Tras más de un siglo de ausencia en el Teatro Real, el coliseo madrileño ha querido enmarcar esta nueva producción de Roméo et Juliette -junto a Faust, la ópera más programada de Charles Gounod en los teatros líricos de medio mundo- como prolegómeno al centenario en 2027 del nacimiento del tenor Alfredo Kraus, así como el 40 aniversario de su referencial interpretación del papel de Roméo en el Teatro de la Zarzuela. Podría parecer un poco temprano, pero lo cierto es que no ha habido mejor excusa para la puesta de largo del montaje de Thomas Jolly, que no ha escatimado en recursos escénicos.
La oscuridad reinante durante los primeros compases del preludio orquestal hace entrever por la escena figurantes enmascarados con picos de ave simulando ser la peste bubónica, tal y como se la representaba en los cuadros durante la Edad Media, que van propagando el humeante virus a los viandantes, los cuales caen muertos sin remedio. No es hasta que voltea la plataforma escenográfica y se nos descubre a los miembros del coro -ocultos algunos de ellos por máscaras en forma de calavera y enfundados en trajes de esqueleto-, entonando la lúgubre y lastimera melodía que vaticina los trágicos destinos de los dos amantes de familias enfrentadas, cuando Jolly nos sitúa en una ubicación real y verificable por medio de la espectacular escenografía de Bruno de Lavenère.
Aunque viendo esa extraña reunión de convidados apostados en una amplia escalinata cualquiera podría pensar que habíamos llegado a la mansión de la familia Monster. O a la de la familia Addams, que tanto monta. ¿Quizá esperaban a su amo Jack Skellington? No, no nos encontrábamos en Ciudad Halloween, pese a la multitud de candelabros, a la oscuridad y la negrura del ambiente, que acercan la propuesta en su conjunto al terreno de lo gótico. Nos llegamos a preguntar si estamos en una representación de El Fantasma de la Ópera. ¿No deberíamos estar en la Verona del siglo XVII?
Pues no estamos muy desencaminados al pensar en el musical basado en la novela de Gaston Leroux, porque en vez de recrear o evocar la villa italiana que vio nacer y morir a los dos amantes que inmortalizó William Shakespeare, Romeo Montesco y Julieta Capuleto, el regista francés tuvo una idea mucho más chovinista: prefirió quedarse en una ambientación parisina, con la fastuosidad y el lujo barrocos como marcas de la casa, mostrando en mitad del escenario una fidelísima réplica de la emblemática escalera del Palais Garnier, sede de la Ópera de París, convertida en una estructura giratoria que gira sobre su eje al albur del baile de máscaras del acto primero, entre globos y bengalas.
De ello resulta que durante dicho acto se perciba un exceso de movimiento, por hiperbólico y mareante, motivado por el tiovivo, los globos y las bengalas de la parte superior y por la moderna coreografía que invade todos los rincones, que recuerda ciertos videoclips de los ochenta, lo que hace que el primer dúo de los amantes, danzado con simetría clásica, pierda su carácter íntimo ante el desenfreno circundante. Menos mal que en el segundo acto tenemos una escena del balcón íntima y despejada, donde se aprovecha con pericia las posibilidades centrales de la estructura móvil con las luminarias que Antoine Travert coloca desde el foro, como en el acto tercero, cuando Jolly mete a Fray Laurent y a los enamorados dentro de una aparatosa barca, lugar que en el quinto albergará la tumba iluminada de Juliette.
Sin lugar a dudas, el gran atractivo de esta producción ha sido la pareja todoterreno en el campo de la ópera formada por Nadine Sierra y Javier Camarena, poseedores de sendos instrumentos prodigiosos, un tándem ideal que ha demostrado el perfecto entendimiento y la profunda conexión tanto vocal como teatral que existe entre ambos, pues ya han coincidido juntos en varias producciones: Lucia di Lammermoor en el Liceo de Barcelona en 2021, L’elisir d’amore en el Colón de Buenos Aires en 2022, este mismo título de Gounod en la ABAO de Bilbao en 2023 y la última ocasión en 2025, en La traviata del coliseo barcelonés.
La soprano estadounidense ha derrochado su enorme carisma en escena, adaptándose sobresalientemente a las exigencias del montaje, que no eran pocas. Consigue hacerse notar entre la marabunta de bailarines enmascarados durante su aria ‘Ah! Je veux vivre’ exhibiendo sus mejores bazas vocales en el terreno de la coloratura, aunque mesuradamente y sin ostentación, para reservar para los actos finales el perfil más dramático y descarnado del personaje de Juliette, como en su gran aria del cuarto acto en la que con resolución ingiere el narcótico, excelente muestra de las cualidades teatrales y musicales de la cantante, que cristalizan en toda su quintaesencia a lo largo de los nada menos que cuatro dúos repartidos por toda la ópera, siendo el cuarto y último auténtica piedra de toque para su personaje.
El anchuroso, dúctil y voluminoso instrumento de Sierra, repleto de claroscuros pero homogéneo al mismo tiempo, muy cercano en ciertos ribetes de su registro central al color de una mezzo -nos recuerda en ocasiones a su compatriota, la inolvidable cantante Tatiana Troyanos en ese Werther que precisamente compartió en disco con Kraus-, eleva a altísimos niveles el rol de una de las óperas francesas más hermosas de todo el repertorio que no ha cesado de triunfar desde su estreno en el Théâtre Lyrique de París en 1867.
Javier Camarena se adapta con menos desenvoltura a la escena, pero se muestra cómodo en su terreno natural, donde va más que sobrado, que son los agudos, resolviendo su aria del segundo acto (‘Lève-toi, soleil!’) con holgura y sin desdeñar refinamiento en el fraseo, coronando la página a media voz, que despliega igualmente durante el siguiente gran dúo. Igualmente mostrándose aguerrido y encarándose a Tybalt en la segunda escena del tercer acto durante su encontronazo y posterior lucha con espadas, el tenor mexicano es un cantante que sirve a las necesidades teatrales de su personaje por medio de un instrumento privilegiado, sin restar fantasía a su canto, en un auténtico derroche de refinamiento y hondo lirismo con un dramatismo que eclosiona en el dúo final, y al que incorpora la dilatada herencia belcantista que lleva acumulada.
La autoridad vocal del bajo Roberto Tagliavini está fuera de toda duda sea cual sea el papel que interprete, al revestirlo de dignidad y authoritas, y como Fray Laurent otorga una profundidad en el registro solo superada en gravedad vocal por David Lagares en el episódico duque de Verona. Con su aria estelar del tercer acto, el breve rol del paje Stéphano -un trasunto del Oscar de Un ballo in maschera verdiano-, es un caramelo que la mezzosoprano Hélöise Mas aprovecha con creces, quien despliega desenvoltura escénica y un canto de enorme ligereza.
Por su parte, es todo un lujo la Gertrude de la mezzo Sonia Ganassi, siempre sonora, y del resto del equilibrado reparto hay que destacar la canónica línea puramente francesa del bajo Laurent Naouri como Capulet -de parecido sorprendente en el timbre con el mítico bajo Jules Bastin- y la altanería del tenor Maciej Kwasnikowski en Tybalt. El Coro del Teatro disfruta disfrazado por doquier en el acto primero derrochando agilidad vocal y alegría de vivir con su acostumbrada firmeza en los momentos de conjunto, siempre coordinado y afinado. Cada acto en Roméo et Juliette tiene su propia esencia y ambiente musical, y el maestro Carlo Rizzi lo hace posible, brindando una función repleta de exquisiteces en donde la poética y expresiva música de Gounod adquiere la importancia capital que merece, tanto en el plano de las melancólicas líneas melódicas como a la hora de subrayar la tensión dramática.
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