Desde enero no escuchaba una obra de Verdi en un teatro. Uno se reencuentra siempre con un viejo amigo, el primer amor que siempre es distinto a los otros, y sabe que pese a todos los pesares la magia en algún momento funcionará. I due Foscari tiene, además, el atractivo de ser una obra relativamente infrecuente, valorizada hace poco (desde mi punto de vista algo exageradamente: es cierto que hay un gran protagonista, que no sólo lo es por resultar el antecedente directo del colosal Simone, pero los coros son de los más flojos de Verdi, y Jacopo y Lucrezia, aunque cuentan con páginas solistas y de conjunto notables, no terminan de tener el peso que suelen tener los personajes de un Verdi. La evidente concisión –de la que tantos podrían aprender- es a veces excesiva y la figura del bajo, “el malvado de turno”, es poco menos que un…
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