El Teatro Cervantes ha culminado la presente temporada lírica con la programación de La fille du régiment de Gaetano Donizetti, uno de los títulos más populares del repertorio belcantista que, a lo largo del tiempo, ha demostrado una gran capacidad para seducir tanto al aficionado veterano como al público menos habituado al género. Estrenada en París en 1840, en plena madurez creativa del compositor bergamasco, la obra sintetiza con admirable naturalidad la elegancia melódica italiana con el refinamiento teatral de la opéra-comique, alternando lirismo, comicidad y virtuosismo vocal con un equilibrio que aúna tanta frescura como eficacia.
Resulta inevitable recordar las históricas funciones ofrecidas en marzo de 2002 en este mismo teatro, todavía muy presentes en la memoria de muchos aficionados que tuvimos la suerte de presenciarlas, protagonizadas por nombres fundamentales de la lírica nacional -Carlos Álvarez, María José Moreno y José Sempere-, entonces en un momento indudablemente álgido de sus carreras y hoy referencias de la lírica española.
En esta ocasión, la producción escénica procedente del Teatro Villamarta, donde fue estrenada en 2008, ha sido convenientemente remozada y actualizada. La propuesta jerezana, cercana por momentos al vodevil e incluso al musical, traslada la acción a un pueblo marinero de la costa andaluza en el contexto de la ocupación napoleónica. Una adaptación temporal en la que los soldados franceses aparecen convertidos en marineros -con tópicos pantalones a rayas- mientras la nobleza adopta rasgos plenamente españoles, que no siempre resulta del todo natural. Por su parte, las puntuales coreografías de Zaida Ballesteros aportaron fluidez a una función en la que, acertadamente, los diálogos hablados quedaron reducidos al mínimo. No obstante, la producción acusó ocasionalmente cierta falta de ritmo e intensidad, diluyendo así parte del nervio cómico y teatral inherente a la obra.
Este aspecto quedó ampliamente compensado por la chispeante e inspirada dirección de Salvador Vázquez, verdadero protagonista musical de la función, ya desde una obertura de gran brillantez y empuje. El actual titular de la Orquesta de Córdoba fue profeta en su tierra y confirmó su indudable talento desde el foso, con un atinado acompañamiento a las voces y una lectura que supo realzar la dimensión teatral y el dinamismo de la partitura. Bajo su dirección, la Filarmónica de Málaga ofreció una prestación excelente, a la altura de sus mejores logros; correcto, aunque no a su mejor nivel, el Coro Intermezzo.
En el apartado vocal destacó especialmente la pareja formada por la Marie de Rocío Pérez y el Sulpice de Javier Franco. La química entre ambos, su frescura y naturalidad escénica resultaron evidentes desde el comienzo de la velada y constituyeron uno de los pilares fundamentales del éxito final. También contribuía a ello la propia diferencia generacional entre los intérpretes: la espontaneidad juvenil de Rocío Pérez y la madurez escénica de Javier Franco reforzaban de manera muy creíble la relación paternal de Sulpice con la bisoña Marie.
Vocalmente, Rocío Pérez fue claramente de menos a más. Tras un inicio algo tímido en el que evidenció problemas para proyectar su instrumento, unido a la ausencia de una mayor anchura en el registro central y grave, si bien suficiente, la soprano madrileña terminó convenciendo por su innegable entrega y solvencia técnica. Especialmente impactantes resultaron tanto el brillante sobreagudo con el que coronó “Salut à la France” en el segundo acto, como el remate final de la función, que sobrevoló por encima de orquesta y conjunto vocal para proyectarse por toda la sala con una incisiva tímbrica que, comprensiblemente, desató la entusiasta ovación del público.
Por su parte, Javier Franco volvió a demostrar esa profesionalidad y eficacia dramática que lo convierten en un intérprete siempre fiable y bienvenido. Sin poseer quizá una voz particularmente seductora en lo tímbrico, su inteligencia teatral, musicalidad y notable capacidad para la caracterización deparan interpretaciones de gran interés. Su Sulpice estuvo lleno de humanidad e intención expresiva en una temporada en la que, sólo en Andalucía, el barítono coruñés ha ofrecido excelentes intervenciones recientes tanto en la recuperación de Margot de Joaquín Turina en Córdoba como en su intenso debut como Macbeth verdiano en esa misma ciudad.
Tonio fue un Juan de Dios Mateos de gran presencia escénica y generosa entrega que en lo vocal evidenció problemas técnicos importantes. Su tendencia a ofrecer un sonido engolado condicionó una emisión forzada y poco grata tímbricamente. Aun así, el cantante intentó sostener la interpretación desde el fraseo y cierta elegancia musical, aunque inevitablemente limitada por esas dificultades de base.
También Marina Pardo atravesó algunos problemas en su primera aparición como Marquesa de Berkenfield, con una línea de canto quebrada y un vibrato excesivamente abierto que por momentos parecía descontrolado. Sin embargo, conforme avanzó la función, su participación ganó estabilidad, corrección e incluso un apreciable sentido cómico en el segundo acto.
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