Desde que dejó la titularidad de la orquesta en 2022, Dima vuelve todos los años a la Sinfónica de Galicia. Siempre es un reencuentro deseado por los músicos y por el público, y siempre se nota la complicidad y el cariño entre el maestro, los instrumentistas y respetable: a un lado del escenario, los miembros de la orquesta se entregan a fondo, y al otro los aplausos son tan intensos como la atención.
Es muy arriesgado comenzar un concierto en este teatro con El fauno de , porque su ingrata acústica necesita un cierto tiempo para que el espacio se llene de música. Y sin embargo Slobodeniouk -buen conocedor de la sala- se las ingenió para que se escuchase todo desde el primer momento: precioso y elegante fraseo de la flautista (y no menos precioso el relevo que tomó el oboísta ).
Además, lo que no daba la acústica lo suplía la vista, que ayuda mucho a percatarse de las mil sutilezas de esta partitura, gracias a que Slobodeniouk estuvo atento a todas ellas. No es una pieza que invite a la ovación, y los aplausos del público no fueron más allá de la cortesía, lo cual refuerza el valor histórico de esta partitura, tan aparentemente inocua como radicalmente rompedora.
Manuel de se pasó media vida haciendo y deshaciendo El amor brujo en incontables versiones. Tal vez esta última de 1925 es la que menos “gitanería” transmite (entre otras cosas, porque no hay canto -o mejor dicho, cante-), pero por otro lado es la que mejor pone de relieve su fina orquestación. Seguramente, también es la que mejor se adapta a la personalidad artística de Slobodeniouk, director muy serio y poco dado a los efectismos.
Así, no eché de menos la voz en las canciones “del amor dolido” y “del fuego fatuo”, me gustó la precisión de la “Danza del terror”, como el recogimiento de “El círculo mágico”, o la fuerza contenida de la famosa “Danza ritual del fuego”. No obstante, el final sin voz me resultó algo artificial, seguramente porque aumenta la sensación de brevedad un tanto forzada que de por sí tiene. De todos modos, no se le puede poner ni un pero a la interpretación de Slobodeniouk y la orquesta, rotunda y clarísima.
La Rapsodia española de , por muy española que se llame, no es una obra especialmente jacarandosa (como dice en las notas del programa “aquí no hay voluntad documental ni folclore etnográfico”). En el “Preludio a la noche” Slobodeniouk acertó a dar su color difuminado en la madera sobre una cuerda muy delicada; el secreto de la “Malagueña” y de la “Habanera” está en el mantenimiento de un pulso que es irregular pero constante, y a fe que se consiguió; como se consiguió la energía sujetada que pide la “Feria” final, sin exageraciones sonoras pero con ritmo implacable.
Lo mismo sucede con La Valse, que no es una pieza vienesa, pero sí es lo bastante estrepitosa como para garantizar de manera infalible la ovación del público (si nos creemos lo que dice la web Bachtrack.com, se trata de la composición más interpretada en las salas de concierto de todo el mundo). Aquí sí está el Ravel más brillantemente orquestador y mejor prestidigitador de colores y timbres. Y también está el Ravel técnicamente más difícil de tocar.
La cosa exige de maestro y orquesta una fuerte tensión para conseguir la base del ritmo ternario y a la vez no temer sus súbitas excursiones sincopadas; para medir al milímetro dinámicas extremas que deben sonar limpias; y sobre todo para doblar cada esquina con la cintura de un bailarín experimentado (y hacerlo sin perder el empaste). Me habría gustado que Slobodeniouk se permitiera un rubato pronunciado -en el glissando de las arpas y después en la cuerda- cuando entran los violines con el primer tema de vals tras la oscura introducción, pero por lo demás sólo puedo celebrar una interpretación que cumplió sobradamente con esos requisitos.
Quiero felicitar en particular a la sección contrabajos de la Sinfónica de Galicia, verdadero pilar de la obra: la mera escucha puede dejar en un segundo plano su intervención, pero la observación atenta permite discernir el arduo trabajo que les impone la partitura, a quienes requiere una concentración máxima en los ritmos irregulares, los muchos episodios que deben tocar en divisi, y las continuas subidas y bajadas de la sordina (que en este instrumento obliga a su tañedor a doblar el espinazo en una fracción de compás).
Desde 1996, informamos con independencia sobre música clásica en español.
Para disfrutar plenamente de nuestros contenidos y servicios, regístrate ahora. Solo lleva un minuto y mejora tu experiencia como lector.
🙌 Registrarse ahora
Comentarios