Hace pocos días se programó en Barcelona un concierto dedicado a obras de y . Se trató de un brillante recital pianístico de Nikolai , quien nos ofreció obras originales de Schumann y dos transcripciones de grandes momentos operísticos wagnerianos. Tuvimos ocasión de hablar del perfil romántico de ambos autores. Pocos días después, el Palau de la Música acoge un programa que reúne de nuevo a estos dos grandes compositores, en esta ocasión, en el terreno de la música sinfónica y vocal.
Afloran de nuevo el Romanticismo y el Nacionalismo alemanes; afloran imponentes las aguas del Rin, con toda su fuerza y energía en dos estampas mágicas, de distintos colores y trazos, pero capaces ambas de colmar de poesía las aguas de ese tan significativo río en la vida y la personalidad de Alemania.
Y es que y la Orquesta del Festival de Budapest, habituales en las veladas musicales barcelonesas, han elegido para su último concierto dos obras que no sólo marcan el profundo espíritu romántico y nacionalista de los compositores, sino que sitúan el Rin como centro de atención y de acción de la música de dos artistas vivamente relacionados con el famoso río.
Schumann concibió su Tercera Sinfonía como un compendio de escenas de la vida cotidiana junto al Rin, con cuyas aguas, no lo olvidemos, el compositor intentó aliarse para acabar con su propia vida en el famoso intento de suicidio de 1854. Wagner también amaba profundamente el Rin, hasta el punto de que lo situó como centro geográfico y neurálgico de su obra cumbre, la colosal tetralogía El Anillo del Nibelungo, de la que, en el día de hoy, se nos ha ofrecido un fragmento de la segunda parte de la misma, La Walkiria.
La Orquesta del Festival de Budapest se puso manos a la obra con la sinfonía schumanniana, mostrando todo su poderío sinfónico, su transparencia, su claridad de exposición en la diferenciación de los planos sonoros (¡qué bien suenan los metales de esta orquesta!), en fin, otorgando a la obra su máximo esplendor y trabajando los más pequeños detalles, y no hace falta decir que la sinfonía está repleto de ellos; de sutilidades, de crescendos, de sublimaciones… es un producto del Romanticismo más puro, y así sonó bajo la batuta de Fischer y en los instrumentos de los profesores de la orquesta, cuya brillantez en la interpretación nos trajo a la memoria felices momentos, brahmsianos y mahlerianos, que tuvimos ocasión de vivir en temporadas anteriores.
Ya desde el inicio, con el impetuoso tema principal del primer movimiento, en forma de fanfarria, y en el desarrollo y recapitulación, nos quedó claro al público asistente, que casi llenábamos por completo la sala, que la calidad de los intérpretes no había decaído en lo más mínimo desde las visitas anteriores. Y todo continuó de la mejor manera posible, en especial en el contraste establecido entre el contemplativo y camerístico movimiento lento, donde se prescinde de la percusión y los metales, y el poderoso Feierlich, asociado generalmente a una ceremonia eclesiástica en la Catedral de Colonia, donde la sección de viento exhibe de modo solemne sus posibilidades acústicas, inspirada en el rigor de la música de Bach.
Wagner fue otra historia. Ni mejor ni peor, diferente, porque muy diferente es el concepto de drama wagneriano frente al sinfonismo schumanniano, y en especial, tratándose de uno de los momentos cumbre, la escena final de La Walkiria, con una enorme carga dramática, que queda muy alejada del espíritu optimista que reina en la Sinfonía Renana. Estamos ante el intenso dúo entre Wotan y Brunilda, bajo un complejo acompañamiento orquestal (en algunos momentos, mucho más que un simple acompañamiento) en el que subyace un laborioso intríngulis de temas, “sub-temas”, y “leit-motivs”, que custodian, con personalidad propia, el diálogo entre padre e hija primero, y después el emotivo monólogo de despedida de Wotan (con etérea aparición del semidiós Loge incluida) que pone punto final a esta segunda jornada de la Tetralogía.
Acabamos de mencionar la fuerte personalidad de la parte orquestal que acompaña el dúo entre soprano y bajo, y precisamente, es quizás este punto lo único criticable en la interpretación de la orquesta, pues, tan temperamental se muestra la parte orquestal y tan robusta la personalidad y el sonido de la orquesta que nos visitó, que en algún momento pareció que las voces humanas quedaban algo aplastadas por la brillantez y riqueza de los temas orquestales. Pero, repito, eso me pareció escuchar sólo en momentos puntuales. En general, el sonido de la orquesta resultó, una vez más, fantástico, con empaque, reforzando las voces de los solistas, y esgrimiendo un tempo atractivo, el impuesto por la veteranía de un Iván Fischer al que vimos disfrutar plenamente con este reto wagneriano.
En cuanto a las voces, decir que estuvieron del todo a la altura de la orquesta y del director. A la soprano sueca Angela , que ha destacado en interpretaciones wagnerianas y straussianas, como Senta y Elektra, quizás le faltó un poco de potencia vocal (hay que tener en cuenta que acaba de cumplir 62 años) pero lo suplió con creces gracias a su enorme experiencia y a su capacidad dramática, mientras que, por lo que se refiere a Hanno , debo reconocer que me sorprendió muy positivamente, ya que lo conocía sobre todo desde la vertiente liederística, más que la operística.
Recuerdo con especial cariño su aportación a los lieder de Schubert, Mahler y Brahms, así como su participación en la grabación de El Pregrinaje de la Rosa de Schumann bajo la dirección de , pero tenía mis dudas sobre cómo abordaría este complicado papel de Wotan. Ciertamente, Müller-Brachmann se mostró firme y seguro, capaz de establecer un ambiente dramático ideal en su diálogo con Angela Brimberg. Su elegante voz matizó a la perfección la cara más implacable del dios al inicio de la escena, y lo más sentimental y nostálgico de su carácter en el monólogo final.
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