Una golosina musical nos trajo la visita de la en su paso por Santander con un virtuoso del violonchelo como solista y director, Narek , y un programa con Mozart, Chaikovski y Dvorák con obras amables y muy digeribles.
Para abrir boca se inició el concierto con el Divertimento en Re mayor KV 136 de Mozart, un espectáculo musical en sí mismo, que sigue manteniendo su popularidad desde la fecha de su composición, allá en 1772, con un Wolfgang de 16 años de edad, y ya maestro de la melodía elegante. Los tres movimientos que lo componen (Allegro-Andante-Presto) demostraron la precisión de la Wiener Kammerorchester realzada por la sutileza del fraseo y la dinámica.
Hakhnazaryan impulsó la tendencia natural de la orquesta con remates que elevaban mágicamente las notas al final de las frases más significativas. El delicioso tema del Allegro inicial y su desarrollo posterior enlazó con un Andante cálido y elegante que fue acelerando el ritmo hasta el enérgico Presto final en un excelente ejemplo de estas composiciones frescas y alegres, aunque no fáciles, del Mozart adolescente, y con un resultado sumamente placentero.
Abandonando la batuta y como pieza central del concierto, Hakhnazaryan ofreció su versión de las famosas Variaciones sobre un tema rococó Op.33 de Chaikovski, toda una prueba de fuego para todo violonchelista, donde el laureado armenio puso toda la carne en el asador. El solista supo resaltar el lirismo de la obra superando con asombrosa facilidad todo los desafíos técnicos con notable amplitud interpretativa. En particular, su mano derecha, libre y relajada, produjo una admirable gama de timbres, desde lo oscuro y apasionado hasta lo relajado y ligero. Fue patente su alegría disfrutando de esta difícil obra de Chaikovski mostrándose con pasión y pulcritud como un intérprete maduro y sensible.
En la segunda parte del concierto, Hakhnazaryan volvió a asumir la dirección o concertación de la orquesta con la Serenata para cuerda en mi mayor de Antonín Dvorák, planteando esa concertación de manera muy natural, marcando lo imprescindible, apuntando o sugiriendo aquí y allá, pero siempre cuidando de que la orquesta se fundiera en un concepto claro donde los contrastes, ritmos y acentos llegaran al oyente con claridad y energía.
La suave apertura estableció el tono de toda la obra, que se desarrolla en cinco movimientos concisos. El ritmo se fue acelerando gradualmente en el vals del segundo movimiento conduciendo al enérgico Scherzo-Vivace del tercero. Luego Dvorák se vuelve introspectivo con su melodía melancólica del Larghetto para desembocar en el jubiloso Vivace que tanto nos recuerda las Danzas eslavas más alegres del compositor checo.
La cohesión y redondez sonora de los Wiener quedó refrendada después en las dos propinas ofrecidas: Una Danza popular armenia y la Pizzicato-Polka de Strauss.
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