespri Siciliani, inicialmente Les Vepres Siciliannes), todo un conjunto de reproches a mi juicio inmerecidos e injustificables ante el torrente de pasiones que despliega la obra, vale, con un libreto discutible, pero muy interesante. 

En el mismo se despliega un torrente de pasiones inexplicable y digno de los mejores psiquiatras: Don Carlo ama a la mujer de su padre Felipe II, Elizabetta di Valois (su madrasta), a quien fue prometido en Fontanebleau para luego, por decisiones políticas pasar de ser su esposa a su madre postiza, el Rey Felipe, quien sospecha de relaciones quasi incestuosas entre su hijo y su mujer mantiene relaciones adúlteras con la Princesa de Eboli, personaje histórico de gran poder y misterio, quien a su vez está perdidamente enamorada de Don Carlo, quien obcecado ante tales despropósitos solo cuenta con la amistad fraternal y casi sospechosamente sentimental del Marqués de Posa, a la vez enemigo acérrimo de la Eboli y confidente del Rey. 

Es decir, casi todos los personajes aman a la persona equivocada menos el sexto en cuestión, el Gran Inquisidor, bajo profundo que solo quiere el poder terrenal del Rey y el espiritual de la Iglesia oficial, bien expresado en el Auto de Fe, donde previamente cremar en la Plaza Mayor de Madrid a sospechosos disidentes religiosos y expulsar a los embajadores flamencos por sus súplicas de piedad ante la gran autoridad, proscribe al heredero por su apoyo a los nobles belgas y holandeses. 

Como quiera que todas estas vicisitudes dan con el pobre Infante en prisión, el Marqués de Posa, ya elevado a Duque por el Rey dada su actitud de mediación entre padre e hijo se ofrece como chivo expiatorio de las añaganzas de Carlo, lo que conlleva su asesinato de Estado y siendo violentamente excarcelado el heredero por una turba popular únicamente controlada por el poder inquisitorial y apoyada por la Eboli.

La Opera culmina en el Monasterio de Yuste, provincia de Cáceres, donde el abuelo de Carlo, el Rey y Emperador Carlos I de España y V de Alemania finalizó sus días, y donde se inicia una de las versiones de la obra con la breve intervención de un Monje anónimo, trasunto del citado que advierte al protagonista de las consecuencias del poder desorbitado. 

En tal lúgubre y evocativo lugar tiene el encuentro de despedida entre Don Carlo y su antigua prometida -ahora madre- Isabel de Valois, quien ciertamente le prestó grandes atenciones durante sus breves y comunes vidas. Se despiden en un bellísimo y triste dúo esperando una vida mejor en el más allá, y, sorpresa, aparecen Felipe II y el Gran Inquisidor, quienes condenan ese contacto por impuro, traicionero y pecaminoso. 

La desesperación de Carlo se vuelve ya en rebeldía violenta contra su padre, pero en un fallido final aparece la figura del Monje del Acto inicial, ahora identificado sin lugar a dudas como su Abuelo Carlos I (5º de Alemania) que no se explica bien si se lo lleva con él no sabemos a qué parte en una suerte de abducción sobrenatural, si los sicarios de la Inquisición acaban con la vida de esta pobre alma, o si vuelve a ser recluído por su progenitor a sus aposentos, donde alcanzó una muerte segura.

Reiterando mi devoción personal por esta obra, no dejo de reconocer las objeciones ante la misma que me expresan cualificadas amistades, incluso familiares, respecto a la misma, tanto en orden al complicado texto, brevemente expuesto, y creo solo superado por el de Simon Boccanegra, como por una partitura sumamente original y brillante, pero que no dedica un aria a su protagonista realmente entendida y el mismo desaparece durante todo un acto, otorga las partes solistas a bajo, barítono y soprano y plantea nada menos que un largo dúo entre dos bajos, aparte de lo anteriormente expuesto. Todo ello me parece de una genialidad fuera de toda duda.

De las múltiples versiones de disco y video recomiendo las de José Carreras con Mirella Freni y Nicolái Ghiaurov, este último pródigo en el papel de Felipe II hasta el punto de que su paisano Boris Christoff acometiendo dicho papel cuando el anterior debutaba el del Gran Inquisidor se negó a salir en escena por miedo a perder protagonismo, algo irregular pero pleno de emoción la de Jaime Aragall, Montserrat Caballé y Simon Estes en el Teatro Romano de Orange, Luis Lima, Ileana Cotrubas y Robert Lloyd en el Covent Garden, la francesa de Alagna, Mattila y Hampson, y muchas más.

En fin, mi deseo es participaros de este prodigioso culebrón dramático y energético de desgarradora intensidad que os llegará al alma. Disfrutarlo.

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