Estudios literarios

Judaísmo y argentinidad

Agustín Blanco Bazán
Samuel Tarnopolsky. Caricatura de 1953 Samuel Tarnopolsky. Caricatura de 1953 © 1953 by CC
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Siempre siguen desenterrándose episodios de vida y lucha en la historia de la inmigración judía a la Argentina, como este Samuel Tarnopolsky: Recuerdos de mi padre chacarero / Memories of my Father, the Farmer El testimonio de Samuel Tarnopolsky fue escrito para una descendencia que acaba de tener la buena idea de compartirlo con lectores insospechados por el autor. Con ello, el paso del Dios hebraico por la Pampa argentina ha vuelto a ser evocado con la frescura propia de una experiencia vital.

“Tarnopolsky, Samuel…médico, historiador y novelista, nacido en la ciudad de Bernasconi, provincia de la Pampa, de inmigrantes rusos…listado como uno de los más importantes reumatólogos del mundo por la Organización Mundial de la Salud…autor de numerosos libros médicos”. Así comienza el escueto registro de la Jewish Virtual Library para uno de los tantos gauchos judíos de Argentina, sin aludir a este gauchismo, pero dejándolo entrever en un curioso agregado: “Tarnopolsky fue más allá de las fronteras convencionales de su disciplina para escribir varios libros sobre medicinas y curadores de su provincia nativa, siendo el más prominente de ellos Los curanderos, mis colegas (1994). También hay otros artículos y libros suyos sobre los conquistadores, gauchos e indios del terruño que lo vio nacer en 1908 y parece haber seguido dentro de él hasta su muerte, pasados los cien años. 

Su testamento, titulado Recuerdos de mi padre chacarero / Memories of my Father, the Farmer ha sido recientemente editado 1 en edición bilingüe (original castellano y traducción al inglés) por su hijo Alex y su nieto Damian, quién también escribió un perceptivo prólogo. Se trata de unas líneas que, como ocurre con muchas intimidades garabateada para consumo familiar, termina trascendiendo esta estrechez para legitimarse como de interés general. En este caso se trata de un testimonio conciso y acusatorio sobre la inmigración y la lucha de los progenitores de Salomón, Samuel y Rebeca, escapados de la Rusia zarista para fertilizar, económica y socialmente, una tierra a la vez hospitalaria y hostil.

A ella llegaron no sólo con necesidades de subsistencia económica similares a la de muchos inmigrantes españoles o italianos sino para escapar una amenaza existencial extrema. Samuel evoca como ante la proliferación de leyes discriminatorias dictadas durante el reinado del zar Alejandro III y el recrudecimiento de ‘pogroms’ en el Imperio Ruso, la conferencia convocada en Katovitze en 1884 por Hovevei Zion (Los amantes de Sion) concluyó sobre la imposibilidad de una asimilación tan ansiada como imposible de alcanzar.

La consecuente necesidad de emigrar se tradujo para algunos en el idealismo de una Palestina que asociaban con su identidad religiosa y cultural, y para otros en ambiciones de vivir y prosperar en cualquier otro lado, sin el estigma de una amenaza genocida. Muchos soñaban con el oro de las minas de África, pero, según Samuel, su padre desmintió el lugar común de asociar a los judíos con especulaciones monetarias: “No queremos oro -dijo don Salomón- queremos trigo”.

Una advertencia contra la Argentina que Samuel asocia con las discusiones mantenidas en Katovitz compara al gaucho (“el tipo característico de la Argentina”) con el mujik ruso: “ignorante, brutal y sangriento. Mata a un hombre con naturalidad, como a una vaca.” Pero fue en busca de trigo que los Tarnopolsky terminaron conviviendo con estos mujiks argentinos, y también con indios y hasta curas en un conglomerado de intereses e ilusiones contrapuestas.

Samuel Tarnopolsky: Recuerdos de mi padre chacarero / Memories of my Father, the Farmer. © 2025 by Ardmore Editions.Samuel Tarnopolsky: Recuerdos de mi padre chacarero / Memories of my Father, the Farmer. © 2025 by Ardmore Editions.

No llegaron como mendigos sino con ahorros dispuestos a invertir en una agricultura que terminó siéndoles adversa. En lo que Samuel describe como éxodos internos fatalmente afines con “nuestro destino de pueblo errante” sus padres, una vez salidos del paupérrimo Hotel de Inmigrantes del puerto de Buenos Aires, erraron por la provincia de La Pampa con una excursión casi suicida al inhóspito Chaco antes de volver a la llanura pampeana que el escritor describe con típico idioma telúrico como “su pago.” Fue allí que la familia construyó su vivienda en tierras arrendadas, hasta que el desplome de los precios de cosecha y el desalojo final obligó a Salomón a partir con su familia a Buenos Aires en “un fordcito” cargado de las pocas posesiones que sólo pudieron conservar después de llenar un inventario. “¡Pongan también un hijo muerto!”-gritó Rebeca tratando de arrebatar las anotaciones. “¿Cuánto vale un hijo muerto de hambre? Muerto a los cuatro años de edad…Aquí, en la tierra prometida.”

Es con esta protesta que la madre del autor entra en un relato que, en general, la mantiene en la sombra de una cotidianeidad aparentemente sufrida con resignación. Otras madres son implícitamente aludidas en un contundente reproche: “la primera fundación judía en la argentina fue un cementerio para sepultar, encogidos en latas de querosén, a sesenta niños muertos de hambre y frío junto a las vías de ferrocarril donde fueron abandonados.”

Después de su remoción de la provincia de La Pampa, Salomón terminó como empleado aduanero en la dársena sur del puerto de Buenos Aires, en un paradójico cambio de fortuna finalmente decisivo para la educación y la exitosa carrera de su hijo Samuel cuyo destino hubiera sido radicalmente distinto de haber permanecido en un ambiente de pobreza rural.

Pero, y he aquí lo extraordinario, padre e hijo amaron la pampa argentina hasta hacerla parte de una identidad tan firme como la de su cultura de diáspora. Diariamente y después de su trabajo en la roturación y la siembra, Salomón volvía su rancho y se bañaba y cambiaba de ropa antes de enseñar a sus hijos la Biblia y el Sholem Aleijem. “Yo, en cambio -escribe Samuel- escolar sieteañero, debía retribuirle, repitiendo ante él cuanto había aprendido en el colegio, en castellano. Así aprendió a hablar, leer y escribir español. Fue mi maestro; fui su maestro”.

En medio de una llanura inhóspita la presencia de colonos practicando una religión con ritos extraños y descansando el sábado en lugar del domingo parece haber alarmado a los nativos. Pero es en su descripción de la solidaridad forjada con todos ellos que el relato adquiere una impronta conmovedora. Bodo, un cura que deambulaba con un pequeño sulky de pueblo en pueblo, terminó preguntando a Salomón si podía utilizar la casa de éste para dar misa: “Disponga, la casa es suya. Dios ronda por estos pagos. Mi casa fue una vez improvisada sinagoga, y cerca, desde aquí se ve, hay un caldén, el árbol sagrado de los indios. Don Catricurá suele colgar en él ofrendas a su Dios. Mantiene su vieja fe.” Catricurá era un indígena que “solo se emborrachaba los domingos. En el pueblo. Al anochecer, mi padre lo cargaba en el sulky, lo acostaba en el galpón y le dejaba dormir la mona.”

La amistad entre Salomón y Bodo no sólo parece haber incluido discusiones teológicas sino también el extremo de hacer que el cura pidiera a Moisés, un hijo de Salomón de ateísmo recalcitrante, que respetara la santidad … del sábado: “Respeta el Sábado como nosotros guardamos el Domingo. Estoy pidiendo miramiento filial y nada más, como si fuera un laico y casi, casi pecando.”

Particularmente relevante en estos Recuerdos es la vitalidad de la prosa con que el hijo se esmera por transmitir a sus descendientes, muchos de ellos alejados en tiempo y espacio de la Argentina, el recuerdo de una tierra que pinta como si siguiera viviéndola físicamente a la hora de describirla: “La Pampa es lisa, llana pero no simple: su complejidad se integra con elementos diversos, imprevisibles…un jinete cae porque metió el caballo metió la pata en un tucuruzal; el espejismo hace ver lagunas inexistentes; la tormenta se desencadena repentinamente…un guadal es advertido cuando ya se está tragando a su víctima.” “Tucuruzal”, “guadal”, en lugar de los “pozos” o “ciénagas” sobre las que advertían a muchos de nosotros nuestros mayores cuando nos dejaban salir solos a caballo. ¡Qué dominio de la lengua telúrica tiene este gaucho de primera generación!

El contexto político de las vicisitudes de los inmigrantes es referido por Samuel en pantallazos de particular contundencia. La primera residencia, en medio de la aglomeración del famoso hotel de inmigrantes del puerto de Buenos Aires, era acechada por quienes el escritor define como “impuros” en alusión a los célebres “tratantes de blancas” también de origen judío, empeñados en extraer mujeres para la prostitución con propuestas de matrimonio falsas y con rumores que llegaban hasta la antropofagia de los indígenas que aguardaban a quienes se aventuraran fuera de la ciudad.

Contra la impaciencia y las agresividades de las numerosas familias trasplantadas de Polonia y Rusia luchaba con sus mejores esfuerzos la sufrida Jewish Colonization Association (JCA) creada por el Barón Maurice de Hirsch, quién, contra el consejo del mismísimo Theodor Herzl, gestionó miles de kilómetros cuadrados en la Argentina para quienes terminarían siendo los “gauchos judíos” una caracterización que la jerga local argentina nunca ha extendido a los menos exóticos inmigrantes italianos o españoles.

La de los gauchos judíos fue una gestión civilizatoria finalmente fructífera, pero en su momento caracterizada por no satisfacer a nadie en su intento de equilibrar los intereses de arrendadores, las frustraciones de los colonos y hasta la rebelión de muchos de ellos contra una indigencia que finalmente destruiría sus sueños migratorios. “Todo era pampa: pero se cuidaban de diferenciar la realidad: una pampa húmeda y una pampa seca, medanosa” comenta Samuel en referencia a la engañosa promoción de tierras a cultivar por parte de terratenientes y agentes promotores de la colonización y el cultivo agropecuario.

Y es en pasajes como la visita de dos miembros de la JAC a la pampa seca que el relato brilla con penetrante vena sardónica: Arturo Bab y un ingeniero Raier visitan con el comisionista Melgar unas tierras que este último pinta como un futuro de fertilidad y progreso: “usted escupe la cáscara de una semilla de girasol que mastica y crece trigo, maíz o cebada, así es de fértil la tierra.” Bab: “si es tan pródiga … ¿por qué no las explotan los mismos propietarios?” Melgar: “Por la misma razón por la que no viene el Barón de Hirsch. Son hacendados, no agricultores. Porque buscamos inmigrantes para poblar el país. Porque deseamos ver enriquecidos a los extranjeros.” En apoyo de Melgar y contra su paisano Bab interviene entonces Raier: “Está claro, señor Bab. Hay años secos, lluviosos e intermedios…Yo estudié a fondo el problema, durante varios años. Aquí los pozos no son muy profundos. Están conectados con la laguna que los alimentan y llenan, gracias a los ríos cordilleranos.” Bab: “la laguna que vimos está seca … yo solo veo médanos, laguna seca, cardos, agua salada y algunas osamentas” Raier: “Estimado señor Bab: yo soy ingeniero agrónomo, doctor en agronomía. Ud. no entiende de esto, no conoce la naturaleza. Ud. se empecina en verlo todo negro.”

El relato también ennegrece cuando Samuel Tarnopolsky se pinta a sí mismo escribiéndo este libro hundido en su sillón y mirando el cuadro de su padre después de haber cumplido con el mandato de depositar sus cenizas en dos Patrias, una parte en la Jerusalén que Salomón nunca llegó a conocer, y otra en los médanos aludidos por el señor Bab, en la estepa que le dio su segunda nacionalidad: al momento de cargar su ‘fordcito’ Salomón “había aprendido a reconocer los olores y las voces de la pampa; a interpretar las nubes y las estrellas;…a saber qué quieren decir los patos cuando vuelan bajito, formando una V, hacia el lado donde se pone el sol.” 

Notas

1. Editado y traducido por Alex y Damian Tarnopolsky. Ardmore Editions, Canadá, 2025

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