Y así, en un bello día de este mes, volví luego de mucho tiempo a Gran Canaria y al teatro de ópera de Las Palmas (dedicado a un nativo de la importancia de Don Benito aunque no esté hoy de moda -y se nota-) para uno de los títulos de la temporada 59 de los Amigos Canarios de la Ópera. Tal visita no habría sido posible de no contar con la exquisita ayuda de la Oficina de Turismo de la isla y de la no menos amable Oficina de Prensa del Teatro.
La belleza de afuera se encontró también adentro de las paredes. No sólo la bella sala a la italiana, sino lo que se oía desde el foso y el escenario.
El buen estado de la orquesta quedó confirmado con la atenta y esmerada dirección de , especialista del repertorio de esta época (digamos ‘verista’ aunque sea un poco o muy inexacto), quien extrajo una buena sonoridad de enorme tensión y volumen sin cubrir a las voces, lo que es mérito raro en estos tiempos. Se lo aplaudió con fuerza también.
Fue buena la actuación del coro, como siempre preparado por , que se beneficiaría de un mayor número de componentes.
En el aspecto escénico estuvimos ante una producción propia de corte más que tradicional antiguo, sin nada particular que notar, salvo quizá que en el primer acto la caracterización de la aristocracia resultaba tan exagerada que no llegué a saber si era algo hecho expresamente para simbolizar la decadencia final de una clase que corría a su destrucción.
Había muchos debuts tanto en pequeños roles como en principales. El conjunto de los roles ‘secundarios’ (aunque alguno muy importante) fue en conjunto aceptable. Tal vez los mejores fueron la Bersi de (que figura como mezzosoprano, pero si bien el timbre es más bien oscuro, yo creo haber escuchado una voz de soprano) y el Mathieu de . Si convenció plenamente como la Condesa de Coigny, madre de Maddalena, no logró lo mismo con la anciana Madelon, a la que afectó un fuerte vibrato.
Tampoco sobresalió particularmente en un papel tan apetitoso como el Incroyable, y (que dobló como Fléville) hizo un Roucher caricaturesco que terminó afectando a su rendimiento vocal.
De los tres principales, dos se presentaban también por primera vez en el Teatro. El Gérard de -muy festejado en su aria del tercer acto y al final- ofreció, tras un primer acto olvidable, una buena muestra de vocalidad amplia y oscura, pero poco más. Ni por fraseo ni por interpretación ni por matices fue más allá de la corrección.
Otro fue el caso de . Muy otro. Siempre me ha parecido una soprano lírica que cuando asume papeles más fuertes no acaba de convencer. Pero su Maddalena esta vez lo hizo plenamente. No sólo fue seguro el agudo, caudaloso el centro, y suficiente si no bello el grave, sino que no ha perdido calidad tímbrica y se lució en su gran aria ‘La mamma morta’ (muy esperada) y en los dos grandes dúos con el protagonista.
Este fue confiado -me descubro ante quien tuvo la sagacidad de pensar en él- nada menos que a Piotr que últimamente lo ha cantado con gran éxito en Salzburgo y el Metropolitan. Si la carrera está girando a papeles de mayor peso (sería de desear que no abandonara de todo al menos algunos papeles del repertorio francés en que ha dejado huella y ejemplo) se advierte siempre el paso reflexivo del gran cantante, un portento de técnica que ha oscurecido algo su registro central y grave sin perder ni la eficacia ni el brillo en el agudo.
La voz está más ancha y responde plenamente y su ‘Improvviso’ inicial provocó una ovación de otros tiempos (que de paso puso de relieve el gusto y la capacidad de juicio del respetable, básicamente local). También fueron muy aplaudidos los dos grandes dúos con Αgresta, el solo ‘Si fui soldato’ (y eso que viene luego de ‘Nemico della patria’ y ‘La mamma morta’ que son tradicionalmente los ‘vencedores’ del ‘torneo’ del tercer acto), y lo que menos pareció apreciarse -a telón abierto- a juzgar por la duración del aplauso, tal vez por el cansancio y la excitación provocados por el acto anterior fue esa maravillosa elegía del último poema de Chénier que abre el cuarto y que por sus características Beczala ha cantado mucho antes de decidir a afrontar el rol.
Sus medias voces, sus matices, siempre presentes en toda la obra, que demostró que no se trata de un rol en el que haya que desgañitarse para lucirse y sacar a la luz la esencia del personaje (todo lo contrario: es un poeta), fueron tanto o más memorables que en el resto de su actuación, por lo demás saludada al final con ovaciones estruendosas.
El Teatro, para un día de semana por la noche, ofrecía una muy buena entrada.
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