España - Castilla y León

El show

Samuel González Casado
Pablo Ferrández
Pablo Ferrández © Kristian Schuller | OSCyL
Valladolid, sábado, 6 de junio de 2026.
Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Pablo Ferrández, violonchelo. Thierry Fischer, director. Dvořák: La paloma del bosque, op. 110. Haydn: Concierto para violonchelo n.º 1 en do mayor. Dvořák: Danzas eslavas op. 46: n.os 3, 6 y 8; op. 72: n.os 2, 5 y 7. Haydn: Sinfonía n.º 8 en sol mayor, “La tarde”. Ocupación: 97 %.
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Este original programa destacaba sobre el papel por una segunda parte en la que se entreveró una selección de las Danzas eslavas de Dvořák con los cuatro movimientos de la Sinfonía n.º 8, “La tarde”, de Haydn

Sin embargo, la sensación que se impuso al término del concierto, más que la de esa originalidad, fue que el programa se había concebido a modo de show, donde la mayoría de los elementos se abordó más como una forma de divertimento que como una sesuda comparación entre similitudes y diferencias de autores diversos y la forma en la que conciben la danza. 

En sus interesantes notas, Joseba Berrocal relaciona esta disposición con la costumbre del “concierto misceláneo” de finales del xviii y principios del xix, donde se interpretaban distintos movimientos de obras diversas; pero más allá de esto no hay demasiada información.

Sobredimensión estilística

Pablo Ferrández colaboró con este ambiente con su característica forma de abordar el Concierto para violonchelo n.º 1 de Haydn. En el primer movimiento tuve la misma sensación que cuando escucho, por ejemplo, a Javier Perianes interpretando Mozart: siento una sobreabundancia que no contribuye en nada a mi concentración. Con Ferrández, en ocho segundos he escuchado algo que me gusta, algo que no me gusta y algo que no sé si me gusta. En cuatro compases encuentro un montón de hallazgos que se me presentan sin solución de continuidad. 

Esto no tiene que ver con el asunto visual, siempre tan comentado por parte del público, ya que los movimientos de Ferrández, sus miradas de complicidad, su recolocación del violonchelo y, en general, su energía física y toda la comunicación carismática con los oyentes no me despistan; simplemente no me importan, ni me interesan, aunque evidentemente tengan relación con cómo aquí el artista edifica (y sobredimensiona) su única planta primera.

A estas alturas tengo muy claro que, cuando se interpreta cualquier obra, el concepto se define tanto por lo que no se permite dentro de la música como por lo que se ha permitido fuera de ella. Si alguien me pregunta cuál es el concepto con el que Ferrández abordó la obra de Haydn, me es imposible responder. Sí puedo hacerlo si me preguntan por su estilo; pero los estilos, si no se relacionan con su contribución específica, se recuerdan como anécdota y no van mucho más allá. Sería absurdo que yo recordara el recital de Sokolov en Oporto de hace tres meses por su estilo; evidentemente lo recuerdo por cómo su interpretación supo extraer las máximas cualidades de Schubert y Beethoven sin anteponerse jamás a los compositores, y cómo creó un todo difícilmente divisible.

En la trabajada versión de Ferrández, Haydn es un artista invitado, o un actor secundario; pero a mí Joseph me gusta lo suficiente (mucho) como para haber sido inoculado con el infalible estimulante del propio show del compositor, que emplea códigos muy precisos pero de grandes posibilidades. El asunto está en que el show de Haydn quizá no sea suficiente hoy para captar todas las atenciones a las que aspiramos; y, sin embargo, esas posibilidades se pueden asomar en la interpretación de Ferrández, como por ejemplo ocurrió en algunas frases en el segundo movimiento, donde el chelista encontró momentos que transmitió como si de repente susurrara que sabe alcanzar la magia desde otra manera de construir. En el tercero, precisamente por su desatada velocidad, hubo poca ocasión de microfrasear, y por eso mismo el solista incluyó donde pudo toques de humor, cosa loable, con alguna menos loable acentuación que sin embargo no atacó demasiado a un conjunto mucho más coherente.

Comprendo el estilo de Ferrández, comprendo lo que lo ha llevado a ocupar un puesto en el mercado y triunfar por todo el mundo, a ser valorado por su continua creatividad y musicalidad, y comprendo que le haya encantado a buena parte público del CCMD. Pero creo que esta obra ganaría con un cambio de perspectiva que no renunciara a parte de lo esencial de lo que caracteriza al intérprete; y, sobre todo, lo haría si este edificara un segundo piso, para justificarla, con mayor perspectiva, gracias a una depuración donde se utilizara una idea desarrollada que dirigiera a las demás. Supongo que terminará ocurriendo.

La comparación como excusa

De la segunda parte me sorprendieron varios asuntos. Como he dicho, no me pareció que la combinación de Haydn y Dvořák fuera lo más interesante del mundo, y creo que el contraste estilístico se impuso a cualquier otra cosa, esencialmente porque las danzas sonaron con una contundencia nada refinada y Haydn, sin embargo, fue maravillosamente sutil. 

¿Cómo iba a pensar que estaría deseando que cada danza eslava terminara cuanto antes para poder seguir disfrutando con una sinfonía temprana de Haydn? Pero esta sinfonía, que remite a épocas anteriores y da protagonismo a varios instrumentos, es tan maravillosa que hizo que la brutalidad de Thierry Fischer con la Danzas palideciera a favor de la máxima expresión de su delicadeza.

A lo anterior contribuyó que la cuerda aguda no se mostrara en plena forma con Dvořák y sonara realmente difusa: hubo muchas caras nuevas y, en general, se echó en falta unidad, y por lo tanto presencia útil y equilibrada. Esto ya se había puesto en evidencia con la primera obra interpretada, el poema sinfónico La paloma del bosque, bien construido en cuanto a dinámicas y con un fraseo suficiente por parte de Fischer, pero algo falto de compromiso o pasión más allá del impacto.

En las danzas, las partes más melódicas a veces quedaron sepultadas por metales y percusión, e incluso se abordaron sin carácter (imperdonable la aquí robótica Danza n.º 2 del op. 72). En contraposición, los solistas (hay que llamarlos así) de la sinfonía, sin ser absolutamente perfectos, dieron lo mejor de sí mismos, y sobre todo transmitieron un encanto que sonaba raro dentro del conjunto. Ya podría haberse dado algún trasvase hacia Dvořák, dada la cercanía. 

Evidentemente no todo en las danzas fue criticable, ya que su contundencia al menos cumplió su función en la parte más efectista de un enfoque donde el contraste y el espectáculo, a fin de cuentas, formaban parte del show.

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