Y allá que nos vamos, a la Casa de la Radio parisina en el pasablemente aburrido distrito XVI, al borde del Sena, al ladito de la Estatua de la Libertad y con vistas a la Torre Eiffel.
Sala bastante llena para un programa que no es de los más populares. ¿Será que el dúo de pianistas ya ha empezado a funcionar en redes y yo todavía no me había enterado? La cosa no es imposible, porque se trata de dos veinteañeros rubiascos que no desmerecerían como dúo pop. De hecho, cuando tocan a menudo ponen caras de esas que parece que vayan a llegar al orgasmo simulado.
Ay, soy malo. Porque una cosa son las caras que pongan o dejen de poner, y otra el resultado musical. Y este es óptimo. La supuesta afectación que servidor de ustedes podría detectar en los gestos faciales de los hermanos Jussen no se trasluce en su interpretación musical, en que todo es sencillo, sin añadidos, y en que no falta el carácter juguetón que la partitura respira (no en balde se sospecha que Mozart compuso la obra para tocarla con su hermana).
Virtuosismo sin alharacas, bien calibrado. Y bien acompañado por la Orquesta Nacional de Francia, con ese sonido tan pleno de las orquestas modernas, dirigida con tacto, con sentido mozartiano por Thomas Guggeis (que a pesar de un notable historial en Frankfurt, Berlín y Viena, es tan rubio como sus solistas y no parece mucho mayor). Un muy bonito momento gracias a una partitura con el genial encanto que Mozart sabía ponerle a la cosa.
Y los hermanos Jussen agradecen los aplausos con Zirkusparade de Jörg Widmann, tónica y divertida.
En la segunda parte, la que tal vez sea hoy en día la obra más popular de Zemlinsky, La Sirenita, basada en el famoso cuento de Andersen. Y tal (relativa) popularidad no es de extrañar, porque a pesar de no poderse contar entre las obras de madurez del compositor, esta suerte de poema sinfónico (según el autor se trataba más bien de crear ambientes y sensaciones de que contar una historia) es una de las páginas más tiernas y más inmediatamente atractivas del repertorio sinfónico.
Aunando influencias de Richard Strauss (al parecer la audición de Una vida de héroe fue el detonante para la composición de La Sirenita), de Mahler, pero también de Debussy y aun de Massenet (que en su día tuvo más influencia de la que hoy le queremos suponer), Zemlinsky crea una obra que encandila.
Y para encandilarnos, Tomas Guggeis cuenta con los estupendos solistas de la Orquesta Nacional de Francia: los solistas de saxofón y trompa demuestran que sus respectivos instrumentos pueden ser suaves como terciopelo, clarinete y corno inglés dan intensidad a sus partes, y la timbalera, matices a sus timbales, las arpas muestran puntualidad y dominio de los arpegios (justamente), y ternura la concertino. Guggeis, atento a todos los pupitres, comunica entusiasmo, sin olvidar matices como esos piani de los violines en ostinato, haciendo un buen trabajo de empaste y de equilibrio entre los pupitres, creando emoción.
Entusiasmo del público al acabar la obra. A mi lado, dos veinteañeros comentan lo mucho que les ha gustado esta Sirenita. No hay mayor placer que descubrir (o re-descubrir) una obra hermosa.
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