Vuelve una de las óperas de más tirón (si no la que más) en una producción que la Ópera de París ya ha rentabilizado con creces, la de Simon Stone: La Descarriada de Verdi. La producción está ambientada en el siglo XXI (al fin y al cabo Verdi y Dumas hijo concibieron la obra como un drama contemporáneo). Según Samuel Stone, Violeta ya no es cortesana de lujo (‘escort’, diríamos hoy), es creadora de contenido en redes (vamos, ‘influencer’) y Alfredo vagamente hijo de un jeque árabe.
Cierto, gracias a esta transposición el público joven se identifica fácilmente con la protagonista, joven estrella de las redes, y había bastante público joven, atraído por el título y cautivado por una escenografía y una trama toda de teléfonos móviles, internet, intercambio de mensajes, etc. Eso sí, perdemos el lado escandaloso de la trama, aquel que hizo que la ópera fracasase en su estreno, y sobre todo perdemos la lógica interna del drama: si sobre la pobre Violeta no pesa el tabú de la prostitución (tabú que por supuesto sigue existiendo en nuestros días 1), no queda claro ni por qué el jeque árabe (alias Giorgio Germont) intentaría impedir la unión, ni por qué Violeta se sentiría culpable y decidiría renunciar al único amor de su vida.
Desde mediados del siglo XX hemos visto a grandes magnates y príncipes unirse a modelos, actrices o presentadoras de televisión sin que nazca escándalo alguno. (Eso sí, las citadas modelos, actrices o presentadoras no eran catalogadas como prostitutas profesionales ¡Por supuesto!). Así que no vemos por qué una ‘influenciera’ supondría un problema moral para el padre de Alfredo mientras la niña no haya tarificado sus favores sexuales...
En cualquier caso, aparte de este problema dramatúrgico, la producción funciona por su dinamismo, por su capacidad de evocación de situaciones que todos conocemos directa o indirectamente (las colas de discoteca, la vuelta a casa de noche después de la fiesta, el bocadillo de última hora, los mensajes amorosos, la difícil terapia por cáncer, …), su tratamiento fluido de los movimientos corales, su buena dirección de actores (bien retomada por Hadrien Delanis), por sus decorados funcionales y coloridos, por sus trajes con el punto justo de imaginación...
A la batuta, Marta Gardolinska, joven directora que lleva la obra a buen puerto, favoreciendo a los cantantes y el sentido dramático. Tal vez las cuerdas chirríen un poco en el preludio del tercer acto, pero puede tener sentido que justamente en ese momento la orquesta suene doliente, casi fea. Tal vez también de demasiado protagonismo al barítono en su famosa aria y cabaletta del segundo acto (todo el lirismo que se concede a este conjunto, bonito pero no esencial, es también una pérdida de tensión dramática, y el pobre Anduaga/Alfredo no sabe cómo sostener ese momento si no es aburriéndose como ostra), pero por lo demás puede hablarse de una buena prestación de la orquesta y su directora.
Buena prestación también la del coro en sus diversos momentos.
En cuanto a los cantantes, destaquemos el buen hacer de Hyunsik Zee o John Bernard en sus brevísimos cometidos, así como el buen volumen y la soltura vocal y escénica de Amn Ahangaran, Florent Mbia, Luis-Felipe Sousa, Nicholas Jones (que esperamos poder escuchar pronto en papeles de mayor envergadura) y Cassandre Berthon. Todos ellos participan en la recreación del ambiente festivo-decadente de rica mundanidad parisina (o incluso internacional) que Dumas-Verdi-Jones intentan reflejar.
En cuanto al trío protagonista, tal vez sea Roman Burdenko el punto más flojo. Le recordábamos en una no muy lejana Aida, en esta misma casa, en que Burdenko había conseguido brillar como el vehemente Amonasro. Pero Giorgio Germont necesita más lirismo, y la voz de Burdenko empieza a estar cansada, notándose un molesto vibrato así como agudos que rascan. Cumple, pero no entusiasma.
Xabier Anduaga está en la línea de tantos tenores belcantistas que han abordado el papel de Alfredo. De manera que el do del final de su cabaletta es pletórico y la línea de canto es intachable, aunque inevitablemente el personaje resulte más frágil, más jovenzuelo, menos maduro. Intenta por momentos ensanchar la voz, lo que produce a veces sonidos un puntito engolados. Pero es este pecado venial. Y si en el segundo cuadro del segundo acto es patente que ha trabajado la presencia escénica, no consigue sin embargo superar la prueba de la naturalidad cuando se trata de cantar su aria mientras pisa uva (sí sí, mientras pisa uva) al inicio del segundo acto.
Es cierto que Aida Garifulina no se arriesga con el sobreagudo opcional del final del primer acto (no es indispensable), o que alguno de sus agudos en ocasiones no está bien encarado y suena un puntito gritado, pero son excepciones en una prestación que va de lo muy honorable a lo muy bueno. Voz con cuerpo a pesar de su timbre de lírico-ligera, entrega actoral y canora, buena inteligibilidad, buen fraseo, Garifulina consigue emocionar sin caer en exageraciones. Su Violeta tal vez no sea una referencia absoluta, pero es una muy buena Violeta que permite la completa identificación del espectador con el personaje y el buen disfrute musical.
Durante los aplausos finales, escuchamos a un grupo de adolescentes gritar como en un concierto de Rihanna (o como se escriba), vitoreando a los intérpretes con el nombre de sus personajes:
«¡¡¡Síííí, viva el doctor!!!
Bueno aunque no ha conseguido salvarla...
… es verdad... ¡Pero síííí, viva!!»
o también
«¡¡¡Alfredo , Alfredo, Alfredo!!! »
¿Puede haber forma más hermosa de homenajear a Verdi, a Dumas hijo, a Piave, a todos los intérpretes, y a Marie Duplessis y a todas las descarriadas habidas y por haber que aún hoy sufren del estigma de la prostitución?
1. Que la prostitución no sea tan siquiera evocada en esta producción es claro síntoma de que sigue siendo un tabú: resulta preferible hacer como si no existiera
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