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Lux perpetua

Jorge Binaghi
Verdi, Requiem. Staatskapelle Dresden y Gatti
Verdi, Requiem. Staatskapelle Dresden y Gatti © 2026 by Mario Wurzburger / Palau de la Música
Barcelona, martes, 19 de mayo de 2026.
Palau de la Música. Messa da Requiem (Milán, iglesia de San Marco, 22 de mayo de 1874), de Giuseppe Verdi. Eleonora Buratto (soprano), Elina Garança (mezzosoprano), Benjamin Bernheim (tenor), y Riccardo Zanellato (bajo). Orfeó Català (director: Xavier Puig). Staatskapelle Dresden. Director: Daniele Gatti.
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Ciertamente el título no tiene el sentido de la sección de esta obra monumental del ingenio humano por la que siento un respeto, admiración y afecto constantes y en constante crecimiento desde la primera vez que la oí en público (la conocía ya por grabaciones magníficas y de lejos superiores a la versión escuchada entonces -por culpa de los solistas masculinos en particular-, pero la experiencia del vivo una primera vez no se olvida nunca) en un lejano 1963 del invierno bonaerense, que a algunos les parecerá lejano, pero a mí me parece absolutamente próxima.

El sentido es que, en cambio, fue el momento en que Verdi esta vez me resultó más cercano y, sorprendentemente en una obra que tal vez es más fácil definir con términos como temor, desarraigo, duda, sonó diáfana, luminosa, ‘casi’ pura, y con una nota de tímida esperanza en medio de tanta tiniebla como hoy nos envuelve.

Tal vez sea el destino de las grandes obras de arte el de ofrecernos según los tiempos facetas inesperadas o secundarias como principales. Tal vez haya sido que fue el momento de mayor perfección interpretativa debido sobre todo a la intervención casi solista de Elina Garança, a quien había oído hace tiempo en esta misma parte en la que ha crecido enormemente, aunque el volumen a veces no resultara tan suntuoso como el sonido, que resultó más cálido en el grave. Probablemente, como suele ocurrir dentro y fuera de la música, la mayor experiencia musical y personal tenga que ver con este resultado superlativo (a alguno le pareció ‘demasiado elegante’, pero me permito disentir: la creadora, Maria Waldmann, fue asimismo una gran Amneris y Eboli, y parece haber sido igualmente ‘elegante’).

También había visto hace mucho a Daniele Gatti dirigiendo una pieza que le va muy bien y en la que da lo mejor de sí. Aunque él también ha progresado (además de dirigir casi obsesivamente a los cantantes con gesto muy atento pero a veces brusco) voy a repetirme:

“No puedo hacerle cumplido más grande a Gatti que decir que tuve problemas para reprimir mi emoción en más de un pasaje. Por supuesto, la orquesta (‘su’ orquesta) le respondió bien, muy bien, pero sobre todo pareció absolutamente compenetrada con la intención del maestro.”

Estuvo en todos los detalles, aunque quizá podría haber permitido que los cantantes se escuchasen más en algún pasaje (pienso en el ‘Quid sum miser?’). También se ocupó del coro que tiene tanta importancia en esta partitura. El Orfeó Català, preparado por Xavier Puig, estuvo en una gran noche, homogéneo, potente, sutil. Sólo en el ‘Sanctus!’ (de cuya dificultad no voy hacerme ahora descubridor) se podría haber deseado un sonido más compacto, más denso y más matizado, pero estas son minucias.

Eleonora Buratto está haciendo suyas partes de lírico plena o directamente spinta y su órgano vocal le responde: tiene volumen, buen color, además homogéneo en toda la gama, es capaz de agudos potentes y notas filadas que aquí son muchas y expuestas. Empezó en el cuarteto inicial con alguna que otra nota calante, pero aunque todos miraron al maestro, ella y el bajo los que más. Tal vez por algún nerviosismo lo mejor lo dio en los dúos con la mezzo y las intervenciones con los otros cantantes. Salió airosa de ese ‘Libera me’ final, que a tantas les ha supuesto un problema, aunque curiosamente le costó algo el registro grave en su última frase.

Benjamin Bernheim es un cantante hoy muy celebrado. Sin embargo, para el repertorio italiano no se puede decir que sea la voz ideal: demasiado metal, squillo sólo en el agudo (casi siempre), pero en esta ocasión fue en la que más me convenció un Verdi en el que hasta ahora no lo había hecho (hablo de su Alfredo en Traviata en París y sobre todo de su discutible Duca de Rigoletto en el Liceu, además de arias y dúos con piano y orquesta en Peralada y la Scala). Para mi sorpresa lo mejor no fue el célebre ‘Ingemisco’ (que cantó muy bien pero con no mucha expresividad) sino el ataque en ‘Hostias et preces’ (otro momento del que no voy a decir qué difícil es).

Riccardo Zanellato fue anunciado como apenas recuperado de un resfriado, pero apenas si se notó en un timbre algo más opaco en centro y agudo que en otras ocasiones, pero no hizo mala figura frente a sus colegas, en especial en su ‘Mors stupebit’ que mereció una sonrisa aprobatoria de Gatti.

Sala rebosante, buen comportamiento (no ideal: hay quien no puede dejar de hablar o dejar caer algo al suelo con fuerza, pero nos libramos de móviles impertinentes e inoportunos -hubo un atisbo tímido en un par de ocasiones reprimido justo a tiempo- y las inevitables toses fueron pocas). Triunfo absoluto de todos, grandes ovaciones y expresiones de felicidad a la salida.

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