La orquesta de la escasez abundante © 2026 by Vicente Salvá
Hay instituciones que padecen pobreza. No es el caso de la Real Filharmonía de Galicia.
Durante años, cada vez que aparecía una petición, una reivindicación o una simple pregunta, emergía la misma respuesta: no hay dinero. No hay dinero para esto. No hay dinero para aquello. No hay dinero para lo otro.
Pues bien, ya podemos consultar en el Portal de Transparencia el presupuesto de 2026. Y resulta que la indigencia asciende exactamente a 5.210.775,94 euros.
La penuria, como se ve, goza de una salud envidiable. Porque en 2022 aquella misma escasez disponía de 4,57 millones. Hoy supera los 5,21 millones.
Seiscientos treinta y cinco mil euros más. Un crecimiento cercano al catorce por ciento.
Hay fondos de inversión que firmarían encantados semejante miseria.
Naturalmente, siempre habrá quien explique que cinco millones son pocos. En el mundo de la gestión cultural existe una extraña ley según la cual cualquier cantidad de dinero se vuelve insuficiente en el mismo instante en que aparece. Pero los números tienen una desagradable tendencia a existir. Y los números dicen que el presupuesto crece. Lo que no crece es la transparencia.
Porque justo el año en que los ciudadanos podrían analizar con más detalle las cuentas, desaparece la asamblea abierta con abonados y espectadores. Qué casualidad. Una asamblea, por cierto, extraordinariamente barata. No exigía director invitado. No requería solista internacional. No necesitaba alquiler de partituras. Ni siquiera demandaba una partida específica de 170.000 euros para giras y audiciones. Solo exigía una cosa. Responder preguntas. Y ahí empiezan los problemas. Las preguntas son criaturas molestas. No respetan jerarquías. No distinguen entre gerentes, directores artísticos o sacerdotes del presupuesto. Simplemente aparecen. Preguntan. Y esperan respuesta. Por eso resulta tan práctico eliminar el lugar donde se producen. Sin preguntas no hay respuestas incómodas. Sin respuestas incómodas no hay problemas. Y sin problemas todo parece funcionar maravillosamente. Al menos sobre el papel.
Ahora bien, si uno se sumerge en los pliegos del Portal de Transparencia y de los contratos, encuentra una comparación irresistible. El director artístico y titular de la Real Filharmonía fue contratado por 240.000 euros para dos años, es decir, 120.000 euros anuales, repartidos entre la dirección artística de la orquesta, la dirección titular y la dirección de la Escuela de Altos Estudios Musicales. Según el propio contrato, su labor como director titular implica ocho semanas de trabajo presencial al año, ocho programas musicales y un máximo de diecisiete conciertos. Nada ilegal. Nada oculto.
El presidente del Gobierno de España percibe alrededor de 93.000 euros anuales. Yo no soy nadie para cuestionar si los merece. El hombre dirige una nación de casi cincuenta millones de habitantes. Bueno dirigir, lo que se llama dirigir, tal vez es demasiado decir. El otro dirige una orquesta de cincuenta músicos. Uno gestiona presupuestos de centenares de miles de millones de euros. El otro una institución que ronda los cinco millones. Uno trabaja los doce meses del año. El otro tiene contractualmente previstas ocho semanas presenciales de actividad como director titular. Y, sin embargo, el presidente del gobierno cobra menos. Apenas 93.145 euros al año.
Aunque quizá lo más enternecedor sea que ambos comparten una misma costumbre navideña. Cuando se acercan las fiestas, los dos escriben cartas. Uno la envía a toda una nación. El otro la remite al periódico local. Cada cual gobierna el territorio que tiene a mano.
Al final, la cuestión no es cuánto cobra nadie. La cuestión es otra. Si una institución pública dispone del mayor presupuesto de su historia, ¿por qué parece tan incómoda cuando alguien pregunta por él? Porque los presupuestos pueden crecer. Los contratos pueden crecer. Las partidas pueden crecer. Lo único que no debería disminuir jamás es la disposición a dar explicaciones. Y vuelvo con la preguntita: ¿Por qué este año no hubo asamblea con los abonados y los espectadores? Sin preguntas, sin explicaciones y sin rendición de cuentas, ya se puede levantar la alfombra y esconder toda la suciedad debajo. Nadie se enterará. O al menos eso esperan.
Lo que no pueden suprimir es la obligación legal de publicar información en el Portal de Transparencia. Tampoco la capacidad de leer. Uno puede leer incluso el contrato del director artístico. Porque su sueldo sale de los bolsillos de los contribuyentes. Y porque hay leyes que les obligan a publicarlo. En esos documentos pone negro sobre blanco que el Director Artístico debe reunirse con la Dirección Técnica, coordinarse con la Dirección Técnica, consensuar con la Dirección Técnica, calendarizar con la Dirección Técnica y comparecer ante la Dirección Técnica con una frecuencia que ya quisieran algunos matrimonios bien avenidos.
A mitad de lectura uno ya no sabe si la directora dirige al director que dirige la orquesta o si el director dirige la orquesta que la directora dirige dirigiendo al director. La directora coordina al director coordinado mientras el director coordina con la directora coordinadora la coordinación de lo coordinado. El director consulta a la directora para decidir lo que la directora decide consultar con el director. La directora programa al director para programar la programación programada por la directora y el director programador. La orquesta sigue al director que sigue a la directora que sigue al director. Y cuando por fin parece que el director lleva la batuta, resulta que la batuta lleva al director hasta la directora que lleva la batuta del director que lleva la orquesta.
Al final, uno ya no sabe si manda la directora, si manda el director, o si manda el fantasma del gran piano , que desde aquella aciaga tarde contemporánea de hace dos años debe de andar pidiendo protección patrimonial. Lo único seguro es que la flauta no manda. Aunque, en esta casa, uno ya no pondría la mano en el piano por nada ni por nadie.
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