Ciertamente el título no tiene el sentido de la sección
de esta obra monumental del ingenio humano por la que siento un respeto,
admiración y afecto constantes y en constante crecimiento desde la primera vez
que la oí en público (la conocía ya por grabaciones magníficas y de lejos
superiores a la versión escuchada entonces -por culpa de los solistas
masculinos en particular-, pero la experiencia del vivo una primera vez no se
olvida nunca) en un lejano 1963 del invierno bonaerense, que a algunos les
parecerá lejano, pero a mí me parece absolutamente próxima.
El sentido es que, en cambio, fue el momento en que Verdi
esta vez me resultó más cercano y, sorprendentemente en una obra que tal vez es
más fácil definir con términos como temor, desarraigo, duda, sonó diáfana,
luminosa, ‘casi’ pura, y con una nota de tímida esperanza en medio de…
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