Como ya sabrán muchos de nuestros lectores, se viene celebrando en la Ciudad Condal, desde hace aproximadamente una década, la denominada Diada Pau Casals, con la intención de conmemorar la relación del gran músico con la ciudad de Barcelona, que en junio de 1934, le otorgó el título de Hijo Adoptivo de la ciudad, y le dedicó el nombre de una avenida situada en uno de los barrios más emblemáticos, junto a un hermoso parque.
Este año, el evento, que suele girar en torno a actos conmemorativos, culturales y musicales, organizados por la Fundació Pau Casals, con el apoyo institucional de la Fundació Orfeó Català - Palau de la Música Catalana, cuenta con el aliciente especial de enmarcarse en el 150 aniversario del nacimiento del músico.
Para el concierto, que se celebra en el Palau de la Música, y por el que han pasado figuras destacadas del mundo musical (como Mischa y Gautier , entre otros), qué mejor este año que contar con la presencia del cuarteto de cuerdas que lleva el nombre del maestro, y que, desde su inicio, ha mostrado un especial interés y respeto por su figura. Esta Diada Pau Casals 2026 se ha constituido, pues, en una buena ocasión para el de cautivar, una vez más, a un público que lo admira desde siempre y, al mismo tiempo, rendir homenaje al que fue gran innovador del violonchelo.
Por la mañana, se programó una intervención abierta al público de los hermanos Arnau y Abel Tomás, moderada por Santi Barguñó, en torno a la figura de Casals, y, como plato fuerte, el concierto celebrado por la tarde en la sala de conciertos del Palau.
El programa elegido por el Quartet Casals para la ocasión abarcó dos obras que encajan perfectamente en su repertorio. El Quinteto op 34 de Brahms ya hace tiempo que lo trabajan. Recuerdo haberlo escuchado, hace años, en el Auditori, con Claudio , hermano de la violonista del grupo, en la parte del piano. En cuanto a , poco hay que decir, si tenemos en cuenta que el Quartet Casals acaba de completar la integral de sus cuartetos, convirtiéndose en una de las pocas formaciones que cuentan con el privilegio de haber llevado al disco este gran monumento camerístico.
Si nos imponemos la labor de encajar la figura de Pau en este programa, es evidente que Brahms fue uno de los autores más admirados, junto a Bach y Beethoven, por el gran músico catalán, y su quinteto fue interpretado por Casals en diversas ocasiones, en su exilio de Prades y en Puerto Rico, acompañado por diferentes músicos amigos suyos. Más difícil resulta relacionar a Shostakovich con el genio de El Vendrell, pues no consta que se hubieran producido contactos personales entre ambos músicos, aunque se sabe que se profesaron admiración mutua.
Se me ocurre un interesante punto en común entre los dos, más allá de su indiscutible protagonismo en el panorama musical del siglo XX. Se trata de su lucha por la paz y la democracia y su enfrentamiento a los regímenes totalitaristas que afectaron a sus respectivos países de origen.
De modo distinto, quizás también desde posiciones ideológicas diferentes, Casals y Shostakovich se constituyeron en dos grandes pacifistas. El catalán, más contundente y volcánico (utilizando una palabra con la que él mismo solía calificar la música de Bach), a la hora de tomar posición, desde el exilio, frente a la dictadura franquista, mientras que el compositor soviético tuvo que lidiar desde el interior de su país con el terrible régimen estalinista, que lo humilló y amenazó en diferentes etapas de su carrera.
Lo hizo sin recurrir al exilio, y desde su habitual disposición discreta e irónica, lo que le valió cierta incomprensión en occidente. En todo caso, cada uno a su manera, ambos fueron insistentes defensores de la paz y la libertad, y este es, sin duda, el mejor punto de unión que pueda tenderse entre ellos.
Permaneciendo en el terreno shostakovichiano, nos faltaría hablar de la interpretación del tercer cuarteto, que fue sencillamente memorable. Al público que llenaba las tres cuartas partes de la sala le quedó bien clara la potente relación que existe entre los miembros del Casals y la música de cámara del maestro de San Petersburgo, que es una música clara y directa, en muchos momentos repleta de ironía, de acidez, de abatimiento, pero siempre transparente, que, como la de Beethoven, llega directa al corazón del oyente. Así la interpretó el Cuarteto Casals, con una transparencia única, y una claridad de exposición que no decayó en ningún momento, y nos hizo disfrutar al máximo todos y cada uno de los movimientos de la obra, en especial el ingenioso Allegretto inicial, así como en el conmovedor Adagio, movimientos claramente contrapuestos.
El final del último movimiento del cuarteto resultó especialmente emotivo. La música se extingue lentamente, sutil, contenida, como la llama de una vela ya agotada, con un proceder casi litúrgico. Se hizo un silencio sepulcral en la sala que duró varios segundos, antes del habitual y merecido estallido de aplausos. Dejándome llevar por la emoción del momento, me vino a la mente, precisamente, la imagen de Pau Casals, de su manera de disfrutar los silencios y la preparación de los mismos, los tiempos que desfallecen y se agotan. Uno de esos instantes hechizantes que sólo se pueden vivir escuchando música en vivo y gozando del ambiente que la rodea.
Para el quinteto de Brahms contamos con la presencia de Alexander , uno de los últimos discípulos de , a quien muchos conocemos por su estrecha colaboración con otros músicos de su generación, como la violinista y el chelista Jean-Guihen . Con ellos y otros representantes camerísticos, así como en solitario, Melnikov ha realizado un buen número de conciertos y grabaciones dedicados a uno de sus compositores preferidos, que no es otro que Johannes Brahms.
Como buen brahmsiano, su aportación a esta obra maestra del repertorio camerístico fue espléndida, colmada de fervor y espíritu romántico, siempre en perfecto equilibrio con los miembros del cuarteto, quienes, una vez más, nos sorprendieron por su versatilidad y su inteligencia musical. Créanme, parecía otro cuarteto el que interpretó a Brahms respecto del que nos ofreció la obra de Shostakovich. Su precisión analítica dejó paso a una fortaleza romántica inexpugnable, casi sinfónica, conservando siempre esa nobleza y ese humanismo, distintivos de la música de Brahms, que tanto amaba nuestro Pau Casals.
La propina, muy bien custodiada por Vera, Abel, Cristina, Arnau y Sasha Melnikov, llegó, cómo no, al corazón de los oyentes. Una doble versión del Cant dels ocells, primero interpretada en violonchelo y piano, y después en un arreglo para cuarteto de cuerda que realizó hace años el padre de Arnau y Abel Tomás, según ellos mismos explicaron.
Debo reconocer que, al final de la pieza, tuve de nuevo la misma sensación que me había invadido durante los últimos compases del cuarteto de Shostakovich, y que, con algo que tanto nos emociona a los catalanes como es El Cant dels ocells, estoy seguro de que afectó a todo el público. Me refiero a ese placer etéreo que nos invade en las últimas notas, agónicas y a la vez mágicas, de una obra que desprende fervor espiritual, y cuya interpretación ha estado impregnada de emoción y sensibilidad.
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