Vox nostra resonat

El fin de la era Hoka

Vicente Salvá
Que le dice una oca a otra Hoka Que le dice una oca a otra Hoka © 2026 by Vicente Salvá
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Había algo único en aquel director que se encaramaba al podio calzado con unas Hoka monumentales, como si fuera a completar los últimos kilómetros de una media maratón. Durante años defendió aquella estética con la convicción de quien se sabe poseedor de una verdad superior: la comodidad elevada a categoría artística, la amortiguación convertida en programa cultural.

Y entonces ocurrió el milagro.

No descendió ninguna musa sobre la sala de conciertos. Bastó esa forma tan cruel que tiene el público de mirar sin decir nada cuando duda si en el podio hay un director de orquesta, un coach o un influencer de las deportivas de marca.

Pues si: un día aparecieron los zapatos.

¡Zapatos!

Qué palabra tan sencilla y qué revolución tan inesperada.

La escena produjo una auténtica conmoción entre los habituales. Porque cuando alguien que ha hecho bandera de una extravagancia renuncia a ella, la tentación inmediata es pensar que la conversión no termina ahí.

Si ha entrado en razón por los pies, ¿entrará también en razón por los oídos?

Hubo quien quiso ver en aquellos zapatos un programa electoral. Un manifiesto silencioso. Un adelanto de la próxima temporada. Quizá después de años de partituras empeñadas en demostrar que una hormigonera y una crisis existencial pueden compartir pentagrama, regresen por fin Brahms o Chaikovski. Quizá esos zapatos clásicos anuncien una temporada clásica.

Sería hermoso. Pero también improbable.

Hoy unos Bally; mañana, quién sabe, un regreso al repertorio que el público añora y no al que necesita un manual de instrucciones, un mapa conceptual y dos conferencias previas para averiguar dónde empieza y dónde termina la cometa de turno.

Pero la experiencia aconseja prudencia.

Porque el lobo muda el pelo, pero no las costumbres y aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Los más suspicaces piensan que no estamos ante una conversión estética sino ante una operación de imagen. Un gesto calculado para transmitir serenidad, madurez y respetabilidad justo cuando se acercan ciertas decisiones sobre contratos, renovaciones y futuros inmediatos.

Hay quien se deja barba para parecer intelectual. Hay quien se compra unas gafas de pasta. Y cuando has hecho ambas cosas y aún no has conseguido transmitir respetabilidad, quizá ha llegado el momento de sumar unos Bally.

No sería el primer caso de marketing podológico de la historia.

Después de años desafiando todas las convenciones posibles, acabó rindiéndose precisamente ante la más elemental de todas: que un director de orquesta suele parecer un director de orquesta.

Ahora bien: que nadie confunda el envoltorio con el contenido. Un par de zapatos no convierte automáticamente una temporada en sensata, del mismo modo que unas zapatillas de última generación nunca lograron que ciertos programas dejaran de parecer la banda sonora de una avería industrial.

La llegada de los zapatos tiene algo de rendición diplomática. No una derrota, porque los artistas woke jamás admiten derrotas; ellos las llaman evolución, reflexión o búsqueda de nuevos caminos expresivos. Pero allí están los zapatos, brillando bajo las luces del escenario como un comunicado oficial de retirada.

Los zapatos son una señal.

Tal vez una esperanza.

Tal vez una estrategia.

Tal vez una apuesta perdida.

O tal vez nada de eso.

Quizá simplemente descubrió lo que el resto del mundo sabía desde hace años: que para dirigir una orquesta no hacen falta unas deportivas.

Las Hoka ya se han rendido. La incógnita es cuánto tardará en rendirse también el respetable. Convendría averiguarlo antes de que se vacíen las arcas y los espectadores compostelanos descubran que el Palacio de la Ópera de A Coruña queda a poco más de media hora por autopista.

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